Mostrando entradas con la etiqueta Toros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Toros. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de abril de 2012

Lo que la corrección política impide decir de la afición a los toros

La cuestión taurina es otra de esas patatas calientes que provocan encendidas polémicas y enconamiento de posturas. No pretendo con esta entrada contribuir a la moderación del debate; es más un desahogo, un poner sobre la mesa determinados argumentos que la corrección política impide que sean manejados con asiduidad. No son nuevos, y es probable que ya estén en la mente de muchos detractores del toreo, pero recogerlos a modo de decálogo puede servir para darles fuerza y conferirles la legitimidad moral e intelectual que no pocos les quieren negar.

1) Al protaurino se la repanfinfla que el torero muera en la plaza. Los hay hasta que asisten para ver “si le coge” atraidos por el morbo de la sangre. Que un matador caiga en la plaza es un hecho estadístico y cada cierto tiempo se produce. Tal circunstancia no parece influir ni un ápice en la pasión del aficionado.

2) Entroncando con lo anterior, el protaurino está muy lejos de ser defensor de la vida, no ya animal sino humana. De lo contrario no antepondrían su diversion y disfrute ante una eventual cogida mortal en la plaza. Le merece la pena una muerte a cambio de 200 corridas, o 500 o mil con ninguna.

3) El espectáculo taurino se basa en la muerte. Para el protaurino, sin muerte no hay fiesta ni arte. Jamás se ha planteado seriamente aplicar en España la fórmula portuguesa de corridas incruentas. La muerte del toro es imprescindible para culminar la liturgia.

4) El toreo insensibiliza frente a la violencia y la banaliza, algo especialmente contraindicado en el caso de los niños. Es de sentido común que si alquien, cuyo perfil psicológico aún se está moldeando, aprende que torturar, vejar y matar a un ser vivo por puro divertimento es aceptable e incluso motivo de celebración sufrirá la deformación de su percepción del sufrimiento ajeno, y su capacidad para sentir empatía será menor. Ante semejante evidencia, mil veces prefiero que mi vida o mi integridad física dependa de un antitaurino que de un protaurino. El toreo niega una de las principales características que nos hace humanos y nos diferencia de los animales: empatizar con el débil o, en este caso, el inferior. La tauromaquia bestializa.

5) El toreo no es cultura, no en el sentido de algo que nos enriquece y nos hace crecer como personas y entes sociales. Es un rasgo cultural en tanto costumbre arraigada y compartida ampliamente en un territorio dado, pero no lleva la moralidad ni el conocimiento implícitos en aquello que nos define como cultos. El toreo es cultura en el mismo sentido que lo es la lapidación en Irán o la mutilación genital en Somalia.

6) El toreo suele florecer en ambientes iletrados y donde la cultura y la formación intelectual brillan por su ausencia o apenas se perciben. Que Hemingway u otras reconocidas personalidades culturales de ayer y de hoy se rindieran ante la práctica taurina es algo ajeno y no refuta este argumento. Se cuentan con los dedos de la mano los toreros con cierta formación académica.

7) El argumento del valor es más falso que Judas. Al menos tanto como el de quien juega a la ruleta rusa o salta la vía al paso del tren. En ambos caso solemos hablar de inconscientes o de gilipollas. Hablé largamente de ello en esta otra entrada.

8) Muchos se aferran al toreo como una cuestión político-identitaria, en respuesta a lo que juzgan como ataques de los nacionalismos periféricos contra su identidad cultural o agresiones provenientes de otros países. Responden así con una contradosis de nacionalismo, en este caso españolista, tan rancio o más que el que quieren contrarrestar, y que pretenden asumido por todos, nos guste o no.

9) Apelar a la tradición es una solemne estupidez. La esclavitud, el machismo, la pena de muerte o el derecho de pernada se podrían justificar también en base a la tradición. De hecho, ayer escuché por TV cómo el presidente del Congreso, Jesús Posada, invocaba la sacrosanta tradición para justificar los 82.000 euros que a todos nos costará el retrato de su antecesor en el cargo, José Bono.

