jueves, 26 de abril de 2012

El engaño de los cartuchos de tinta

Una de las cuestiones que más fastidia al usuario de impresoras de inyección de tinta suele ser el precio de los cartuchos. A veces compensa incluso la adquisición de otro modelo de impresora con tal de no seguir desangrando el bolsillo en la compra de estos costosísimos (en relación a sus prestaciones) consumibles. Cuando se agotan suele ser una pequeña tragedia presupuestaria, pero el esfuerzo es obligado si queremos continuar imprimiendo con regularidad.

Seguro que muchos hemos tenido la sensación de que nuestra impresora se quedaba sin tinta antes de que el cartucho se vaciase en su totalidad. A finales de noviembre pasado adquirí una Epson Stylus SX130, un modelo baratito con escáner para uso doméstico. También me hice con dos juegos de cartuchos (funciona con cuatro distintos: negro cian, amarillo y magenta) para no quedarme sin tinta durante mucho tiempo. El de negro fue el primero en caer y ayer tuve que sustituir el resto. Les aseguro que no me dedico a imprimir como un cosaco y tuve la impresión de que se agotaron demasiado pronto. Como l
a duración de la tinta no me parece acorde con el coste del cartucho decidí investigar. 

He oido por ahí que estos cartuchos llevan un chip que determina el fin de su vida útil, al margen de que quede o no tinta en su interior. ¿Han oido hablar de la obsolescencia programada? Así pues, y llevado por la curiosidad decidí destripar uno de ellos, presuntamente agotado, para cerciorarme de que realmente estaba tan seco como aseguraba el software del controlador, y esto es lo que me encontré:



Lo primero que me llamó la atención es el diseño interior del cartucho. Sus dimensiones son de 6,7x4,7x1,2 cm aprox., pero ni mucho menos percibo que todo ese volumen esté ocupado por tinta. Ignoro la finalidad de tanto recoveco, pero los huecos que aparecen limpios está claro que no han albergado tinta, de modo que, observando el cartucho, concluyo a ojo que alrededor de un 30% y un 40% de su volumen viene vacío de serie. Seguidamente procedí a extraer cúter mediante la tapa circular de lo que sí parece ser el verdadero depósito (ver primera foto). El resultado fue un derrame de tinta que si bien no fue una marea negra (en este caso magenta) si reveló que el cartucho no estaba vacío.

Es decir, que el cartucho oficial de Epson trae una cantidad de tinta bastante por debajo de lo que su apariencia da a entender, y además deja de funcionar aun conteniendo tinta en su interior.

Un juego de cuatro cartuchos oficial de Epson cuesta 38,35 euros según su página webEn Amazon ofrecen un pack de dos juegos (10 cartuchos) por 15,99 euros, aunque no son los oficiales (Epson te advierte que sólo utilices los suyos, como no). Yo por mi parte, adquirí hace un mes un pack de 12 en eBay que no llegó a 18 euros. Probé tres de ellos ayer y la impresora no solo los aceptó sino que funcionaron a la perfección. Y sin microchip. ¿Que microchip? Este:


Supuestamente es el que ordena al cabezal de la impresora que, llegado un momento, deje de extraer tinta del cartucho. En internet se habla de métodos para resetear estos chips pero supongo que pocos serán los que se tomen las molestias de conseguir uno. Es más fácil y da menos quebraderos de cabeza comprar uno nuevo, o los que toquen. Y así sigue rodando la rueda del engaño. Porque esto es un engaño, ¿no?

jueves, 19 de abril de 2012

La ética de la monarquía española

El rey de España ha pedido perdón. Quiere que sus súbditos le perdonen por... por... ¿por qué exactamente? ¿Qué es lo que ha hecho que merezca este público arrepentimiento? ¿Qué ha habido de inapropiado en su comportamiento? Sí, no se sorprendan, hay quien se está haciendo estas preguntas y no consideran que el Borbón haya hecho algo por lo que deba mostrarse compungido. Salgan de sus burbujas y enfréntense al hecho de que su pensamiento NO tiene por qué ser el mayoritario.

