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sábado, 1 de febrero de 2014

El descerebrado ciclista español en Pakistán

Hace pocas fechas saltó a los medios la noticia de que un ciclista español había sufrido un intento de secuestro en Pakistán. Como consecuencia del mismo seis de sus guardaespaldas habrían resultado muertos.

El propio implicado, que atiende por Javier Colorado, aclaró días después en su blog que las cosas no fueron tal como nos llegaron en su momento. Que hubo episodios violentos durante su transitar por el país asiático sí, pero acaecidos de manera distinta a como se nos habían contado. Es posible que este personaje, que se dedica a recorrer el mundo a lomos de su bicicleta, haya leído las críticas vertidas hacia su persona por exponer a la muerte a otros para proteger su hobby excursionista, y por ello haya sentido la necesidad de justificarse. Es solo una especulación, pero me parece plausible.

Verán, creo que quienes se aventuran en zonas peligrosas por puro ocio, sean ciclistas, alpinistas o aventureros de cualquier pelaje, y me parece que el Pakistán profundo responde a la noción de "zona peligrosa" -el propio Javier Colorado subraya que allí se vive un "conflicto bélico"- deberían tener en cuenta la huella que su actividad puede dejar en el entorno local. En agosto de 2009 ya escribí una entrada que enlaza con lo que estoy tratando de expresar.

El ciclista madrileño agradece profusamente a las fuerzas de seguridad pakistaníes y al ejército por cuidar de él. Recalca su admiración por estos dos cuerpos ya que se enfrentan a una realidad durísima cada jornada, haciendo también hincapié en el terrible día a día de la población civil, tratando de trasladarnos la suerte de sentimiento empático que le invade por toda esa gente. Y aquí es donde más falso resulta este sujeto.

No se quien se cree Javier Colorado para erigirse en representante de los desheredados que carecen de la visibilidad pública que, al parecer, les reclama, cuando asoma por allí solo para ir de excursión. Que la noticia de lo que le pasó fuese distorsionada por los medios no disminuye ni una pizca el menosprecio solapado que en el fondo siente por aquellos con los que dice empatizar. Fíjense que toda la escolta de que disfrutó la formaron policías y militares que tuvieron que ocuparse de él en lugar de proteger a esa gente que, según su relato, tanto amparo necesitan. A mí me avergonzaría profundamente restar estos efectivos a los ciudadanos pakistaníes, pero con tal de que le permitan seguir haciendo el monguer por ahí este pavo da por bueno cualquier impacto que suponga su presencia. Debería celebrar que salvó el pellejo y ser lo suficientemente humilde para admitir el jardín en que se metió en lugar de tratar de hacerse el digno y anunciar que continuará con su "reto deportivo" por todo el mundo. Eso sí, en la próxima insensatez, a tirar de protección extra, embajada y Ministerio de Exteriores, que hay barra libre. Me pregunto cuánto hay de deporte, de verdadero reto, y cuanto de vicio.

Javier Colorado, eres un descerebrado, aunque un descerebrado con suerte. Ahora que todavía puedes procura disfrutarla sin mezclar a otros en tus peligrosas idas de olla y haciéndote responsable de tus propios actos, sobre todo sin son imprudentes y temerarios.

sábado, 27 de julio de 2013

Accidente de tren de Santiago: sobre los actos y sus consecuencias

Siempre cuesta hablar de hechos tan desgraciados y catastróficos como el acaecido en Galicia con el descarrilamiento del tren Alvia. Las imágenes son tan impactantes que le dejan a uno paralizado, incapaz de ponerse en el pellejo de quienes han sufrido tan atroz experiencia. Imagínense, circular a 190 km/h en un tramo determinado como de 80. ¿Cómo pudo ocurrir?

Lo siento, pero me puede la vena visceral, a la cual me voy a abandonar por completo. Alguien que alcanza esa velocidad conduciendo un tren en una curva que los expertos consideran como de 80 km/h es, simple y llanamente, un homicida. Me da igual que ahora se especule con las señalizaciones, el peso de cabeza y cola del convoy o las insuficientes medidas de seguridad. El factor crucial fue la excesiva velocidad, y el responsable de ello ("la he jodido") es el que va en la cabina conduciendo. La ley puede calificarlo como quiera, pero en mi opinión lo ocurrido con el tren de Santiago de Compostela es un homicidio que tiene en el maquinista a su máximo culpable.

Es muy simple. ¿Cuántos accidentes se llevan contabilizados hasta la fecha en ese tramo de vía? Por lo que yo se, ninguno. Ergo, ni las señalizaciones defectuosas (de haberlas) ni las insuficientes (de serlo) medidas de seguridad fueron antes condicionantes suficientes para provocar infortunios como el que nos ocupa. Por la sencilla razón de que no se daba lo que provocó el accidente: superar en más del doble la velocidad permitida en un tramo curvo a cuatro kilómetros de la estación de Santiago. ¿De verdad nos hace falta esperar otras deliberaciones?

Vuelvo a repetir: 190 km/h frente a los obligatorios 80. ¿Es que hace falta mayor argumentación? ¿Es que los trenes no disponen de frenos y acelerador que obedecen los mandatos del maquinista? Me sorprenden las reacciones tendentes a no arremeter contra este hombre, en apariencia cargadas de cautela y precaución. Pero esto lo dejaré para el final.

A cuatro kilómetros de la estación de Santiago. ¿Cuándo pretendía frenar este hombre? Fuera un despiste, un acto de chulería o una acción deliberada, ya que parece descartada una indisposición u otro problema físico, espero que al infierno que le espera de por vida a este funcionario por causar la muerte de, hasta hoy, ochenta personas, le acompañe una buena pila de años en prisión. Simple y llanamente, se lo ha buscado.

No, no me estoy ensañando, pese a que pudiera parecer lo contrario. Es que estoy harto de que en este jodido país nadie asuma las consecuencias de sus actos. Si un conductor borracho provoca un accidente múltiple, es responsable de las consecuencias; si un médico se equivoca y amputa la pierna equivocada, es responsable de las consecuencias; si un controlador aéreo falla en el acercamiento de un avión, es responsable de las consecuencias. Y si un maquinista encara una curva de 80 km/h a 190 con su tren también es responsable de las consecuencias.

Porque en determinadas profesiones, esas consecuencias suponen el fin de la vida de personas. Hay que exigir esa responsabilidad, y hacerlo no debería ponernos en ningún disparadero. ¿O nos tiene que tocar de cerca para que lo hagamos? No, me niego a girar la vista hacia el Estado, el Gobierno o la autoridad que sea. Es uno de los grande males que hemos sufrido y seguimos sufriendo en este país: la culpa siempre es de otros, mayormente de las autoridades. El Estado es quien tiene siempre que asumir las consecuencias derivadas de los actos de sus ciudadanos.

¿Alguien compra un piso que, años después, no puede pagar? La culpa es del Gobierno por alimentar la burbuja inmobiliaria. ¿Una entidad financiera sufre pérdidas por el mal resultado de sus inversiones? Ahí está el Estado para rescatarla como si hubiera sido responsable. ¿Un sector comercial atraviesa una mala racha? Rápidamente apela al Estado para salir del bache. La tópica frase "la culpa es del Gobierno" es una impecable escapatoria para los que quieren huir de su deber, el comodín perfecto para eludir la pesada carga de la obligación. Un conductor de tren entra con su unidad a 190 km/h en una curva de 80 y...la culpa es del Gobierno, es irrelevante si del actual o del anterior. ¿Es que nadie ve el daño que, como sociedad, nos hace estar siempre renunciando a asumir la responsabilidad sobre las consecuencias de nuestros actos? ¿La inmadurez que se desprende de semejante conducta, que nos convierte en un país con una ciudadanía permanentemente tutelada? Cómo vamos a extrañarnos de que luego los políticos abusen de nosotros, si se lo estamos pidiendo a gritos. Queremos políticos honrados cuando no somos capaces de ser honrados con nosotros mismos.