10) Es posible que decir estas cosas en voz alta cierre en banda aún más a los protaurinos en lugar de hacerles reflexionar acerca de si quizás, solo quizás, hay algo de razón en alguno de los puntos expuestos. Tal suele ser su cerrazón.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Los toros, punta de lanza del intervencionismo en TVE

El portavoz del Partido Popular en esa inutilidad llamada Senado, Pío García Escudero, anunció anunció días antes de las elecciones la reaparición de las corridas de toros en TVE. Nuevamente el debate se centra en si es o no una fiesta cultural, si es o no una barbarie sanguinaria, pero en esta ocasión no me parece que sea lo destacado del caso. Lo llamativo de este pronunciamiento es que un político de la élite dirigente del partido que ganó las elecciones por abrumadora mayoría anuncia públicamente el inequívoco talante intervencionista con que el nuevo gobierno afronta la gestión de la TV pública.


Sin saberse de su boca el modelo de ente público que impulsará el Gobierno de Rajoy, que tendrá un director de TVE que presumirá de “independiente”, no lo duden, un destacado miembro del nuevo partido gubernamental ya hace afirmaciones (no opiniones, afirmaciones) sobre los contenidos que nos va a ofrecer la televisión supuestamente de todos. Sin aportar datos sobre cual será su modelo, sin esperar la formación de un nuevo consejo de administración ni el nombramiento de un nuevo presidente de la corporación, el criterio político ya le marca el paso al criterio profesional, al periodístico y empresarial en la TV pública del Partido Popular. En mi opinión es ahí, y no en otro sitio, donde cobran relevancia de las declaraciones de García Escudero.


¿Qué hace un político hablando sobre qué contenidos han de emitirse por TVE? ¿Acaso no habrá unos señores conformando un organismo independiente y capaces de seguir unas pautas profesionales para decidir que es o no adecuado para su emisión en la televisión pública sin atender a presiones políticas?


Los primeros indicios apuntan a que no.

lunes, 10 de octubre de 2011

La fiesta de los toros y su desprecio por la vida humana

Hace poco publiqué una entrada sobre la fiesta de los toros en la que aludí a un concepto poco manejado por quienes desean blandir argumentos frente al lobby taurino. La reciente y "escalofriante" (pese a lo cual no dejan de emitirla) cogida del diestro Juan José Padilla, el cual sufrirá secuelas de por vida en su rostro, me lleva a rescatar ese argumento y desarrollarlo un poco más.

Lo que venía a decir es que el mundo taurino asume como inevitables hechos como el sucedido en Zaragoza, así como cualquier otro en el que el torero sufra daño o incluso muera. Lo importante, parece ser, es que la fiesta siga su curso, y que el aficionado pueda disfrutar de ella, con independencia del goteo de víctimas humanas que se pueda ir produciendo en su desarrollo. Se dan por buenas y no parece importar que se produzcan, porque bien es cierto que se producen cada cierto tiempo. Quizá ocurre que al no ser algo cotidiano no provoca el impacto emocional suficiente para sacudir conciencias. O tal vez las conciencias están tan abotargadas que se vuelven incapaces de reconocer que el perjuicio por omisión no deja de ser perjuicio.

Hay protaurinos que se quejan de que los antitaurinos humanizan al toro. Es un argumento falaz, ya que lo que se pide, simplemente, es que se suprima la tortura del astado para disfrute de un coro de gañanes. La legislación que penaliza la violencia sobre mascotas no creo que busque humanizar a perros, gatos y otros animales domésticos. Lo mismo pasa con la que protege a especies salvajes con marcado valor ecológico. Son cosas distintas y nada tienen que ver.

Lo que yo digo es que los protaurinos, es evidente, cosifican al toro hasta convertirlo en una masa informe de carne para trinchar, pero, y es lo novedoso del argumento, también al torero. El matador es una pieza más del engranaje taurino, la más valiosa, qué duda cabe, pero sacrificable llegado un momento.

¿Hasta qué punto se valora realmente la vida del torero? ¿Se asume o no, con absoluta normalidad, que puede morir en la plaza sin que ello interfiera en el normal funcionamiento del negocio taurino? ¿Le importa eso al aficionado? Si a un degustador habitual de la tauromaquia le preguntaran si abogaría por la desaparición de su pasatiempo favorito a cambio de la vida de las próximas potenciales víctimas, dado que la muerte de toreros en el ruedo es un hecho estadístico, ¿qué creen ustedes que respondería? En efecto, lo más fácil es no hacerse la pregunta, así evitamos el dilema de tener que elegir entre la vida humana eventual y la diversión habitual.