El tipo encoronado se largó a balear paquidermos a Botswana mientras su país, del que es jefe de Estado, se desangra producto de los recortes y la incompetencia de sus dirigentes, pasados y presentes, y su nieto mata sus horas de hospital con el pie reventado. ¿Qué hay de reprochable? Está disfrutando de su tiempo de ocio como cualquier otro ciudadano, practicando una actividad legal en un país africano. ¿Que si es ético? ¿El qué, irse de vacaciones en pleno desplome nacional o enviar al otro barrio ejemplares de una especie animal amenazada? A lo primero, oigan, que la prima de riesgo no depende de las idas y venidas del campechano; a lo segundo, si total era un elefante anciano que iba a palmar mañana o pasado. Sí, estos safaris consisten (eso cuentan) en localizar a un macho viejo o enfermo para reventarle los sesos con un rifle de gran calibre, no vayan ustedes a pensar que el cazador está falto de corazoncito.

Ya saben, el rey no tiene que guardar las formas, ni por su país ni por su familia. Es un "español más" con inmunidad penal. Es el rey pero ya le basta con serlo, no necesita parecerlo. Dice que no se volverá a repetir. ¿El qué? ¿La espantada en plena crisis? ¿La despreocupación por su nieto? ¿Los escarceos con la princesita alemana? ¿Su pasión por posar junto a animales muertos? ¿La pillada, quizás? Probablemente sea esto último lo que más le duele y lo que le haya empujado a comparecer y a escenificar su disculpa. No creo que ahora vaya a desdecirse de todo lo hecho desde el primer momento en que olió la pólvora. Son demasiados años apretando el gatillo, desde el incidente con su hermano ha sido un no parar.

Pues eso, al parecer la imagen no es importante para una figura decorativa sin poder ejecutivo. Un momento, si un maldito adorno no luce cuando lo sacas a pasear ¿de qué sirve? Vaya, ya estamos otra vez con las preguntas incómodas. Son muchas las leyendas en torno a la agitada vida sexual del Borbón y hay nombres de féminas muy conocidos vinculados a ella. Y desconocidas. ¿Tiene derecho el pueblo que le paga a conocer si es o no un putero, como las malas lenguas dicen? ¿Si hace o no vida marital con su esposa? Le pagamos mucho para renunciar a conocer si su comportamiento es o no intachable. No es como el caso del tampax de Carlos y Camilla, que a estos les piratearon una conversación telefónica privada en la que se mostraban tan humanos como el que más. Por mí como si el Juancar se mata a pajas frente al espejo, que la masturbación es algo muy sano y lo dicen los médicos. Pero si se va de putas, si tiene aventuras extramaritales o si la reina le azota a la ginebra es tema de interés general porque afecta a la catadura moral del jefe del Estado, en los dos primeros casos, y a la salud de su mujer en el tercero. Igual que si le pone levantarle la tapa de los sesos a un elefante, un búfalo o un oso, aunque sea borracho (el oso).

Se llama ética. Y mi ética no me permite sentirme cómodo teniendo como máximo representante institucional a un tipo que se va de su país a pasárselo pipa en África mientras los parados, estudiantes, dependientes, pensionistas y funcionarios, entre otros, no paran de recibir palos. Añádanle además la más que discutible ética habida en segar vidas, aunque sean vidas animales, por el puro placer de matar (que lo llamen deporte ya es el acabose). Simplemente, no es digno, y no puedo sentirme cómodo con alguien indigno en la jefatura del Estado. Ah, queda lo del (presunto) adulterio. Tampoco, tampoco está bien. ¿Quiere usted vivir a cuerpo de rey (noten la fineza del chiste) junto al resto de su familia, por numerosa que sea, durante toda su existencia y asegurando el mismo porvenir a toda su descendencia, por numerosa que sea? Entonces, ni deslices, ni escarceos, ni cacerías, ni escapadas, ni nada que puede poner en duda su compromiso ético.


Sin ética ¿de qué nos sirve el rey? ¿Para conseguir contratos? ¿No puede conseguirlos como un cargo institucional no hereditario, si tan crucial es su concurso? ¿Debe llevar la corona puesta para tener éxito en las negociaciones? ¿Cómo se las apañan las repúblicas sin un elemento tan necesario?