Volviendo a esos supuestos llamamientos a la cordura y la ponderación que he visto por la red, llámenme retorcido, pero por desgracia percibo intereses espurios en tanta prudencia. Sospecho que los hay deseosos de que investigaciones posteriores determinen algún tipo de responsabilidad política que poder emplear como arma arrojadiza. Sencillo: si la señalización o las medidas de seguridad fallaron podemos culpar al PP, piensan unos, pero si toda esa instalación finalizó antes de su llegada al poder entonces es al PSOE al que le toca soportar el chaparrón, piensan los otros. Sí, estimados lectores, hasta este grado de cainismo hemos llegado en esta Españistán nuestra. La baza electoral se juega sin importar el calor que desprendan los cadáveres sobre la mesa. Así de asqueroso es el hedor que desprende nuestra atmósfera social, directamente contagiada de nuestro nauseabundo clima político.

viernes, 22 de febrero de 2013

La cara oculta del español medio

El programa de Ana Rosa Quintana, ese faro de intelectualidad que domina las mañanas televisivas españistaníes, da cobertura a las más solemnes infamias que un psicópata pueda concebir. ¿Se acuerdan de las endiabladas pesadillas que poblaban la mente del retorcido protagonista de la película La CeldaAquello era una merienda en el campo con bocadillos de pan integral al lado de lo que es capaz de ofrecernos la reina de las mañanas para forzarnos la arcada.

Lo último (que se sepa) ha sido traer a un psiquiatra que defiende apalizar adolescentes, eso sí, sin dejarles marcas. Tras leer esto, rápidamente se me ha activado algún chip interior de memoria: esto ya lo he visto antes. En efecto, debe haber algún programa defensivo de Matrix en curso porque el deja vu es correcto. Recordémoslo:

El imán de Fuengirola fue condenado a un año y tres meses de cárcel en 2004 por incitar a pegar a las mujeres en un libro titulado «La mujer en el Islam». En él, Kamal aconsejaba cómo agredir físicamente a las mujeres sin dejar rastro.
A ver, no seamos malos y expliquemos el contexto. Este psiquiatra se refiere al joven que prendió fuego con un mechero al pelo de una profesora en su centro educativo. No seré yo quien defienda lo que hizo este descerebrado, que merecería un castigo acorde con el acto perpetrado. ¿Pero es proporcional una paliza, aunque sea propinada por sus padres y con el cuidado de no dejarle moratones? ¿Qué clase de profesional médico recomienda este tipo de terapia? Ignoraba que Alex, el protagonista de La Naranja Mecánica, se hubiera licenciado en psiquiatría.

Pero no se crean que es una percepción aislada de cómo se deben hacer las cosas. Este hombre al menos tiene el detalle de mostrar lo aberrante de su doctrina en público. Parapetados tras el anonimato que proporciona Internet salen a la luz los instintos más cafres y despiadados. Si no me creen echen un vistazo a esta entrada de noviembre de 2008, donde algunos de nuestros compatriotas mostraron una indisimulada envidia por la forma de impartir justicia en un país de tan holgada tradición democrática como Irán.


¿Estamos sufriendo un retroceso en nuestra escala de valores? Quizá dicha escala nunca ha sido consustancial a la naturaleza del español medio, pero fue adoptada en aras de la inmersión europeizante que nos embargó desde los años ochenta y, ahora, se resquebraja víctima el estrés producido por la situación económica. Porque no es que ahora haya quien solo defienda agredir a menores de edad con propósitos ejemplarizantes. Qué más quisiera. Les aseguro que hay ciudadanos a quienes les importa un carajo que familias enteras se queden en la calle tras llevarse a cabo su desahucio, o que demuestran una atroz indiferencia ante el suicidio de conciudadanos suyos como remedio último a su estado de desesperación.


¿Realmente son mentalidades nuevas generadas por circunstancias nuevas? ¿O son más viejas de lo que nos gustaría admitir, pero se encontraban reprimidas por el yugo de la corrección política y una coyuntura sociopolítica desfavorable? ¿Se ven estas personas libres de ataduras para expresarse tal como son, ahora que encuentran respaldo en unos gobernantes que parecen hablarles en su mismo idioma?

sábado, 17 de noviembre de 2012

¿Es España un país de hijos de puta?

Hoy me he enterado de que unos sujetos comerciaban con comida obtenida del Banco de Alimentos de Cádiz. Actuaban desde varias residencias de ancianos de la provincia y alimentaban a los residentes con esa comida, por la que además les cobraban. Si se fijan, la perversión del hecho es doble. Por un lado se aprovechan del estado de necesidad de unos ancianos en el tramo final de sus vidas y, por otro, saquean los recursos de una organización benéfica que se nutre de donaciones voluntarias y minan su credibilidad, haciendo que la próxima vez que alguien vaya a donar algo se lo piense dos veces. La ausencia de escrúpulos es mayúscula y sus consecuencias, directas.

Hechos como este llevan a preguntarme ¿es España un país de hijos de puta?

A menudo oigo como, ante el sistemático asalto al dinero público a que nos
somete la casta dirigente, alguien termina afirmando que la clase política
es reflejo de la sociedad que entre todos conformamos. ¿De verdad es así? ¿Esta explicación también sirve para el tipo de delincuencia referido? ¿Cualquiera de nosotros sería capaz de engañar a un benefactor para que nos regale bienes de primera necesidad y, después, vendérselos para nuestro provecho a personas necesitadas que, además, confían en nuestra integridad y buena fe?

Yo, personalmente, no sería capaz. Una cosa es tomarse una bebida mientras
haces la compra en el hipermercado y tirar la botella una vez la terminas
para no tener que pagarla (sí, lo confieso), y otra muy distinta estafar a
esa escala. Hace falta carecer de unos principios morales muy básicos para traspasar determinadas líneas. La pegunta es ¿los españoles somos un pueblo proclive a traspasarlas?

No, no me vale el argumento de los balones fuera. "En otros países también
pasa", me dirán. "Y qué", contesto yo. Estamos en España y es lo que ocurre dentro de este país lo que nos debe preocupar, al margen de las simetrías con otros lugares. Arrastramos un pasado de picaresca, y el transcurrir de los siglos ha convertido al pícaro en un ser simpático, bonachón y al que tener simpatía. ¿Es el tipo de delincuencia como el descrito una evolución natural de la picaresca, fruto de la tolerancia con que tradicionalmente se ha tratado?

Pero ya no es picaresca, es directamente hijoputismo. ¿Hasta qué punto
somos todos responsables de que España se haya convertido en Españistán¿De verdad que ninguno seríamos capaces de participar de una estafa de semejante calibre si nuestra impunidad estuviera asegurada?

jueves, 8 de noviembre de 2012

Amoralidad en torno a la tragedia del Madrid Arena

La catástrofe del Madrid Arena tras producirse una estampida durante una macrofiesta, por la que fallecieron cuatro chicas, está sirviendo para que determinados personajes muestren al público su catadura moral y carencia de escrúpulos. Cualquier cosa, incluso instrumentalizar la desgraciada muerte de estas jóvenes, merece la pena si con ello consiguen que no prolifere un clima de opinión contrario al ayuntamiento de Madrid y la alcaldesa de spa. Es lo que tiene pertenecer a la misma camarilla. Se está llegando a los extremos de culpabilizar a los padres por la muerte de sus hijas. Da igual que el local no tuviera licencia de funcionamiento, sin la cual el Ayuntamiento no debería haber permitido la celebración del evento. Tampoco importa que dicho recinto superara el aforo permitido, algo que, al ser un espacio municipal, hace recaer en el consistorio la responsabilidad civil de lo que suceda en su interior.

