martes, 4 de diciembre de 2012

El Atlético de Madrid como metáfora de Españistán


Los días previos al último derby madrileño entre el Atlético de Madrid y el Real Madrid noté a los aficionados colchoneros bastante crecidos. A algunos les advertí que llevan demasiado tiempo pasando por lo mismo; siempre piensan que este año sí, que por fin van a ganar al eterno rival, pero al final ocurre lo de siempre y terminan defraudados. Y al año siguiente vuelven a caer. No hay manera de que aprendan.

En cierto modo, el Atleti me parecen una suerte de metáfora del carácter español. Es un club que siempre está queriendo ser algo que en realidad nunca ha sido (un grande, una prima donna a nivel continental), y me da la impresión de que sus expectativas se encuentran generalmente por encima de sus capacidades. Sobredimensiona cualquier pequeño logro que le haga descollar un pelín y le gusta imaginarlo como el principio del apoteósico advenimiento que el destino le tiene reservado.

Cuando por una vez esa casa alcanza la gloria (recuerden el doblete de la era Jesús Gil) rápidamente resuelve que, a partir de ese momento, la tónica imperante será el triunfo y el éxito. Desdeña lo que fue su pasado y rápidamente adopta el comportamiento de un nuevo rico, de ahí que su caída resulte tan pavorosa (recuerden las dos temporaditas en segunda división). El retorno a su consustancial inanidad le reporta cierto grado de humildad que resulta ser más falsa que Judas, porque al abrigo del menor destello ya están de nuevo imaginándose protagonistas de hazañas para los que la realidad les demuestra no estar facultados.

Y vuelta a empezar. Perder la conciencia de lo que se es, sea uno modesto, mediocre o lo que cada cual estime pertinente, supone el principio del desastre. Y eso le pasa tanto al Atleti como a Españistán.

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