Uno de los aspectos que más perplejo me dejan es que esas terribles acusaciones parten de un sector social con escasa tendencia a aplicar ese mismo rasero a su espectro ideológico. Ese discurso es el mismo que convertiría a Zapatero en responsable de la muerte tanto de soldados españoles en Afganistán como de civiles afganos. O de cualquier otra eventual acción perpetrada por el yihadismo radical en suelo español, desde el momento es que los integristas exigieron la salida de fuerzas aliadas de aquel país. ¿Están quienes se ceban con Aznar dispuestos a firmar semejante cosa?
No perdamos la perspectiva. Los atentados sólo tienen unos culpables, y son sus autores. Luego podemos entrar en análisis acerca de las circunstancias y los contextos para entender, que no justificar, los actos terroristas. Pero no con el objetivo de culpar, llevados por nuestros prejuicios, a quien no ha puesto las bombas. No olvidemos que ese juego malabar convierte al 11-M, además, en una respuesta legítima del castigado pueblo musulmán en Oriente Medio. Pero no del ciudadano medio que sufre los rigores de la guerra, sino de las fanatizadas castas que posibilitan la pervivencia allí de teocracias medievales que agreden a diario las libertades más básicas. Y a los perpetradores de la masacre en representantes igualmente legítimos de millones de personas que, en modo alguno, les han designado para encarnar su pensamiento por el mundo.
Otro caso que me viene a la mente es el del atentado de ETA contra el Hipercor de Barcelona en 1987. Pese a que fue reconocida judicialmente la deficiente actuación policial, nada de aquella masacre se hubiera producido de no ser por la intención criminal de la banda terrorista vasca. El imprevisto, la negligencia y el error son supuestos que planean sobre cada acción humana y su presencia en nada resta tinte criminal a los execrables actos terroristas. Hay que huir del trincherismo y evitar caer en esa trampa sólo porque con ello sentimos acreditadas nuestras posturas previas.

