“La fe solo es hambre, la razón es comida”. Sam Harris, El fin de la fe.En las diferentes sociedades se encuentran enraizados distintos tipos de creencias. A los que cuentan con mayor número de seguidores se les llama religión, son objeto de privilegios institucionales e incluso hay países con una arquitectura legal y moral articulada en torno a ellos. Luego hay otros cuerpos de creencias, minoritarios, testimoniales acaso, pero determinantes a la hora de mostrar el particular esquema de pensamiento de quienes los profesan. Están muy extendidos pese a que no se visualizan en forma de conglomerados humanos con prácticas más o menos pintorescas.
Estoy hablando de los sistemas de creencias personales, que pueden tener o no que ver con las religiones institucionalizadas, pero que precisan las mismas dosis de credulidad y afán por la obtención de respuestas que cualquier doctrina basada en la fe.
Es frecuente que compartamos espacio vital con personas que creen en pseudociencias como el Reiki, la ufología, la astrología, el tarot o el Feng Shui. Hablamos de individuos que por lo demás son comunes y corrientes, nada de locos. Gente normal que no representa el menor peligro para sus convecinos ni para la sociedad en su conjunto. Aún así, no es raro que estas personas, cuando algún escéptico les señala lo irracional de sus creencias, se tomen la observación como un ataque, una ofensa o una intromisión en su esfera personal. Y acostumbren a zanjar la cuestión apelando a la libertad de cada de tener la creencia que más le guste. Quiero aportar argumentos que demuestren por qué este modo de pensar es dañino para la sociedad. Que antes o después, en uno u otro ámbito, cualquiera puede verse afectado por la extensión del pensamiento mágico e irracional y que su difusión no debe ser algo que debamos pasar por alto.
Empecemos por admitir que otorgarle credibilidad a la astrología, al tarot o a las medicinas de la nueva era no dice mucho de la capacidad crítica del creyente. Esta facultad no se ejercita sola y nuestro sistema educativo tampoco es que dedique esfuerzos desmesurados a entrenar las facultades críticas. El escepticismo no ha estado bien visto durante mucho tiempo, siendo que la influencia de la fe dogmática religiosa (la católica en el caso español, y hasta hace solo unas pocas décadas) ha amordazado durante siglos, cuando no neutralizado violenta y cruelmente, cualquier indicio de libre pensamiento. Ante semejante antecedente histórico poco podemos extrañarnos de las realidades actuales.
El influjo religioso, que tan eficazmente se implantó en nuestro país, posiblemente sea responsable de que aún perviva la tendencia a creer sin necesidad de pruebas. ¿Es cierto que esas creencias son tan inocuas como aparentan? ¿Qué nos importan a quienes no las profesamos? ¿Por qué emplear tiempo y energías en refutarlas? Porque, y que nadie dude de esto, estamos hablando de fe en tanto creer en algo sin evidencias que lo sustenten.
Directamente no es algo que afecte a un escéptico más allá de producirle una punzada de vergüenza ajena, pero indirectamente la cosa cambia. Vivimos en comunidad, y en una sociedad regida por preceptos democráticos (que se cumplen desigualmente, pero eso es otra guerra) que invita a la participación colectiva en numerosos escenarios públicos. La cuestión es que la ausencia de crítica, la asunción del pensamiento mágico como parte de un esquema de razonamiento y la no exigencia de pruebas que respalden una afirmación en asuntos tan relevantes como la salud o la moral acotan, como señalaba en el primer párrafo, toda una manera de enfrentarse a las realidades cotidianas. Resumiendo, conforman una actitud, y si no somos precavidos en campos carentes de importancia corremos más riesgo de que también nos la cuelen en otras disciplinas que sí son importantes.
Como decía, podemos encontrarnos con toda clase de gente en las más variadas circunstancias. Si alguna vez tuviera que enfrentarme al trance de ser juzgado en un tribunal, considerándome yo inocente, me ofrecería más garantías un jurado popular compuesto por ciudadanos con demostradas facultades criticas, capaces de observar las pruebas a mi favor y en mi contra con la mayor objetividad posible, que otro en el que la aceptación de supuestos basados en pruebas endebles les lleve a conclusiones taxativas. No dudo que esto sea algo deseable para una sociedad que se pretenda saludable. Desde cualquier punto de vista, es preferible que enviar a un acusado a la cárcel o mandarle a su casa esté en manos de mentes entrenadas para emitir juicios basados en evidencias y no en las acostumbradas a plegarse ante el prejuicio.
De la misma forma, el argumento sirve para otros contextos sociales de lo más prosaico. Quien más quien menos forma parte de una comunidad de vecinos, otro espacio colectivo en el que la estrechez mental puede derivar en conflictos desagradables. Que en una asociación de propietarios haya mayoría de miembros capaces de juicios ponderados y racionales, fuera del apasionamiento que conlleva la creencia, supone mayor garantía de ver reducidos los problemas que si se da la circunstancia contraria. Los consejos escolares de los centros de enseñanza, formados por profesores y padres de alumnos, son otro ejemplo de espacios donde confluyen diferentes perspectivas vitales, y que también se pueden ver beneficiados si en su seno no abunda la práctica de aceptar proposiciones no demostradas.
Pero podemos apelar a instancias más elevadas. En toda democracia cada ciudadano mayor de edad tiene derecho al voto, salvo contadas excepciones. El debate político lleva algún tiempo enfangado en una diatriba de consignas que poco se distingue de la propaganda pura y dura. Reconozcamos que alguien propenso a la creencia fácil e indemostrada está peor preparado para detectar las trampas del discurso político. Por tanto, no creo descabellado afirmar que quien es más proclive a ceder ante la tentación de la creencia se tomará los mensajes emitidos por los políticos con una actitud menos crítica y más crédula. Cuando unos resultados electorales determinan las políticas que afectarán a millones de ciudadanos, incluidos ud. y yo, resulta necesario, a mi juicio, poner este debate sobre la mesa. Ojo, no estoy instando de soslayo a retirar el derecho al voto a nadie, solo expongo lo que, en mi opinión, ocurre al prescindir de nuestras facultades críticas, y cómo puede incidir más allá del propio crédulo.
Así que no, no es solo el problema de quien decide creer majaderías. Cuando una sociedad se empobrece lo hace empezando por uno solo de sus miembros, igual que una bola de nieve gigante comienza con un solo copo.
El ser humano siempre ha necesitado de certezas para caminar por el mundo, y la creencia le proporciona esa certeza. La duda es fuente de inseguridad, es incómoda y puede conducir a la infelicidad. La creencia procura consuelo y la promesa de dominar la situación. Carl Sagan ya se refirió en su día al escepticismo como una “carga” por la cantidad de implicaciones intelectuales que trae consigo. Pensar cuesta esfuerzo, creer no cuesta nada. Cultivemos, pues, la cultura del esfuerzo.