Cuando se trata de defender a los miembros de la tribu los escrúpulos están de más. Hay que echar un capote a la alcaldesa de Madrid, una mujer que consigue que Leire Pajín parezca dueña de dieciséis doctorados cum laude. Hay que evitar a toda costa que la chusma se eche encima del Ayuntamiento y le exija responsabilidades. Forman un todo, voceros mediáticos y representantes políticos, ambas especies como diferentes expresiones de la misma cosa y defendiendo idénticos intereses.

¿Los padres culpables? Supongo que desde el momento en que permiten salir de casa a sus hijos son responsables de lo que les ocurra. ¿Hay que ilegalizar las macrofiestas entonces? No antes de prohibir los coches y las carreteras. ¿Cuántas muertes se producen cada fin de semana fruto de los accidentes de tráfico? ¿Cuántas al año debido al tabaquismo? ¿Acaso no hay riesgo en la multitud de espectáculos taurinos que se celebran a lo largo y ancho del país? Pero, ah, ahí hay negocio. Estos liberalotes permiten y toleran el riesgo para la vida humana un sinnúmero de ocasiones al año, siempre que lleven aparejadas algún beneficio económico para alguien. Lo ocurrido en el Madrid Arena solo genera mala prensa para las autoridades municipales, razón de más para prohibir este tipo de actos.

Y ya están sus voceros metidos en faena para convencernos de que si un Ayuntamiento no cumple con sus obligaciones legales, las consecuencias, directas o indirectas, son de los padres por enviar al matadero a sus hijas. Matadero patrocinado por el Ayuntamiento de Madrid, que nadie lo olvide.

viernes, 7 de septiembre de 2012

¿Es racismo todo lo que parece?

Hace poco me crucé con un grupo de chavales cerca de casa. Discutían en una de esas riñas de chicos (de unos doce años) que tantas veces se dan y dos chicas se terminaron alejando del resto del grupo. Una de ellas era de raza negra, y mientras se marchaba tuvo que escuchar la inevitable alusión a su color de piel, a lo que respondió en similares términos (“¡y tú blanco!”).

En seguida uno tiende a juzgar el hecho en clave racista, pero una valoración en ese sentido pienso que es precipitada si no se atienden las circunstancias particulares de cada caso. Hablamos de jóvenes que aún están creciendo, sin ideas claras sobre lo que supone el rechazo o la discriminación y carentes de la formación intelectual necesaria para comprender el alcance de mucho de lo que dicen.

Recordemos cuando éramos chavales. Siempre había un gordito o un flacucho, alguien con gafas o con muchos granos, con otra particularidad física o un apellido fuera de lo común que le convertía en blanco de las burlas. Todos lo hemos vivido, en nuestras carnes, como acosadores o simples espectadores. A esas edades lo que no se perdona es destacar, ser distinto, tener algo que los demás no tienen. Se señala al diferente por el hecho de serlo, y se resalta la cualidad que lo diferencia como un modo de castigar, dañar y hacer sentir mal. No veo intenciones más profundas y este tipo de conflictos (casi) siempre se resuelven sin mayores consecuencias.

Sin embargo, cualquier alusión al tono de piel ya se concibe como una agresión racista, sin más. No creo que esto sea bueno, principalmente porque, pienso, no es cierto. Un adolescente temprano no está aún facultado para entender las implicaciones de un insulto racista. Por lo general solo quiere quedar por encima, superar al otro y, si puede, humillarle. Son cosas de niños que tampoco debieran ir más allá, somos los adultos los que atribuimos intencionalidades que no tienen por qué existir, los que trasladamos nuestros prejuicios a nuestros hijos, los que contaminamos su lenguaje.

Que un chaval llame “negro de mierda” a otro no debería preocuparnos más que si le llama “gordo asqueroso” por estar obeso o “cuatro ojos” por llevar gafas. Es natural (poco edificante, pero natural) este comportamiento entre la chavalería, lo ha sido siempre y no por ello existe un sentir “gordista” que promueva la discriminación por razón de peso. Son cosas que la edad acaba diluyendo. No me cabe duda que quien tiene compañer@s de otras razas en el colegio será más sensible a la problemática de la discriminación racial que cualquiera de sus padres. Aunque no lo parezca, estamos avanzando en ese aspecto.

Así que, por favor, no le demos más importancia que la que tiene. Ejerzamos de padres, de educadores o de simples ciudadanos con conciencia cívica, eduquemos conforme a una reglas básicas de respeto mutuo y no inventemos problemas raciales donde solo hay chiquilladas. De los adultos depende que no se conviertan en otra cosa.

domingo, 8 de mayo de 2011

La ética de las bombas, la tortura y la violencia

Sam Harris es un filósofo usamericano experto en neurociencia. En 2005 escribió un libro titulado El fin de la fe que le convirtió en uno de los intelectuales ateos más destacados del momento. En este libro, que acabo de terminar de leer, expone con brillantez el porqué de considerar a la fe como una de las mayores fuentes de sufrimiento en el mundo a lo largo y ancho de toda la historia. No obstante, y por insólito que parezca, no son esas consideraciones las que andan revoloteando alrededor de la cabeza de este ateo que les habla.


En el capítulo dedicado al "problema del Islam", Harris argumenta en contra de las posiciones del conocido Noam Chomsky en relación a la política exterior usamericana. Considera errónea y carente de bagaje moral la equiparación que Chomsky hace de la violencia desatada en suelo norteamericano con motivo del 11-S con la que los USA han provocado en diversos puntos del globo en su "guerra contra el terrorismo". Sostiene que "en lo que a ética se refiere, las intenciones lo son todo" (aunque también puntualiza después que no son todo lo que importa). ¿Qué significa esto? Significa que, viene a decir, existe una diferencia moral entre un bombardero que siembra de muertos y mutilados una aldea afgana en su intento de destruir una fábrica de armas talibán y un extremista islámico que secuestra dos aviones de pasajeros y los hace colisionar contra dos rascacielos atestados de personas. Dicha diferencia estribaría en que, en el primer caso, la meta de los tripulantes del bombardero no es matar inocentes, aunque está claro que los posibles daños colaterales no son un motivo que les retraiga. Tienen un objetivo y su misión es destruirlo, y si la fábrica de armamento estuviera en mitad del desierto, sin civiles en kilómetros a la redonda, pulverizarla seguiría siendo su único propósito. En el caso de la yihad perpetrada por fundamentalistas islámicos, los civiles son el objetivo militar y sus atentados están orientados a producir el mayor número de víctimas posibles, sin discriminar entre civiles y no civiles.


Harris continúa su argumentación recurriendo a un sistema de diferenciación de valores que denomina "el arma perfecta". Con este arma imaginaria, uno puede alcanzar sus objetivos militares con precisión quirúrgica relegando al olvido a los funestos daños colaterales que tanto nos impresionan. Imaginemos al gobierno de George W. Bush en poder de un arma así, capaz de partir por la mitad a Osama Bin Laden, ahora que está de actualidad, sin que nadie más salga herido. ¿Le creen capaz, por muy mal que nos caiga el personaje, de utilizarla para otra cosa que no sea eliminar escrupulosamente a su objetivo militar? Se hace difícil creerlo. Ahora imaginemos esa super arma en poder de Al Qaeda. ¿Qué uso podemos suponer que harían de ella si sabemos que, en su caso, el objetivo militar es la población civil? ¿Bush/Obama y Bin Laden la emplearían de la misma forma? Una cosa es que Bush sea un patán descerebrado más centrado en alcanzar sus objetivos que a los cadáveres que pueda dejar atrás mientras lo consigue; y otra diferente es que sea alguien capaz de ordenar un bombardeo a sabiendas de que solo morirán aldeanos indefensos. Desde una óptica ética, las intenciones cuentan si nos referimos a las personas.  ¿Podemos decir lo mismo del instigador del yihadismo responsable del 11-S, 11-M y 7-J, entre otros atentados indiscriminados? ¿El plano moral en que ambos están es, de verdad, el mismo?