No se trata de valorar la vida del torero, sino la vida humana en general. Antes o después caerá un diestro empitonado por un morlaco. El mundo del toro llorará, lo lamentará, pero a continuación volverá a programar la siguiente corrida. La estadística nos dice que tardará en ocurrir, pero ocurrirá, ya sea en un ruedo o en un encierro. ¿Son capaces los que defienden estos festejos de enfrentarse al hecho de que su diversión favorita le produce la muerte a personas, y que ellos alimentan esa dinámica? ¿Están facultados siquiera para plantearse algo como esto? ¿Acaso el divertimento de miles justifica pagar el precio de una sola vida, o es que la vida humana no les parece TAN importante?

lunes, 3 de octubre de 2011

La chapucera prohibición de los toros en Cataluña ya cosecha resultados

Otra vez los toros a la palestra. Y, fieles a la cita, ahí están los filetes que nos metemos entre pecho y espalda, o los huevos que nos zampamos, procedentes de granjas avícolas donde las gallinas apenas ven la luz del sol, como argumentos que, parece, nos quitan la razón a los que nos declaramos antitaurinos. Tanto da, como si fuésemos favorables al sufrimiento animal innecesario solo porque consumimos carne. Menuda chorrada infantiloide. España, por cierto, ha sido merecidamente expedientada hace poco por la Comisión Europea, precisamente por no minimizar este sufrimiento en el momento del sacrificio. Será que causar daño gratuito al animal no es algo demasiado bien visto por la Europa más ilustrada.

España, en muchos aspectos, es un país aún  por civilizar. Y que los antitaurinos tengamos que ser vegetarianos para justificar nuestra postura ya es de traca verbenera. Las granjas o los mataderos, para información de quien defiende tales sandeces, no se convierten en un espectáculo de masas en el que dejan entrar a críos, los mismos que luego no pueden ver pelis de Tarantino en el cine (que es ficción), y en los que se vende violencia, masacre y ensañamiento con el débil como algo ante lo que hay que insensibilizarse. Quien disfruta viendo torturar y matar a un animal SOLO porque es inferior y carece de las facultades para responder a las agresiones en la misma medida que las recibe es que tiene algo trastocado en su arquitectura moral.

Sin embargo, en lo tocante a la prohibición de los toros en Cataluña hay matices que no se pueden omitir, porque eso es no contar toda la verdad, o al menos no es contar todo lo que concierne al hecho en cuestión. No voy a repetir lo que ya escribí en julio de 2010, no creo que haga falta. Pero quizá sea menester recordárselo a algún antitaurino despistado que parece pensar que cualquier camino es bueno si se consigue el objetivo. Si a uno le esconden un detalle sobre un asunto, o una intencionalidad a la hora de juzgarlo, para con ello obtener una postura más partidaria, cuando lo descubres, al menos a mí es lo que me ocurre, te entra el cabreo de saberte engañado, de percatarte del juego partidario en el que te han metido. Y puedes acabar reaccionando justo en contra de los intereses que te han intentado reclutar. Es por eso por lo que hay que hacer un análisis GLOBAL del tema, sin omitir detalles y matices por miedo a no conseguir adhesiones tan incondicionales como se pretende.

Cuando se persigue una meta que queremos sea percibida como noble, lo que no podemos es guardarnos cartas en la manga. En el caso de la tauromaquia, se pueden hacer aportes que pongan de manifiesto los argumentos de las dos partes enfrentadas, de forma que sea el oyente/lector el que saque sus propias conclusiones, o solo los que cargan las tintas sobre una sola postura, como parece que algunos antitaurinos consideran pertinente. Lo considero un grave error. Si todas las consecuciones valiosas van a ser al precio de quedar marcadas por la hipocresía y las malas artes, crecerá la idea de que esa es una buena manera de proceder, de que el fin justifica los medios. Si aceptamos ese juego, antes o después encontraremos un oponente con ganas de jugar según las mismas reglas, pero cuya arbitrariedad ya no nos sea tan favorable. Seguro que entonces ya no nos parece tan bien.

Que nadie se equivoque. La culpa de este nuevo enfrentamiento ciudadano es de los partidos que, pudiendo prohibir también los correbous mientras se cargaban las corridas, decidieron protegerlos. Podían haber sugerido la celebración de corridas incruentas, como en Portugal, pero desde el principio su intención era suprimir los toros como algo representativo de España. Yo los aborrezco, me parecen algo propio de mentalidades medivales, pero la intencionalidad política en su abolición me parece algo poco sujeto a dudas. Celebro que desaparezcan, pero soy consciente de que no se trata solo de vencer, sino de convencer, y que la hipocresía política que rodea a este asunto solo enconará posturas y dificultará los puntos de encuentro, algo perjudicial para la extensión del debate al resto del Estado a medio plazo. Pero claro, al político nacionalista lo que pase fuera de Cataluña se la pela. Es nacionalismo, es antiespañolismo, aunque sea penoso que lo español se tenga que vincular con una aberración salvaje como la tauromaquia.