En fin, no quiero terminar sin acordarme de la orilla opuesta. Reconozcamos una cosa: desde el sector ideológico más a la izquierda se le tiene ganas no ya al rey sino a la monarquía. El republicanismo español es mayoritariamente izquierdista y cada traspiés real es amplificado hasta convertirlo en una nueva piedra que, esperan (esperamos), terminará lapidando hasta la muerte a la institución monárquica. No tenemos más que ver el torrente de chascarrillos surgidos en torno al accidente de Froilán. Da igual que solo sea un crío y que no tenga culpa ninguna de haber nacido en esa familia y ese entorno, se han cebado con él de la misma forma que hicieron los de la ribera contraria con las hijas de Zapatero. Cada uno tiene sus demonios y, llegado el caso, no hay miramientos: se entra a saco y no se hacen prisioneros. Qué coño, es nieto del rey, hijo de un adefesio y de un presunto cocainómano. ¿Cómo resistir la tentación?

domingo, 15 de abril de 2012

Por la abdicación de Juan Carlos I


Lo escribí en octubre de 2006: Cuando el Rey se aburre mata especies protegidas.

Por la abdicación de Juan Carlos I. Si quiere comportarse como un gañán de segunda que deje de ostentar la jefatura del Estado.

viernes, 13 de abril de 2012

Lo que la corrección política impide decir de la afición a los toros

La cuestión taurina es otra de esas patatas calientes que provocan encendidas polémicas y enconamiento de posturas. No pretendo con esta entrada contribuir a la moderación del debate; es más un desahogo, un poner sobre la mesa determinados argumentos que la corrección política impide que sean manejados con asiduidad. No son nuevos, y es probable que ya estén en la mente de muchos detractores del toreo, pero recogerlos a modo de decálogo puede servir para darles fuerza y conferirles la legitimidad moral e intelectual que no pocos les quieren negar.

1) Al protaurino se la repanfinfla que el torero muera en la plaza. Los hay hasta que asisten para ver “si le coge” atraidos por el morbo de la sangre. Que un matador caiga en la plaza es un hecho estadístico y cada cierto tiempo se produce. Tal circunstancia no parece influir ni un ápice en la pasión del aficionado.

2) Entroncando con lo anterior, el protaurino está muy lejos de ser defensor de la vida, no ya animal sino humana. De lo contrario no antepondrían su diversion y disfrute ante una eventual cogida mortal en la plaza. Le merece la pena una muerte a cambio de 200 corridas, o 500 o mil con ninguna.

3) El espectáculo taurino se basa en la muerte. Para el protaurino, sin muerte no hay fiesta ni arte. Jamás se ha planteado seriamente aplicar en España la fórmula portuguesa de corridas incruentas. La muerte del toro es imprescindible para culminar la liturgia.

4) El toreo insensibiliza frente a la violencia y la banaliza, algo especialmente contraindicado en el caso de los niños. Es de sentido común que si alquien, cuyo perfil psicológico aún se está moldeando, aprende que torturar, vejar y matar a un ser vivo por puro divertimento es aceptable e incluso motivo de celebración sufrirá la deformación de su percepción del sufrimiento ajeno, y su capacidad para sentir empatía será menor. Ante semejante evidencia, mil veces prefiero que mi vida o mi integridad física dependa de un antitaurino que de un protaurino. El toreo niega una de las principales características que nos hace humanos y nos diferencia de los animales: empatizar con el débil o, en este caso, el inferior. La tauromaquia bestializa.

5) El toreo no es cultura, no en el sentido de algo que nos enriquece y nos hace crecer como personas y entes sociales. Es un rasgo cultural en tanto costumbre arraigada y compartida ampliamente en un territorio dado, pero no lleva la moralidad ni el conocimiento implícitos en aquello que nos define como cultos. El toreo es cultura en el mismo sentido que lo es la lapidación en Irán o la mutilación genital en Somalia.

6) El toreo suele florecer en ambientes iletrados y donde la cultura y la formación intelectual brillan por su ausencia o apenas se perciben. Que Hemingway u otras reconocidas personalidades culturales de ayer y de hoy se rindieran ante la práctica taurina es algo ajeno y no refuta este argumento. Se cuentan con los dedos de la mano los toreros con cierta formación académica.

7) El argumento del valor es más falso que Judas. Al menos tanto como el de quien juega a la ruleta rusa o salta la vía al paso del tren. En ambos caso solemos hablar de inconscientes o de gilipollas. Hablé largamente de ello en esta otra entrada.

8) Muchos se aferran al toreo como una cuestión político-identitaria, en respuesta a lo que juzgan como ataques de los nacionalismos periféricos contra su identidad cultural o agresiones provenientes de otros países. Responden así con una contradosis de nacionalismo, en este caso españolista, tan rancio o más que el que quieren contrarrestar, y que pretenden asumido por todos, nos guste o no.