Hay que subrayar que el autor de El fin de la fe no está estableciendo una diferencias tan abrumadoras que conduzcan a la santificación de unos y la diabolización de los otros. Harris se afana en recalcar los motivos por los que los USA despiertan un monumental recelo en buena parte del globo, y no elude en absoluto abordar el asunto. Hace un recordatorio de algunas de las atrocidades usamericanas más sangrantes: el exterminio de los indios nativos, la esclavitud o la matanza de My Lai en Vietnam, en la que se detiene especialmente. Lo que intenta es que sepamos distinguir entre la brutalidad que, cuando sale a la luz, supone objeto de escándalo y crítica en el país de sus perpetradores y la que es recibida con parabienes por comunidades enteras, como es en el caso musulmán. Que hay unas sociedades que no toleran esa violencia extrema y que existen otras que la amparan, y que en términos éticos, las primeras son superiores a las segundas. Que la democracia occidental, con sus pegas, es moralmente superior a los regímenes teocráticos musulmanes, y ello también se manifiesta en la forma de hacer la guerra de unos y otros. Esa es la conclusión fundamental de este conjunto de ideas.


Hacia el final del libro, su autor se adentra en el terreno de la ética en términos de felicidad y sufrimiento de forma que no deja indiferente. Nos introduce en vericuetos aún más controvertidos cuando se atreve a plantear si puede haber circunstancias en que la tortura puede revelarse aceptable, incluso ética. No es un planteamiento nuevo imaginar a un sospechoso de terrorismo poseedor de una información acerca del lugar donde se cometerá el próximo atentado. Torturarte hasta revelar la información clave puede ser la única vía de salvación de las potenciales víctimas. Harris considera, posicionándose en un punto de vista muy local (de los USA), que si aceptamos las bajas colaterales en una campaña bélica [como las aceptamos en conflictos en los que, objetivamente, la intervención usamericana y de la OTAN redujo su extensión en el tiempo, como fueron los de Bosnia y Kosovo] no hay obstáculo moral en aceptar la tortura ya que, en ambos casos, lo que se persigue es un bien más elevado. ¿Qué es más malévolo, se pregunta, someter al sospechoso a un sufrimiento contrario a nuestra ética para extraerle la información o no hacerlo y esperar resignados a que una cantidad indeterminada de hombres, mujeres y niños perezcan horriblemente entre fuego y escombros? ¿Cual es la opción más defendible desde una vertiente moral? Esta pregunta es una patada en los bajos de las mentalidades europeas, poco acostumbradas a debates de semejante enjundia. Curiosamente, y a pesar de todo lo anteriormente argumentado, Harris admite que la práctica de la tortura le sigue pareciendo inaceptable en términos éticos. Es solo bajo la aceptación de un marco muy concreto, como sería la guerra contra el terrorismo emprendida por su país contra Al Qaeda, que se puede contemplar la tortura como una práctica no solo aceptable, sino necesaria.


Me he limitado a poco más que resumir los conceptos esenciales que Sam Harris transmite en El fin de la fe relativos a la ética de la violencia, sin entrar en mayores valoraciones. Ahora bien, ¿qué encontramos entre sus argumentos que pueda ser objetable, dado lo polémico de sus asertos? Sin duda, lo peor a lo que nos puede llevar la diferenciación moral que estipula es convertir las maniobras de uno de los actores en genuinamente morales, abriendo así la puerta a la comisión de los peores excesos una vez que se le ha proporcionado la coartada de la moralidad. Harris se apunta a lo que muchos estiman (recordemos que su libro fue publicado hace seis años) que es una guerra no declarada entre Occidente y el mundo musulmán. Y no veo esa guerra, no la percibo como algo ni tácito ni explícito. Estoy dispuesto a denominar guerra a lo que los USA mantienen con el movimiento yihadista después del 11-S, en cuyo contexto podríamos encuadrar la reciente operación para eliminar a Bin Laden, pero ampliarlo a la totalidad del universo islámico no es algo que los datos recabados sobre el terreno nos puedan confirmar. Eso sí, vender la idea de estar atravesando por un conflicto bélico ayuda a que las dudas sobre todo lo aquí esbozado se disipen con mayor rapidez y en una dirección concreta.


Admitamos, sin embargo, que este debate tiene un calado lo suficientemente profundo como para ser planteado, y que ello no transforma en monstruos a quienes defienden ponerlo sobre el tapete. La violencia siempre es un recurso indeseado, pero no por ello deja de ser a veces necesario. Más arriba mencioné Bosnia y Kosovo. ¿Podemos o no aseverar que las intervenciones de las fuerzas aliadas en esos lugares ayudaron a reducir el sufrimiento de la población civil? Solo pondré un ejemplo: tras la matanza del mercado de Sarajevo en 1995, la aviación de la OTAN entró en acción contra las fuerzas serbias; el resultado fue que el consecuente desequilibrio militar en favor de las tropas bosnio-croatas condujo en pocos meses a la firma de los acuerdos de Dayton, concluyendo así el sitio de la ciudad bosnia que duraba desde 1992. ¿Fue o no determinante la intervención aliada para frenar la guerra? Harris también arremete contra el movimiento pacifista, ese que rechaza cualquier estrategia que pase por el empleo de la fuerza, al que tilda de intrínsecamente inmoral. Su argumento es que el pacifismo dejaría el mundo tranquilamente en manos de los más salvajes, y que es insostenible en la práctica. Retrata su postura con una frase: "cuando tu enemigo no tiene escrúpulos, tus propios escrúpulos se convierten en un arma en sus manos".


Como dije, no estamos en el viejo continente habituados a cuestionarnos según que cosas. Especialmente la Europa progresista no parece capaz de hacerlo abiertamente, aunque luego sus gobiernos acaben participando de esa lógica. A veces es duro ser tan pragmático, pero hay ocasiones en que las alternativas no son mejores. Quizá haya que formar parte de un país forjado a golpe de revolver y de ley del Talión para entenderlo.

viernes, 8 de abril de 2011

Lo que ven nuestros ojos no siempre es lo que percibe nuestro cerebro


Esta imagen que les ofrezco es una recreación casera de algo que la otra tarde vi en el suelo mientras caminaba por la calle. Representa lo que millones de adolescentes con picores han recreado en innumerables pupitres, puertas de retrete y toda superficie susceptible de ser pintada con bolígrafo o lápiz: unos genitales masculinos. Pero, ¿por qué lo que vemos ahí plasmada es la síntesis de unos genitales masculinos?

En aquel momento me surgieron reflexiones acerca de por qué vemos lo que vemos, qué nos lleva a hacer la interpretación del mundo a que estamos acostumbrados y la capacidad del cerebro humano de ver determinadas estampas bajo condiciones concretas. Y también que cuando uno tiene un blog que desea ver activo puede escribir en él partiendo de casi cualquier idea :-P

Pese a lo pueril que aparenta ser el asunto, es cierto que nos lleva a implicaciones más profundas de las que en un principio podría pensarse. El cerebro humano está entrenado para identificar lo que ve de forma que pueda relacionarlo con el mundo que le rodea. De tal modo, si durante los años de adolescencia cualquiera de ustedes ha visto o dibujado con frecuencia una representación sintética de los genitales masculinos como la que encabeza esta entrada, no es en absoluto extraño que la volvamos a ver en la caprichosa disposición en que una cinta elástica ha quedado sobre la acera.