Salvaje, incivilizada e inhumana. No es algo aludido con frecuencia, pero con tal de mantener el morbo del espectáculo, dentro de la fiesta se asume alguna que otra baja entre los matadores de cuando en cuando. La muerte de toreros en la plaza es un hecho estadístico. Hace tiempo escuché a alguien decir, con todo desparpajo y absoluta normalidad, que uno de los alicientes de ir a ver a José Tomás era la posibilidad de que el toro se lo llevara por delante, habida cuenta del riesgo que asume en su forma de torear. El morbo de ver una muerte en directo. ¿Hay o no hay motivos para pensar que sea una idea razonablemente generalizada? ¿Es eso propio de una sociedad sana? Es lo mismo que el caso del tristemente famoso toro Ratón: cuanta más violencia desata y más víctimas se cobra, más sube su cotización y más expectación levanta.

Pero ni aún así. La semana pasada me ví envuelto en un debate toros sí/toros no, en el que se aludió al... sufrimiento de las verduras transgénicas. Según escuché, el proceso que sufren vuelve estériles sus semillas. Es de lo más absurdo y surrealista que he escuchado entre el argumentario protaurino, además de incierto. Aunque, de largo, mi argumento favorito es el del supuesto valor del diestro, ese sujeto que, por lo general, no suele ser un dechado de dotes intelectuales. ¿Se puede ser realmente valiente cuando ni siquiera se es medianamente inteligente?

martes, 26 de abril de 2011

Violencia gratuita al alcance de los niños


Hace casi dos años que hablé en este blog del toro Ratón. Comenté cómo el caché de este animal para las fiestas patronales subió como la espuma a raíz de la bravura que iba demostrando por calles y ruedos, bravura traducida en incidentes que llegó a acarrear alguna muerte así como heridos de diversa consideración. Dicho de otro modo, cuanta mayor era la violencia engendrada por “Ratón” más se pagaba por él y mayor era la expectación generada a su alrededor.

Esta aberración se sigue produciendo. En este cartel anunciador, fotografiado hace tres de días, se subraya la fama de Ratón y se sitúa como verdadero reclamo para el público. Al mismo tiempo, un vehículo recorre las calles del pueblo y anuncia el espectáculo a través de la megafonía, haciendo hincapié en la gratuidad de la entrada para los niños. Con suerte, Ratón cumplirá expectativas y los chavales que asistan a la plaza podrán ver a algún mozo salir con los pies por delante. Es lo que se espera de este toro, ¿no?


Al parecer, Ratón estaba al final de su vida útil, pero el año pasado volvió a la faena por aclamación popular. Y la Generalitat valenciana ofreciendo su apoyo para clonar al bicho. Nuevamente, las instituciones públicas convirtiéndose en salvaguarda del más sano folklore.

"Qué delicia oler a napalm por la mañana", decía el coronel Kilgore en Apocalypse Now. Aplicado a lo que nos ocupa, podríamos decir que "nada curte más el carácter que contemplar un buen cadáver a edad temprana". Todo sea por el mantenimiento de las tradiciones (¿o serán los negocios?). Uno se siente más tranquilo sabiendo que la España cavernícola vela por la educación moral y emocional de los más jóvenes y tiernos integrantes de la sociedad.

miércoles, 28 de julio de 2010

Hipocresía y cinismo en la prohibición de los toros en Cataluña

Supongo que hoy habrá un buen número de blogs y páginas web hablando de la votación del parlamento catalán acerca de prohibir las corridas de toros en Cataluña. No es política habitual de esta bitácora ser redundante y hacerme eco de lo que ya es objeto de análisis en tropecientos sitios, pero en esta ocasión no he podido resistirme.

Empezaré situando el debate en sus justos términos, o al menos en los que deberían ser para quien le muevan razones éticas en el asunto taurino: no es cuestión de "toros sí vs toros no", no nos confundamos. La dicotomía correcta es "maltrato animal si, maltrato animal no". Si, permítaseme la oportuna metáfora, se hubiera querido agarrar el toro por los cuernos, ese hubiera sido el punto y no otro, pero lamentablemente parece haber otros conflictos en disputa que han contaminado la sustancia de la iniciativa, si es que no era mercancía averiada ya desde un principio.