9) Apelar a la tradición es una solemne estupidez. La esclavitud, el machismo, la pena de muerte o el derecho de pernada se podrían justificar también en base a la tradición. De hecho, ayer escuché por TV cómo el presidente del Congreso, Jesús Posada, invocaba la sacrosanta tradición para justificar los 82.000 euros que a todos nos costará el retrato de su antecesor en el cargo, José Bono.

10) Es posible que decir estas cosas en voz alta cierre en banda aún más a los protaurinos en lugar de hacerles reflexionar acerca de si quizás, solo quizás, hay algo de razón en alguno de los puntos expuestos. Tal suele ser su cerrazón.

miércoles, 11 de abril de 2012

España es una mierda y la culpa es de los españoles

Hay algo que siempre me ha llamado la atención de los políticos españoles: su marcada tendencia a la adulación exagerada del ciudadano, a regalarle el oído con lisonjas y a dedicarle octanos y octanos de jabón. Que si España es un gran país, que si los españoles son muy inteligentes, que si confiamos en la sociedad española, que si creen en su capacidad de esfuerzo, que si somos el principal activo del pais… Visto el número de votos que reciben cabría juzgar que la táctica les da resultado pero ¿se la da a los españoles?

Pienso que, llegados a este punto, es hora de decir justo lo contrario, esto es, la verdad. España es un país donde predominan los mangantes, los chorizos, los sinvergüenzas, donde reina un feroz individualismo y la empatía hacia el prójimo brilla por su ausencia. España es un lugar en el que la mayoría de la gente solo se mueve en busca de su propio beneficio, donde el todo gratis es una religión con millones de fieles, donde el esfuerzo y el espíritu de superación están mal vistos y se alaban y jalean la picaresca y el fraude…salvo que seamos sus víctimas.


Este es un país en el que la envidia es el sentimiento nacional, lo que verdaderamente nos une ya que no somos felices sin alguien a quien envidiar y al que tratar de hundir por ello, o desear en secreto su ruina. Somos un pueblo garrulo orgulloso de su garrulez, intelectualmente analfabeto, de nulo sentido crítico y pésima educación cívica; con intrínseca inclinación al escaqueo, inexistente facultad para responsabilizarse de sus decisiones y una desesperada necesidad de acaudillamiento.


Un español necesita sentirse parte de algo, de un colectivo, por petardo y nefasto que resulte, ya sea deportivo, ideológico, político, social o identitario. Ello no tiene ninguna función más allá de convencer al interesado de que alguien comparte inquietudes con él. Basta con que lo parezca, no es necesario que sea verdad. En España nos autoconvencemos pronto de cosas que no son ciertas. La apariencia es suficiente porque no es algo que haya que trabajarse, de ahí que sea tan bienvenida. Una vez se forma parte de algún colectivo como los citados el español defiende los preceptos ahí estipulados a capa y espada, negándose para ello a ver incluso lo que tiene delante de sus ojos. Forma parte de una causa, y por la causa uno lo entrega todo, la dignidad lo primero.


Solo nos consideramos triunfadores si nuestro triunfo se obtiene a costa del fracaso del vecino. Somos cainitas hasta la náusea. Tenemos un carácter incompatible con el progreso científico, tecnológico y humano; situamos la fe por encima del conocimiento y aplastamos a quien haga falta para no enfrentarnos a la falsedad de nuestras creencias. Somos una rémora para nuestros vecinos, un lastre del que más vale desprenderse. África comienza realmente en los Pirineos. Esto es lo que somos. ¿Excepciones? Las hay, pero no hacen sino confirmar la regla básica.


Somos un país de mierda. Y eso es lo que, en este momento, pienso que la mayoría de mis conciudadanos necesitan escuchar. Estamos al borde de un precipicio y los españoles siguen mirando hacia otro lado, sin interés o con miedo, da lo mismo. Nos quieren devorar y nosotros mismos nos rociamos con la salsa de la indiferencia para tener un mejor sabor. Los españoles precisan una terapia de choque: verse en el espejo y constatar que ellos han contribuido a defecar el inmenso truño que es este país.