Vayamos más lejos. Hay personas que piensan que todo lo que nos rodea está determinado por un propósito más elevado. Este sistema de creencias nos llevaría a pensar que la goma que vi en el suelo quedó en la forma en que podemos verla porque “alguien” o “algo” decidió que esa era la forma en que tenía que ser vista. Lo digo porque los partidarios del propósito intencionado niegan, por lo general, que exista el azar. Rechazan que el azar, o la ausencia de voluntad creadora, pueda estar detrás de la existencia de la vida y del cosmos, ya que lo ven tan complejo y “ordenado” que, por fuerza, algo o alguien ha debido ser el detonante, la causa primera.

Lo que yo pienso es que todo lo que vemos, la visión del mundo que tenemos, está determinado por cómo lo vemos. Si en la foto que acompaña al post vemos unos genitales masculinos es porque nuestra mente ha recibido un “entrenamiento” que nos lleva a verlos. Pensar que una mente maestra y todopoderosa haya dedicado tiempo y esfuerzo, por minúsculo que haya sido, en “colocar” la goma de forma que los transeúntes puedan identificar como la simplificación visual del paquete de un hombre suena absolutamente ridículo. Con toda probabilidad alguien arrojó al suelo o la dejó caer, y quizá luego fue pisada y arrastrada inconscientemente por otros peatones hasta alcanzar la forma en que finalmente la encontré. No hay nada que pudiera hacer sospechar que hubo un propósito.

Pues bien, eso que parece (que es) tan estúpido en relación a la goma peniforme se sustenta en el mismo principio lógico en el que se apoyan los postulantes de una creencia tan extendida como el creacionismo: se emiten explicaciones a posteriori basadas en la apariencia después de, por lo común, toda una vida bajo el influjo de un sistema de creencias concreto. El resultado no puede ser otro que veredictos encastillados en los prejuicios generados por ese sistema de creencias. Si desde pequeño tus figuras de autoridad (padres, maestros, tutores...) te dicen que creer en dios es bueno, tienes grandes posibilidades de convertirte en un adulto creyente, aunque jamás te hayan mostrado una sola prueba. Por esa misma razón vemos un pene y dos testículos en la imagen de arriba, porque hemos interiorizado la relación entre imagen simple y concepto complejo, y el aglutinante han sido nuestra joven y, en la mayoría de los casos, desenfadada, divertida y memorable etapa adolescente. O quizá también diversas manifestaciones de la cultura popular más barriobajera.

Extrapólese el caso que nos ocupa a la forma de las nubes, el relieve de una cordillera montañosa o la proporción geométrica existente en numerosas especies vegetales (dejando a un lado la adaptación al medio). El entrenamiento que haya tenido la mente del observador, así como su sistema de creencias, siendo que ambos han crecido uno al amparo del otro, será crucial en su modo de interpretar lo que ve.

Como digo, las personas tendemos a relacionar imágenes simples con conceptos complejos. Eso es algo que saben bien en el mundo de la publicidad y el márketing: es el fundamento de la creación de logotipos, imagen corporativa o señalética y se le llama iconicidad. Las agencias de publicidad tienen medios (encuestas, estudios de mercado...) de conocer las necesidades, los anhelos y las preferencias del público objetivo al que se quiere dirigir, de forma que sus creativos son capaces de idear mensajes a medida de cada target empleando para ello el grado de iconicidad de un objeto o de una combinación de ellos. La misma razón empuja a determinadas personas a ver caras donde solo hay manchas de humedad, encontrar imágenes divinas en los lugares más disparatados o vislumbrar conspiraciones debajo de cada piedraEste fenómeno tiene nombre y se conoce como pareidolia (aunque en el caso de las conspiraciones estaríamos hablando de apofenia) y está más extendido de lo que parece.

En buena lógica, la impresión que cada uno extraiga de una imagen abstracta se verá condicionada en gran medida por las influencias sufridas en las etapas mas sensibles del crecimiento y, por tanto, más proclives a asimilar toda clase de información. Hasta el punto de llegar a configurar certezas en las edades adultas.

jueves, 10 de marzo de 2011

A serbian film y los límites de la creación artística


El director del festival de cine fantástico y de terror de Sitges, Ángel Sala, ha sido imputado judicialmente por exhibir en dicho festival la película A serbian film. La cinta, de origen serbio como su propio nombre indica, lleva causando revuelo allá donde llega durante el último año, pero hasta arribar a España su proyección no había tenido consecuencias legales para los exhibidores. El motivo son unas durísimas secuencias (no las he visto, pero hay abundantes descripciones en internet) que, para algunos, sobrepasan cualquier línea roja. A serbian film trata del mundo del porno, las perversiones sexuales y las películas snuff, siendo su escena cumbre una en la que violan a un bebé, literalmente recién nacido.


Debería escribir esta entrada después de visionar el film. Confieso mi curiosidad, pero no estoy seguro de tener cuerpo para ver determinadas cosas. No obstante, la llama del debate puede encenderse sin necesidad de cumplir ese requisito. Por un lado están los que defienden la libertad de expresión y de creación artística; por otro, quienes no soportan ver traspasados algunos límites éticos. Ambos, a mi entender, tienen motivos para blandir sus razones.

¿Hasta donde llega la libertad de expresión y creación? Teóricamente, hasta el lugar en que esa libertad cercena la de otros. La proyección de una película violenta no recorta per se la libertad de nadie. Uno elige verla o no según su propia decisión, y contando con que esté debidamente calificada para que nadie se lleve a engaño. La denuncia contra Ángel Sala se basa, al parecer, en que A serbian film contiene escenas contrarias a la ley en materia de pornografía infantil. Esto es algo paradójico, ya que semanalmente se proyectan en toda España películas con contenidos que contravienen esas mismas leyes: asesinatos, torturas, robos, extorsiones, amenazas... material que luego entra en los hogares a través de la TV. Y no hablemos ya de los videojuegos de ultima generación ¿Cuál es, pues, la diferencia?


Huelga señalar el carácter ficticio de todos esos delitos. Da la impresión de haber gente incapaz de separar la realidad de la ficción. Me pregunto quien tiene un mayor problema, si los que disfrutan con el cine violento o quienes le dan idéntico tratamiento a lo real y a lo simulado.

La diferencia es, al parecer, que los protagonistas de las agresiones simuladas en el film balcánico son niños, ya que es cierto que existe una mayor sensibilidad social hacia todo lo referido a la violencia infantil. Son un objeto jurídico algo distinto de un adulto, tengámoslo en cuenta, y hasta una determinada edad los niños son, por así decirlo, intocables desde una óptica penal. Existe una legislación expresa en el caso de conjugar sexo e infancia, separada de la relativa a adultos y presente en todo el mundo desarrollado. Sin embargo, parece claro que la película serbia es ficción (se trata de muñecos en ambas escenas) y que no se viola a ningún tierno infante ante las cámaras. Ello daría ya al traste con cualquier acusación de ilegalidad, pero no podemos negar que la sola insinuación del hecho remueve algo por dentro.

Podríamos entrar a calificar los motivos por los que un cineasta estima que la violación de un bebé es un artilugio hábil para transmitir algo. Posiblemente, muchos de nosotros opinaríamos que esa misma idea puede igualmente viajar de la pantalla al espectador sin la necesidad de un efectismo tan brutal, que ensombrezca el significado de cualquier metáfora. Y quizá que para ello se necesita talento, un talento del que carecería el director de A serbian film. Pero eso es algo que no pocos de los visitantes de ARCO piensan de muchos de quienes allí exponen; y es que el arte, especialmente el contemporáneo, es tan subjetivo... Podemos especular acerca de si este cineasta ha valorado suficientemente la trascendencia de su apuesta, habida cuenta de que se habla mucho de la forma pero muy poco del supuesto fondo. O sobre si la polémica tiene poco de forzada y mucho de planeada: la provocación como estrategia de márketing. Nada de esto es decisivo a la hora de valorar algo tan taxativo como la aplicación de una ley penal a una creación artística.