La Inicitiva Legislativa Popular (ILP) que ha desembocado en la votación producida en el parlamento de Cataluña ha sido la culminación de una gran una chapuza, si no algo peor. Eso sí, democráticamente impecable, todo hay que decirlo, siguiendo escrupolosamente los tiempos y procesos legales establecidos, pero viciada de inicio en su esencia. Porque lo que persigue la ILP no es erradicar el maltrato animal en Cataluña, sino únicamente abolir las corridas de toros, sin tocar ni por asomo otros espectáculos como los correbous, conocidos también como toros embolados. En esta, aparentemente, ejemplar tradición practicada en distintos puntos de Cataluña a las reses les ensartan bolas de fuego en los cuernos para después soltarlos y, presos del pánico, soltarlos despavoridos para disfrute de los mozos del lugar, que juegan al pilla-pilla con el astado. Edificante en grado sumo, ¿a qué sí?

Hay diputados, de CiU y ERC, principales artífices del resultado de la votación, que quieren prohibir las corridas de toros al tiempo que intentan blindar los correbous legislación mediante. ¿Acaso los correbous no implican el maltrato del animal? ¿Quizá la res se planta ella sola las bolas de fuego en sus astas, que considera gratificantes por el calorcito que dan, para goce general de la muchedumbre? Argumentan sus defensores -y detractores de las corridas de toros- que están en contra de espectáculos que terminen con la muerte del toro, ergo si el astado no muere, la función ya sería de su grado, ¿no? ¿Por qué no han manejado la opción de portugalizar las corridas de toros, ya que en el país vecino las corridas acaban con el bicho saliendo por su propio pie, en lugar de apostar directamente por su prohibición? Y si ya no se parte del concepto de maltrato para condenar la tauromaquia sino del de muerte, entonces, ¿es admisible para ellos torturar al animal en un coso pero con el cuidado de no matarlo? Ignoro la respuesta de estos diputados, pero cuando se pierde la coherencia ya no se puede esperar honestidad intelectual.

En 1991 una iniciativa similar tuvo como consecuencia la abolición de las corridas de toros en las Islas Canarias. Pero no fue una maniobra para condenar a muerte los espectáculos taurinos sino una ley general de protección de los animales. Ese es el camino correcto, aunque en Canarias se dejaron en el tintero las peleas de gallos. Lo de Cataluña, y lo digo como defensor de legislar para impedir el maltrato impune a seres inferiores para divertimento cruel de unos descerebrados, es otra cosa, y bastante peor. No se puede hacer pedagogía social desde una posición tan acusadamente hipócrita. La ILP puede acabar suponiendo una seria estocada a la credibilidad del movimiento antitaurino, entendido este como parte de una corriente de pensamiento que intenta moverse dentro de marcados principios éticos y contribuir al progreso moral de la sociedad buscando erradicar prácticas indignas de seres humanos pensantes. Por ello, y como antitaurino que me declaro, como alguien contrario al martirio de animales para diversión del populacho pero que intenta mantener una posición de coherencia, abomino de lo ocurrido ayer en el parlamento catalán.

Esto se ha hecho mal, muy mal, y el cinismo con que se ha llevado va a terminar levantando ampollas. O se es congruente con el discurso de la dignidad y contrario el maltrato animal y lo prohibes TODO (salvo aquello que persiga un bien más elevado como la experimentación con ratas de laboratorio con fines médicos) o entonces se está cayendo en un enorme absurdo y se da pie a que cunda la sospecha, como está ocurriendo, de que hay más motivos identitarios y políticos que éticos detrás de toda esta jarana. Y se lo habrán ganado a pulso.

viernes, 16 de julio de 2010

Los toros y el argumento del valor

El mundial de fútbol y sus postreros festejos ha eclipsado en gran medida otro de los eventos por excelencia del mes de julio en España, como son las fiestas de San Fermín. No es ello un obstáculo para volver a hablar de toros, en esta ocasión a rebufo de uno de los argumentos que algunos protaurinos suelen blandir para defender ese festejo sangriento y cruel que tanto les apasiona y enardece, y es el argumento del valor.

Algunos de esos protaurinos que conozco vienen a decir que ser torero implica una valentía intrínseca que no se puede menospreciar, más bien al contrario, y que ponerse frente a un bicharraco de 600 kg no es algo de lo que muchos seamos capaces (por fortuna, añado). Huelga decir que tal razonamiento ni suma ni resta, es una simple observación que, como me propongo demostrar, no tiene la menor utilidad para juzgar si media hora torturando a un animal hasta la muerte para solaz de una muchedumbre es o no propio de seres civilizados y pensantes.

