lunes, 1 de febrero de 2016

Sobre Europa y los derechos de los refugiados

En el Mar Egeo están muriendo personas que huyen de la guerra. Familias con niños tratan de llegar a la costa griega desde Turquía y demasiados terminan ahogados, niños, mujeres, hombres. Es un goteo incesante que parece hacerse llevadero hasta que vemos las imágenes de sus cadáveres sobre las playas griegas y turcas. Verlos es ponernos frente al horror de la desesperación, de la muerte de inocentes que solo buscan escapar de la barbarie.

Los refugiados sirios, afganos e iraquíes miran a Europa como la solución última a la hecatombre en que la guerra ha convertido sus vidas. No puedo culparles por su desconocimiento de la situación que se vive en el Occidente europeo. Aquí no se les quiere, pese a las pancartas bienintencionadas o los llamamientos a la concordia. Nadie quiere, en ningún país, hacerse cargo de un número significativo de refugiados. Y la manera más eficaz y menos comprometida que los gobiernos europeos han hallado de evitar la acogida de refugiados es no hacer nada por ellos. Dejar que, poco a poco, el mar se los vaya tragando, o que el invierno de los racistas países del Este los derrote y los acabe diezmando dramáticamente.

La indigencia moral de Europa

Vivir en Europa es un bochorno diario hoy en día. Sus gobiernos saben que los refugiados mueren a diario, pero, inventándose peregrinas excusas ligadas al terrorismo, no dan los pasos que serían necesarios para aliviar la tragedia. Les basta con apartar la vista cada vez que les muestren la fotografía de un niño ahogado en una playa, o aterido de frío mientras cruza una carretera nevada. La humanidad y el humanismo europeo han muerto aplastados bajo el miedo xenófobo a lo distinto. Donde yo veo familias al borde de la catástrofe humana ellos solo ven musulmanes susceptibles de desestabilizar sociedades. Donde yo veo niños implorando ayuda ellos solo ven consumidores de valiosos recursos.

Una Europa arrasada se vio beneficiada del plan Marshall tras la II Guerra Mundial, pero nadie parece recordar el estado de necesidad que entonces sufrió el viejo continente. En España sufrimos el exilio también debido a la guerra, y muchos exiliados disfrutaron de la generosidad de que les brindaron otros países. No parece que estemos dispuestos a tratar a otros de esa forma, nuestra clase política lleva demasiado tiempo robando como para destinar recursos a unos pobres diablos que, además, provienen de una cultura potencialmente conflictiva.

Especial vergüenza me produce también lo de Europa del Este, hasta hace bien poco exportadora de inmigración con destino a Occidente. Deberíamos haber dispensado a inmigrantes húngaros o polacos el mismo trato que ahora ellos dan a los refugiados de medio Oriente. Esto es algo que no se va a olvidar. La historia es una ruleta que da vueltas y las situaciones pueden repetirse antes de que uno lo sospeche. Me temo, y espero equivocarme, que habrá quien lo compruebe a la vuelta de unos años.

El humanismo laico como protagonista

¿Por qué Europa reniega de la responsabilidad que, como territorio donde reinan (presuntamente) el estado de derecho y la defensa de los derechos humanos, tiene frente a una desgracia de semejante magnitud? Lo dije antes: por miedo. Miedo a una desmesurada penetración de una cultura no ya distinta, sino rival. Porque así es como se la percibe, como la competencia del cristianismo cultural que predomina en la práctica totalidad del continente europeo. También lo dije antes: no vemos personas, ni familias, ni niños. Vemos una amenaza, eventuales enemigos con los que, antes o después, tendremos que rivalizar.

No es lo que queremos. Se tolera la emigración actual porque se mueve en unas cifras manejables y ha venido poco a poco. Lo de ahora es abrir las puertas de par en par a ¿unos pocos cientos? Demasiado explícito, es como dejar entrar al caballo de Troya a sabiendas. Esa es la percepción, y mucha culpa de ella la tienen unos estados incapaces de hacer cumplir sus propias leyes ni de construir una identidad común sobre unos pilares morales en los que todos nos podamos ver representados.

Si Europa estuviera sustentada en unos principios humanistas laicos sólidos, basados en el respeto inequívoco a los Derechos Humanos y con el ser humano como centro neurálgico, no estaríamos ante este debate. No me estaría preguntando por qué parece tan difícil compatibilizar unas cuotas esenciales de humanidad con la firmeza en la aplicación de determinados principios y reglas. ¿Por qué es impensable que un Estado le diga a un inmigrante musulmán que tiene la puerta abierta para venir pero que debe reducir su religión al ámbito privado? Muy sencillo: porque sería decirle lo contrario de lo que ese inmigrante luego verá que que ocurre a su alrededor. Si queremos que acaten una reglas primero las debe acatar quien que las impone. Siendo hipócritas solo logramos recelo, desconfianza y obstinación.

Derechos pero también obligaciones

Parecen discursos antagónicos pero no lo son. Se puede tener un comportamiento digno de humanos solidarios con el prójimo y, a la vez, exigir el cumplimiento de unas normas de convivencia básicas en caso de producirse una acogida. Y cuando digo exigir me refiero a no dejar lugar a la alternativa. Lo más parecido a lo que tengo en mente es el modelo republicano laico francés, que configura un marco de convivencia más o menos inequívoco. Es perfectamente compatible la tolerancia y el respeto hacia el distinto con la exigencia de respeto al marco común del lugar de acogida. Pero debe existir una firmeza de convicciones, y saber transmitir que estas no son negociables.

Ante lo que está pasando con el drama de los refugiados, tengo claras mis prioridades: las personas inocentes que huyen de la guerra. Lo cual no es óbice para que desatienda los lógicos desencuentros que entraña todo choque de culturas. Déjenlos pasar, envíen aviones, barcos, lo que haga falta para paliar tan lacerante debacle humana. Acojámoslos, pero antes de que pongan un pie dentro de nuestras fronteras dejémosles bien claro a donde vienen, cuáles son sus derechos pero también cuáles sus obligaciones. La puerta siempre estará abierta para quien no acepte el trato. O para quien lo rompa. Nadie habla de una oferta incondicional y cada acto impropio tendría sus consecuencias. ¿Es un planteamiento tan difícil de llevar a la práctica?

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