Porque, visto lo obvio, lo único de lo que se podría acusar al film serbio es de hacer apología de la pederastia, algo que, me temo, solo podría valorar si veo la película. No obstante, los contextos cinematográficos no suelen ser objeto de demanda judicial, y vuelvo a referirme a los títulos que habitualmente pueblan nuestra cartelera o las estanterías de las tiendas de videojuegos. Se acusa a este tipo de ocio de banalizar la violencia, de convertirla en algo cotidiano, de insensibilizarnos de forma que la aceptemos con más naturalidad, de socavar unos valores basados en el respeto y la benevolencia. Puede que sea así pero ¿genera violencia? Supongo que eso es más difícil de probar. ¿Determinará A serbian film el nacimiento de toda una nueva generación de pederastas? Dudo que haya quien esté en disposición de demostrarlo.

jueves, 24 de febrero de 2011

Armas, energía y mucha hipocresía

El mundo árabe está convulso. Se está viviendo en diversos países del mundo musulmán expresiones populares masivas reprimidas con mayor o menor dureza. Europa, y España a la cabeza, vende armas a esos países. Algunas de esas revueltas, como es el caso de Libia o Bahrein, están siendo sofocadas con extrema violencia por sus gobiernos, haciendo uso en gran medida de armamento vendido por Occidente. Va siendo hora de que se plantee un debate abierto acerca de la moralidad en Europa, de si estamos dispuestos a sacrificar nuestra ética a cambio de que nuestro progreso se consolide sobre las montañas de cadáveres que van dejando atrás las armas que exportamos.

El modelo sociopolitico europeo se está cuestionando más que nunca. Primero por la irrupción de los mercados en la vida política de los países y en la toma de decisiones de índole económica, usurpando el lugar que los gobernantes obtuvieron en las urnas. Ahora, los datos existentes sobre la venta de armas a países con regímenes tiránicos abre un nuevo frente. Algunas de esas naciones están viviendo días agitados, con su población reclamando más libertad y el fin de la corrupción institucional. Desde el mundo presuntamente civilizado se jalea a las masas ciudadanas y se pide contención y mesura a sus gobernantes. Ya esto último es una burla total. ¿Contención y mesura, cuando la exigencia tendría que ser el fin incondicional de la opresión? Pero así funciona el Occidente de las democracias y los derechos humanos, hipócrita hasta la médula.

¿Alguien mentó los derechos humanos? A
 los mandatarios europeos solo les preocupa su cumplimiento dentro de las fronteras propias. Fuera de ellas es algo sin valor, más allá de declaraciones voluntaristas vacías de contenido. Solo desde esa postura se pueden tener socios comerciales como Libia, Irán, Marruecos o Arabia Saudí, países donde libertades fundamentales se encuentran seriamente amenazadas o directamente no existen, y encima venderles armamento. Sí, el fantasma del islamismo radical también es recurrente. Convenientemente agitado lleva a la conclusión de la necesidad de regímenes férreos que le pongan freno en esos lugares y a los que hay que mantener contentos, pero eso no fue un problema para emplear la máxima fuerza en Irak, ¿verdad?

Pero observemos el asunto desde una óptica más amplia, sin dogmatismos. No se puede negar que cerrar esta vía de comercio supondría un golpe para la economía española, algo que difícilmente podríamos permitirnos en el contexto actual. Si no vendemos armas, otros lo harán, y el abandono de ese segmento comercial abocaría a nuestras empresas productoras al cierre o a una costosa reconversión que se cobraría en los trabajadores a sus más propiciatorias víctimas. ¿Más paro? ¿Estamos realmente dispuestos a asumir semejante coste fruto de un comportamiento ético al más alto nivel? ¿Lo está el ciudadano de a pie, ese al que, Marca en mano y mente puesta en el partido del domingo, lo que ocurra en Egipto o Túnez le importa una higa? Yo no apostaría por ello.

El tema tiene calado. Y un trasfondo económico-energético innnegable. Europa en general y España en particular tiene una enorme dependencia energética de los países árabes productores de petróleo y gas natural (Rusia tampoco es un socio cómodo desde un punto de vista moral). No solo existen razones medioambientales para explorar e impulsar las energías alternativas, sino también éticas. Las democracias occidentales se cargarían de autoridad moral para demandar cambios en estos regímenes si abandonaran del todo la dependencia de su petróleo y gas y, por tanto, la necesidad de vínculos comerciales con ellos. Podríamos arrancar nuestro coche o encender nuestra caldera cada mañana sin sentir un aguijonazo en la conciencia (aquellos que la tengan y la usen). No obstante, los intereses de las multinacionales que explotan los yacimientos de crudo o gas de los países productores aún son demasiado fuertes. Intereses ante los que se pliegan los gobiernos que luego comercian con esos países.

Termino con una analogía curiosa que se me ha ocurrido. Quien quisiera justificar la venta de armas a países de más que dudosos principios se podría emplear el mismo argumento que muchos internautas esgrimen para pedir que no se cierren las páginas de enlaces: el hecho de enlazar contenidos no es delito, del mismo modo que vender armamento tampoco lo es. El propietario del servidor que aloja el material se puede estar lucrando al divulgar material protegido, o simplemente vulnerando la ley de propiedad intelectual, pero se exime de responsabilidad a quien lo enlaza porque no es quien está delinquiendo. Este razonamiento valdría también para defender la venta de armas, ya que el vendedor no es quien luego las utiliza para masacrar multitudes (se puede aducir que solo es para equipar a las fuerzas del orden), de modo que, siguiendo el mismo razonamiento, hay que eximirle de la responsabilidad de los actos del comprador. Ya se que pensarán que estoy mezclando churras con merinas, pero a mí me parece la misma lógica aunque aplicada a casos diametralmente opuestos. Y para lo que valdría es para desautorizar a las paginas de enlaces, no a los vendedores de armas. ¿A que mola?

martes, 11 de enero de 2011

En defensa del fútbol como deporte, no como negocio ni como adicción

Las élites oligárquicas del fútbol mundial acaban de decretar que Lionel Messi es el mejor fubolista del año 2010Ni entro ni salgo en el posible acierto o desacierto de tal decisión, pero me sirve como excusa para hablar de este deporte, convertido en negocio en muchos aspectos y en verdadera adicción para una cantidad desorbitada de gente.

A mí me gusta el fútbol, por eso veo poco, sólo cuando los equipos en liza garantizan, a priori, algo de espectáculo, o cuando se hallan inmersos en una competición de enjundia. No veo cualquier encuentro de fútbol ya que ello me llevaría a la saturación y detestar este deporte. Hay mucho truño disfrazado de disputa futbolera, y son preciamente este tipo de partidos los que convierten al balompié en un repelente para quien no sea un incondicional.

Hay personas que, situadas a sí mismas en un plano intelectual más elevado, menosprecian el fútbol como algo pueril. No es raro escuchar argumentos del tipo no es más que un puñado de millonarios en pantalón corto pegando patadas a un balón. Tal dispendio intelectual denota un enorme prejuicio, concretamente hacia los millonarios, pero no dice nada del valor intrínseco del fútbol en sí como deporte de competición. De ahí que se deduce que si eliminamos su desmesurado componente económico, que tampoco se da en todos los casos, también le despojamos del factor que parece generarle mayor antipatía social.