Para ello recurriré a una analogía que muchos considerarán políticamente incorrecta, cuando no de mal gusto o incluso ofensiva, pero pienso que perfectamente válida para lo que intento explicar. Un terrorista que ejecuta un atentado asestando un tiro en la nuca a su víctima en la vía pública también requiere de una buena dosis de valor. La semejanza existe y, desde su punto de vista, el valor del terrorista reside en la exposición a que le ocurra algo para él indeseado, como es ser atrapado y, como consecuencia de ello, pasar un buen número de años en prisión. Insisto, desde su visión subjetiva, hay necesidad de hacer acopio de valor del mismo modo que, desde la visión subjetiva del torero, es indispensable una gran audacia y valentía para enfrentarse a una res que puede llevarle por delante como a un monigote.

Como a más de uno le habrá disgustado la comparación, que en modo alguno persigue poner en el mismo plano a toreros y terroristas (tengo más que claro este punto, así que espero que nadie le busque tres pies al gato), vayamos con otra analogía menos hiriente. Porque si hablamos de valor como sinónimo de exposición al riesgo, entonces un conductor kamikaze que enfila una autovía por uno de sus carriles en sentido contrario también es valiente; lo mismo pasa con un individuo que dispare un arma, apuntando a su cabeza con una sola bala en la recámara, tras hacer girar el tambor; y el mismo caso sería el de un sujeto saltando sobre la vía justo al paso del tren. En estos tres supuestos, seguro que el calificativo que nos viene a la cabeza para describir tales comportamientos no es el de “valiente”, sino uno mucho menos benévolo. Entonces, ¿por qué en el caso del torero sí es un argumento en su defensa?

Sencillamente, el argumento del valor no es un argumento, no al menos para defender que un individuo de, por lo general, bajo nivel cultural e intelectual se ensañe con un animal manifiestamente inferior hasta matarlo, para divertimento de un hervidero de exaltados. Incluso, ese valor del que presumen se ve reducido por el concienzudo entrenamiento previo con que el diestro salta al ruedo, lo cual restaría pureza a esa valentía que, desde su propia óptica, la faena requiere.

Renunciar a ese adiestramiento sería una temeridad, se me podría replicar, cuando no una estupidez. Pero entonces ¿a un conductor kamikaze le basta con practicar lo suficiente para dejar de ser considerado un insensato? ¿Durante cuanto tiempo hay que entrenar saltando frente al tren para que te consideren un valiente y no un inconsciente? ¿Un minucioso análisis probabilístico acerca del número de veces que te puede tocar la recámara cargada convierte al peligroso juego de la ruleta rusa en un noble arte? Para mí, todo entra en el mismo lote.

lunes, 24 de mayo de 2010

Violencia, toros, televisión y responsabilidad

Estoy viendo en la red a gente que se queja de lo fácil que lo han puesto en los medios generalistas para ver la terrible cornada que sufrió el torero Julio Aparicio y cuyas imágenes no pienso reproducir. Personas que, sin desearlo ni ser advertidos, han tenido que tragar con las impactantes imágenes del matarife de luces convertido en una banderilla (sin vinagre) mientras degustan su almuerzo o su cena acompañados por sus hijos. Confieso que tengo sentimientos encontrados acerca de este tema.

Durante la guerra de Irak hubo algún periódico, como El Mundo, que publicó en portada
fotos de niños víctimas de los bombardeos, imágenes que resultaban muy duras. Se levantó el mismo debate que ahora percibo con la emisión/publicación de la cornada, y las posiciones se divídían entre quienes negaban la necesidad de publicar escenas tan explícitas y quienes veían en ellas motivo de interés periodístico (o puro morbo y sensacionalismo, que en España viene a ser la misma cosa).

Pero había una tercera vía, y era la de quienes opinaban que las imágenes eran necesarias para que
el impacto de su visionado actuara a modo de “vacuna”, la gente cobrara conciencia de lo que entraña una guerra y se lo pensara dos veces antes de mostrarse proclive a apoyarla. Me parece una línea de opinión cuando menos interesante. Al igual que la imagen terrible de lo que una bomba de racimo puede causarle a un cuerpo humano, si al ciudadano despreocupado le escupen a la cara en mitad de la sopa la estampa del torero ensartado quizá sea un modo de sacudir su conciencia y hacerle entender la cruel violencia que realmente conlleva la “fiesta”. No es esta la intención de los medios, pero si podría ser una consecuencia no poco deseable.