Habrá quien se tome todo lo anterior como un insulto, que no se vea retratado por mi descripción, que piense que todo es fruto del delirio de una mente enferma o de alguien que odia a España. Solo les digo que se informen de cual es el estado actual del país, del creciente número de personas que tiene poco o nada que llevar a sus casas al final del día, del modo en que los co-responsables de esta situación nos exigen más y más esfuerzos mientras se niegan a reducir sus privilegios, del descaro con que nos mienten, convencidos como están de que no habrá respuesta ciudadana a la que temer. Nos han bombardeado con la palabra "democracia" durante tanto tiempo que ya nos creemos que cualquier cosa proveniente de los autoproclamados demócratas, los institucionales, es más democrática que cualquier iniciativa ciudadana. Y es mentira. Pero tragamos con ello por pereza, por apatía y por comodidad. Hasta que nos vemos afectados. Así es el español medio. Se atreven a todo con él porque le saben dócil y sumiso.


Estamos abandonados a nuestra suerte. Nuestros dirigentes no buscan cumplir con el pueblo sino satisfacer intereses externos. La prensa ha abdicado de su labor de controlar al poder y se muestra como un apéndice del mismo. Las redes sociales aún no canalizan suficientemente el descontento como para hacerlo tangible y darle fortaleza. Muchos españoles se contentan con hacer retweet y clicar en "Me gusta", ese es todo su compromiso.


España es una mierda y entre todos hemos contribuido a que así sea. La pregunta es ¿vamos a permitir que siga siendo así o daremos de una vez el jodido puñetazo en la mesa?

martes, 10 de abril de 2012

La crisis es cosa de todos, pero no todos la pagan

Es cierto, España debe muchísimo dinero, dinero que pidieron prestado sus gestores políticos, sus empresas, sus bancos… Gastamos durante los años de la supuesta bonanza económica una pasta que no teníamos porque nos la prestaban, y pensamos que sería así ad infinitum, una rueda de giro eterno, una especie de máquina de movimiento perpetuo. Contraimos enormes deudas y para pagarlas pedimos más dinero prestado, endeudándonos todavía más. Cuando pasó lo de las hipotecas subprime el proceso se quebró, la máquina dejó de funcionar y el dinero dejó de fluir. Pero las deudas seguían ahí y los acreedores esperaban su dinero más que nunca. Los bancos, con sus productos basura, precipitaron todo, sí, pero también fue culpa de los que se endeudaron para hacer sus megaproyectos populistas, para pagar sus bonus o sus indemnizaciones millonarias. Incluso de quien suscribía una hipoteca a 50 años al amparo de la burbuja inmobiliaria.

En cualquier caso la responsabilidad es compartida. Por eso no es justo que solo el eslabón más débil de la cadena sea el que sufra el reajuste. Muchos ciudadanos, muchas familias, lo están padeciendo en sus carnes, quedándose sin empleo, sin proyecto vital, sin futuro. Ahora también sin unos servicios públicos que antes les garantizaban una atención cuando menos digna. No digo que no se puedan realizar ajustes para optimizar el gasto. Es más, estoy seguro que es posible y deseable, pero ello solo constataría la incapacidad y el desinterés de quien no los ha hecho mientras ha gobernado y en un momento económicamente viable. Su ineptitud previa hace que ahora el impacto de los recortes en la sociedad sea mucho mayor. ¿Quién le hace pagar por ello?

Hay que aceptar que los ciudadanos tenemos un porcentaje de responsabilidad en lo que nos está pasando. Por acción y por omisión. Muchos ya están pagando por su inconsciencia pero hay otros que, sin comerlo ni beberlo, se han visto igualmente perjudicados. Lo que me parece socialmente insano es persistir en la indolencia, en la no implicación, en continuar funcionando al margen de la ruina que se cierne sobre nosotros solo porque aún no nos golpean los cascotes. Nuestra pereza nos convierte en cómplices, en partícipes del asalto a que estamos siendo sometidos.

Admitamos nuestros errores como ciudadanos maduros y paguemos por ello, pero ¿cuándo va a pagar la clase política, la misma que rechaza reducir sus privilegios? ¿Quién le va a hacer pagar a la banca, un sumidero de ayudas estatales? Si cada estamento responsable no asume en la práctica su fracción de responsabilidad el sistema quedará definitivamente deslegitimado para exigir el cumplimiento de sus normas y, ante la deshonradez y la impunidad imperantes, se abrirá la veda. Que haya quien decida que solo cumple sus propias reglas, aunque supongan una agresión contra las que el sistema trata de imponer, será solo cuestión de tiempo.