Aunque lo cierto es que la frase del párrafo anterior también trata de desacreditar el fútbol trivializándolo en relación a su indumentaria y haciendo un reduccionismo simplista acerca del desarrollo del juego como deporte de cierta complejidad. Imagino que 22 jugadores vestidos con traje tampoco despertarían las simpatías entre los detractores del fútbol, así que no vale la pena argumentar nada sobre en el uso de ropa cómoda para la práctica de cualquier deporte. En cambio, la crítica soterrada a la arquitectura del juego propiamente dicha merece más atención. Decir que el fútbol consiste únicamente en arrearle patadas a una pelota equivaldría a considerar el ajedrez como una mortalmente aburrida sucesión de movimientos espasmódicos entre dos individuos. La crítica superficial es lo más fácil mientras que entrar en el meollo de la cuestión, y más cuando se parte de posturas previas tan marcadas por el prejuicio, es mucho más difícil.

El fútbol como deporte de equipo tiene características que al observador no avezado le pasarán desapercibidas, pero que convendría valorar. El juego se despliega en virtud de estrategias prediseñadas, las cuales sitúan a los futbolistas en el campo con unas funciones muy concretas, cual piezas de ajedrez, y complementarias entre sí. La disposición de los jugadores varía con arreglo al esquema de juego que se tenga enfrente, siendo las tácticas esenciales y también modificables en virtud del rival. Los movimientos tácticos tales como desmarques, contragolpes o fueras de juego son perfectamente apreciables en la toma cenital de un estadio de fútbol, donde podemos apreciar con detalle como un delantero hace un movimiento para "llevarse consigo" a los defensas y así dejar en situación franca de gol a un compañero que viene por detrás; o el momento en que toda una línea defensiva efectúa un movimiento coordinado en la misma dirección para dejar al atacante contrario en posición antireglamentaria; o cuando se produce un robo de balón en defensa y los extremos saltan como liebres en paralelo a la banda esperando a que les llegue un balón largo, tal y como han ensayado en los entrenamientos, que les facilite crear una ocasión de peligro. Todo esto requiere muchas horas de preparación, tanto física como mental.
Y pese a lo que algunos digan, jugar al fútbol con una cierta solvencia, no digamos al fútbol de élite, no puede hacerlo cualquiera. No se trata ni mucho menos de simplemente hacer rodar un balón con los pies. Es necesario mucho tiempo de entrenamiento para conseguir que, al menos, la mitad de los desplazamientos largos de balón que se hagan, pongamos 40 metros, terminen en la bota del compañero al que van destinados; la mayoría tiene más opciones de acabar en pies del contrario cuando no fuera del terreno de juego. Muchas horas de entrenamiento, tanto físico como táctico, para encuadrarse en un equipo y responder a las necesidades de este en cualquier situación que se plantee durante un partido. Es fundamental la fortaleza mental, la concentración durante los 90 minutos de juego, espíritu de sacrificiocapacidad para reponerse ante la adversidad (expulsiones, lesiones...). Hacen falta agilidad mental y templanza para saber que hacer con el balón en una situación de acoso rival sin regalarle una ocasión de peligro; es necesario ser colaborativo, aprender a trabajar para el colectivo, ser disciplinado y saber ser generoso cuando la ocasión lo requiere. ¿Acaso no son cualidades que nos gustaría ver adornando a nuestros semejantes?

No, no se trata simplemente de pegarle patadas a una pelota. ¿El negocio? No me interesa, ni era el objeto de este post. Mi recomendación para disfrutar del fútbol: ver poco y seleccionado. Si es que lo que de verdad gusta es el fútbol como deporte y no como una extensión de las propias filias, fobias o prejuicios. No ostante, es cierto que lo que nos venden desde los medios no tiene que ver con valores como los descritos, todos ellos encomiables, sino con el forofismo más procaz, un gregarismo lejano de todo juicio ponderado, la anulación del espíritu crítico y el aborregamiento generalizado. Y lo triste es la enorme cantidad de gente sensible a ese tipo de mensaje

domingo, 9 de enero de 2011

El país que estamos construyendo

Ayer sábado por la tarde fui testigo de un hecho que, bajo mi punto de vista, dice mucho del carácter de los ciudadanos que pueblan este país llamado España. Estaba yo de visita por un centro comercial cuando me topé con un teatro de guiñol para niños. Me detuve por motivos que no vienen al caso y me convertí en espectador durante un buen rato. Había dispuestas una filas de asientos que ya estaban ocupadas por críos, por lo general menores de diez años, que esperaban pacientemente el comienzo de la representación.


Finalmente, ésta empieza, y como suele suceder en teatrillos de este tipo los monigotes piden la implicación del público durante el transcurso de la función, de tal modo que los niños se van emocionando poco a poco.


Un niño sobreestimulado sin el control de sus padres es una bomba de relojería,  así que imaginemos a una veintena. El caso es que, atraídos por el bullicio y oliendo la diversión, llegaron más niños que, al no haber sitios libres, se colocaron delante de la primera fila, apoyados sobre una valla que hacía de separación entre la chavalería y la caseta de marionetas, obstaculizando la visión de los que habían estado esperando. En pocos minutos, lo que empezó siendo una tranquila parroquia infantil se tornó en anarquía pura y dura. Palomitas y otros objetos, por fortuna poco contundentes, volaban hasta los guiñoles; los niños más cercanos a la caseta de representación intentaban atrapar las marionetas; los llegados en último lugar no dejaban ver a los que disciplinadamente habían esperado sentados en su silla. Ante el caos desatado, los propios actores tuvieron que pedir contención a los infantes y ayuda a sus acompañantes adultos, amenazando incluso con detener la función.


Entiendo que los niños son niños, y están en la edad de comportarse de ese modo pero, ¿y los padres?


A pesar de haber un buen número de padres presenciando el espectáculo, ninguno hizo lo más mínimo para controlar a sus hijos (si acaso, algún débil y patético intento que era sistemáticamente ignorado). Imaginemos la escena: niños que llegan los últimos para menoscabar el derecho de quien ha llegado primero y hace gala de buen comportamiento; que impiden a los actores el normal desarrollo de su tarea profesional; que convierten una actividad lúdica en un monumento al desorden donde la educación y el respeto brillan por su ausencia. ¿Y ningún padre es capaz de mover un solo dedo para corregir a sus retoños? ¿No pudieron demostrar algo de civismo? ¿A ninguno se le abrieron las carnes al observar como su hijo participa en la ley de la jungla preso de la euforia, sabedor de que no hay límites?


Dicen que los hijos son fiel reflejo de sus padres. Si esto es así, ya podemos irnos preparando con la generación que nos espera, porque la educación que reciban será impartida en gran medida por estos padres indolentes, carentes de sentido del civismo y a quienes el bien común parece importarles un bledo. En su casa podrán ser un modelo de autoridad, pero demuestran no haber educado a sus hijos en valores que les permitan participar de una actividad colectiva tales como la solidaridad, la colaboración, la empatía o la ayuda mutua. Tan simple como el "no le hagas a otro lo que no te gustaría que te hicieran a tí". Y esto, a estas edades, ya puede hacerse. Por lo visto, es más cómodo abdicar de la responsabilidad de enseñar a vivir en comunidad y ceder a la individualidad y a los beneficios inmediatos que proporciona.


¿Que ciudadanía se construye así, extrapolando a nuestra sociedad lo visto en el centro comercial? Pues que por un lado están los que, educados para avasallar por acción u omisión, avasallan al amparo del civismo ajeno y la permisividad de los poderes públicos; y por otro, los educados con arreglo a normas de convivencia, pero que ven como sus enseñanzas no sirven ante los avasalladores y que encima estos no reciben castigo ni reprimenda por serlo. Su conclusión podría ser, ¿para qué ser bueno y respetar las normas si hay quien las incumple gratis y además consigue antes lo que quiere?


Pues ese es, me da la impresión, el país que estamos construyendo.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Retirar el dinero del banco no es la solución

El ex futbolista francés Cantona levantó la liebre hace unos días: sacar masivamente los ahorros del banco en castigo a los desmanes financieros que nos han conducido a la actual crisis económica. Un grupo en Facebook cristalizará la idea en próximo 7 de diciembre, supuestamente a escala europea. Es algo que podrá proporcionar satisfacción personal inmediata, no digo que no, pero creo que pocos se cuestionan sobre sus consecuencias a medio y largo plazo.