Se me prodría replicar que lo verdaderamente grave es la emisión de esas imágenes en horario infantil, dado el potencialmente elevado número de niños sentados frente al televisor durante esa franja horaria.
Un niño procesa ese tipo de cosas de forma distinta a un adulto y su mente es más vulnerable a determinados estímulos, de los que debería ser protegido. Las administraciones no lo hacen a la vista de la impunidad con que se sigue vulnerando la normativa audovisual, pero su inacción no es motivo para que los padres renuncien a la autoregulación. Impedir a los niños ver la tele a según qué horas y en según qué cadenas es una obligación educativa a la que no se debe renunciar, porque a día de hoy no hay ni puede haber padre ni madre ignorante de lo que sus hijos pueden llegar a ver en la caja tonta si dimiten de su responsabilidad.

No me gusta ponerme como ejemplo de nada, pero en mi casa no hemos visto la cornada por televisión ni en portada de ningún diario. Nos enteramos de sus pormenores a través de una página web de noticias en la que se explicaba someramente lo que había ocurrido, sin imágenes.
Tuve que buscar en Google para tener constancia visual; la vi porque la busqué, no porque me la arrojaran a traición sobre la mesa mientras almorzaba o porque no pude evitar verla al pasar junto a un kiosco. Quien no quiera exponerse a este tipo de violencia visual lo tiene fácil, existen formas de eludirla pero hay que tener interés en hacerlo. Basta con dejar de ver una televisión que solo persigue embrutecernos y negarse a consumir prensa únicamente interesada en manipularnos.

Como ya dije en
una entrada reciente, hay que conocer del tipo de periodismo que se practica en España y actuar en consecuencia. Somos nosotros los primeros que debemos tener el valor de aplicar en nuestra casa aquello que exigimos a los medios. Y todo pasa por negar nuestra atención a toda esa escoria. No es tan difícil.

sábado, 11 de julio de 2009

Encierros mortales sufragados con dinero público

El pasado viernes murió un joven de 27 años en el encierro del día de las fiestas de San Fermín. Nuevamente el debate sobre la peligrosidad en las fiestas populares está servido así que trataré de filtrarlo para quedarme con los argumentos que más respondan a criterios lógicos y racionales.

Correr delante de un toro es una actividad peligrosa, de eso no hay duda. Y entraña riesgos que pueden desembocar en desenlaces fatales. Pero también lo es practicar el montañismo, la espeleología o el submarinismo, y no parecen tener la mala prensa de los festejos taurinos. Los sanfermines son una fiesta y todo el que participa lo hace, en teoría, sabedor del riesgo que corre. En toda la historia de éste festejo han fallecido 15 personas, lo cual es ciertamente poco (la estadística de heridos y/o lisiados seguro que es mucho más larga), pero depende del punto de vista. Desde una óptica de salvaguarga de la integridad de las personas, el coste humano es mucho, ya que toda vida segada es una pérdida irreparable que lamentar. Ahora bien, parece que lo extendido es que un reducido número de muertes es una cantidad asumible si con ello preservamos la diversión de millones, pareciendo que el factor cantidad pesa más que el de calidad. Un defensor de la vida y del ser humano no debería tener dudas acerca de con cual argumento quedarse.

No pongo en duda el derecho de cada uno a exponer su vida a cualquier peligro. Cada uno es libre de hacer con su cuerpo lo que le venga en gana, aunque cabría preguntarse sobre el grado de responsablidad que es capaz de albergar una persona que juega a ruleta rusa o que tiene por afición saltar la vía justo al paso del tren, actividades ambas equiparables a ponerse delante de un animal de media tonelada, desbocado, asustado y armado con dos afilados estiletes. No obstante, es el mismo derecho que asiste a otras personas a incrementar sus probabilidades de morir prematuramente de cáncer fumando un cigarrillo tras otro, cosa aceptada socialmente sin el menor problema.

Así pues, desde el punto de vista de la seguridad, los encierros no son peores que subir un ocho mil, explorar una cueva a 150 metros de profundidad o pasearse sobre una moto a 250 km/h. Tampoco está en cuestión la libertad de las personas de arriesgar su vida siempre que con ello no dañen a terceros. Entonces, para los que no podemos evitar ver en los encierros un espectáculo decadente, bárbaro y troglodita ¿qué nos queda?