Quienes sostienen en gran medida a los bancos son los pequeños ahorradores, que en la UE son unos cuantos millones; si estos acuerdan retirar su capital al mismo tiempo de todas las entidades bancarias, estas se quedarían sin liquidez para conceder préstamos, esos préstamos que reciben las pequeñas y medianas empresas para pagar a proveedores, comprar material o abonar nóminas. Y sin ese dinero que reciben de los bancos las empresas no pueden afrontar sus pagos y se ven obligadas a reducir plantilla o incluso cerrar; y todos a la calle.

Sí, es un círculo vicioso más que perverso, pero creo que habría que articular otra forma de protestar que no sea arrojar piedras sobre nuestro propio tejado. Soy el primero que apoyaría una ofensiva que restara poder de forma progresiva a las oligarquías financieras, que son en última instancia las que toman las decisiones de mayor calado por encima de los gobiernos. Pero pienso que las decisiones drásticas solo conducen al enconamiento de posturas, y lejos de solucionar los problemas los pueden agravar.

Además, ¿alguien piensa que Cantona tiene todos sus ahorros escondidos bajo el colchón? Los bancos no son una mala idea, te permiten guardar tu dinero a salvo de manos aviesas y seguro ante eventuales catástrofes. Si hacemos caso al ex futbolista galo ¿qué haremos con nuestro dinero en metálico? ¿Guardarlo en un calcetín muuuuuuy largo, exponiéndolo a un robo o un incendio? Porque estas cosas pasan en la vida real. En cambio, si atracan el banco o si le ponen una bomba tus ahorros no sufren merma alguna.

Sí, los bancos son una buena idea, pero igual que un cuchillo sirve para pelarte una naranja también puede emplearse para darte una puñalada. Todo depende del uso que se le de, y como los personajes que dirigen la cosa financiera no han demostrado, digamos, excesiva preocupación por el interés general, tendrían que ser los estados los que dieran un paso al frente, o un golpe sobre la mesa, para imponer unas condiciones de subsistencia de obligado cumplimiento, una regulación estricta, a las entidades bancarias. El problema es que para ello hacen falta gobiernos fuertes que no se dejen subyugar por el poder económico. Y a ser posible gobiernos unidos, en el sentido de aliados entre sí, ya que hacer la guerra por cuenta propia y sin ser una potencia económica sería, dado el poder que detenta el adversario, garantía de fracaso.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Luces y sombras en la vida de Thomas Jefferson

Desde hace un tiempo soy habitual de la literatura de divulgación científica y de fomento del pensamiento crítico. Soy lector lento así que no puedo presumir de tener un bagaje de lecturas especialmente amplio, pero sí el suficiente para advertir que algunos personajes históricos son citados frecuentemente como referentes para los autores escépticos. Uno de estas celebridades es Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos y alguien que antepuso la razón y el individuo, sus derechos y su libertades, por delante de las certezas absolutas propias de las creencias dogmáticas.

El pasado fin de semana vi en la 1 de Televisión Española un telefilme basado en la vida de Jefferson. Tenía toda la pinta de un folletín, solo destacable a priori por la interpretación del solvente actor neozelandés Sam Neill en el papel protagonista, porque el conjunto no era precisamente un derroche de calidad. No obstante, en el epílogo se especificaba que los hechos que describía la trama fueron reales, al margen de las licencias creativas que siempre se dan en el medio televisivo, por supuesto. Pero me brinda la oportunidad de hacer la siguiente reflexión.


El aspecto central de la narración era la relación íntima que Jefferson mantuvo durante una significativa parte de su vida con una de sus esclavas, Sally Hemings, iniciada mientras fue embajador de los USA en París y que duró hasta su muerte. En la película se afirma que, fruto de dicha relación, Sally Hemings alumbró hasta cinco hijos que el a la sazón presidente nunca reconoció, más preocupado por las apariencias y por su cada vez más enfilada carrera política [la wikipedia en inglés menciona todo esto sin tanta rotundidad y sin despejar la duda sobre la veracidad de estas afirmaciones].

En la América pre-abolicionista, el sureño Jefferson, propietario de una plantación y de los esclavos negros que trabajaron en ella, no fue capaz de aplicar a su propia vida los postulados que le han convertido en una figura invocada por destacadas figuras del pensamiento racionalista moderno como Carl Sagan o Richard Dawkins. Sin dejar de reconocer que fue un adelantado a la época que le tocó vivir, estos hechos le convertirían en alguien con las suficientes sombras como para no ser objeto de tan entusiasta reivindicación.

Y aquí es donde quiero detenerme. Es fácil concluir que el prestigio del que goza Thomas Jefferson debe quedar seriamente dañado por esta faceta de su vida y que su reputación de luchador por la libertad queda sepultada por su condición de esclavista activo. Dando por cierto lo que cuenta la película, que siempre que le fue posible procuró un trato humano y digno a todos sus esclavos, ello no justificaría su doble discurso, abolicionista de cara al exterior y esclavista de puertas adentro, aunque fuera un esclavismo light (aunque ¿existe, acaso, un esclavismo que pueda considerarse light?).

Pero aquí entraría en juego lo que Richard Dawkins denomina el zeitgeist moral, el paradigma ético, el conjunto de valores morales imperantes en una época y lugar concretos y que pueden determinar matices clave en la personalidad de una celebridad, aun estando en aparente contradicción con sus virtudes más ampliamente reconocidas. Denostadores de algunos de los grandes pensadores de la historia subrayan la dimensión antisemita de Voltaire, el machismo de Hume o el racismo y la misoginia de Schopenhauer. Y es que una cosa es ser un adelantado su tiempo y otra muy diferentes estar hasta dos siglos por delante del pensamiento descollante. El avance del raciocino y la moral tiene su ritmo, y por lo general es siempre más lento de lo que sus impulsores desearían.

Thomas Jefferson, junto con otros nombres ilustres de la época como Thomas Paine, intentó cambiar el mundo que le tocó en suerte vivir, lucha ésta cristalizada en la Declaración de Independencia de los USA y en la Declaración de Derechos. El progreso mundial hacia la democracia que supusieron ambas proclamaciones es indudable, y la contribución de Jefferson merece el calificativo de crucial, aun con la vergonzosa exclusión de negros e indios. ¿Puede la trascendencia de algo así quedar opacado por lo que está, en gran medida, decretado por ese paradigma moral y que responde a pautas sociales muy enraizadas? ¿Acaso no hacen falta una gran personalidad y una muy profunda madurez para conseguir sacudirse, aunque solo sea parcialmente, la carga de una estructura social que se siente obsoleta, desfasada e injusta, para luchar por mejorar lo que se sabe mejorable? Posiblemente, Jefferson fue, permítaseme la expresión, esclavo del tiempo que le tocó vivir. No intento justificarle contra viento y marea, solo trato de entender cómo alguien de tan rectos principios pudo mantener tan contradictorio proceder.

Para terminar una cita, como no, de Thomas Jefferson. De las muchas que se le atribuyen, me quedo con esta, perfectamente enmarcada en la actualidad de hoy día tras la visita a España de uno de los mayores entes dogmáticos y representantes del absolutismo ideológico y moral, el papa Benedicta:

La masa de la humanidad no ha nacido con una silla de montar a la espalda y tampoco unos pocos privilegiados nacen con botas y espuelas.

Cine de 2021 que ha pasado por estos ojos

A continuación dejo un listado de las películas de 2021 que han visto estos ojitos, junto con un enlace a la reseña que dejé en Filmaffinity...