Tanto los sanfermines como cualquier encierro de menor entidad suelen celebrarse en el marco de las fiestas patronales, fiestas patrocinadas por el ayuntamiento del lugar. ¿Es lícito que desde las instituciones públicas se fomenten actividades lúdicas que supongan peligro para la salud de las personas? Puestos a arriesgar el pellejo, estúpidamente en mi opinión, que al menos quien elija ese modo de diversión se lo pague de su bolsillo. Me parece impresentable que con dinero público se sufraguen y patrocinen actos que ponen en peligro la integridad de la gente, por mucho que luego sean los propios ciudadanos quienes busquen atentar contra su propia seguridad. Tan impresentable como la existencia de una empresa pública de tabacos.

Pero éste es nuestro país. Como cantaban Mecano a principios de los 80, "cuanta más sangre cae más ovación". Y que siga la fiesta.

viernes, 1 de mayo de 2009

Sangre y morbo en los festejos taurinos

Hoy en televisión he visto algo que me ha dejado patidifuso. En un programa de esos autodenominados "de actualidad" han hablado de Ratón, un toro que se ha ganado la fama en el mundillo de los festejos taurinos debido a su extrema peligrosidad. Tanto me ha fascinado el asunto que he buscado por la red y he encontrado varios artículos, tres de los cuales (uno, dos y tres) me sirven para ilustrar ésta entrada.

Por lo visto, Ratón es un toro cotizado en todo encierro que se precie. ¿El motivo? Que es peligroso. Tanto que a sus astas ya le atribuyen varias víctimas mortales. Y ello, lejos de convertirle en un animal marcado para su desdicha, aumenta su caché llenando los bolsillos de su dueño. ¿Alguien imagina que el propietario de un pitbull se jactara públicamente del dinero que gana gracias a las agresiones de su mascota? Porque eso es lo que hace el dueño de Ratón.
"¿Sabes cuánto me daba uno que no deja de criticar a Ratón? Me lo cambiaba por 25 vacas, un tractor y un carro mezclador. Y, además, pasta. Y dije: ¡no! Lo feliz que me ha hecho este toro no lo cambio por nada. No tiene precio."
Lo feliz que le ha hecho este toro, dice. Supongo que tan feliz como la familia del hombre que murió en Puerto Sagunto hace tres años víctimas de sus cornadas. Pero no quiero hacer demagogia. Hay que admitir sin ambajes que el principal responsable de una cornada es el inconsciente que se pone al alcance de semejante bestia, pero no se puede eximir de responsabilidad a quien se lucra con el reguero de sangre que va dejando éste animal allá donde pasa. Ni, por descontado, al político que le paga para que intente lisiar a alguno de sus convecinos en las fiestas patronales.

El caso de Ratón dice mucho de ésta sociedad nuestra que acepta la violencia con enorme naturalidad cuando viene avalada por la tradición y el folklore.
"El público quiere violencia. Cuanta más gente pilla el animal, más famoso se hace. El Ratón no tiene nada especial, ha cogido a varios y a uno se lo ha cargado. El toro mata a uno y hace rico a su dueño. La cosa funciona así"
La cosa funciona así. El toro se cobra sus primeras víctimas; ello le da fama en el mundillo y se corre la voz; los organizadores de festejos quieren a Ratón en su pueblo el día de la patrona; su presencia supone un estímulo a los mozos que asisten en masa; la afluencia de público aumenta exponencialmente; gente de pueblos vecinos vendrá y hará gasto, lo cual repercute positivamente en la economía local; se produce la primera víctima mortal y, lejos de afectarle negativamente, la fama y el prestigio de Ratón crece reportando pingües beneficios a su dueño; no solo no se aparta a la res de calles y ruedos, sino que con cada cornada que arrea se paga más por contratarle. Ratón trae riqueza y diversión allá donde pisa, qué importan unos heridos o incluso algún que otro muerto. Se paga por la sangre que pueda derramar, por lo nutrido del rastro de heridos, cuando no cadáveres, que pueda dejar a su paso. Y si ésto no ocurre supone una decepción y se revela una inversión fallida. Para qué andarse con rodeos y justificaciones, es lo que el público quiere, por qué negárselo.

No se qué opinarán mis amables lectores, pero yo no puedo dejar de percibir algo terriblemente enfermizo y malsano en todo lo que rodea a éste asunto.

Cine de 2021 que ha pasado por estos ojos

A continuación dejo un listado de las películas de 2021 que han visto estos ojitos, junto con un enlace a la reseña que dejé en Filmaffinity...