miércoles, 2 de septiembre de 2009

Estado vs anarcocapitalismo

En el blog de Snake se ha producido un interesante debate acerca de si la solidaridad debe ser exclusivamente voluntaria o ha de ser compelida desde instituciones supraindividuales, esto es, estatales. La cosa ha derivado una discusión (cordial) entre lo de bueno que traería (supuestamente, ya que aún no se ha llevado a la práctica en ningún país del mundo) un sistema anarcocapitalista frente a lo pernicioso de la injerencia del Estado en las decisiones individuales.

El anarcocapitalismo consiste en la supresión absoluta (o casi) del Estado, dejando a empresas privada la gestión de toda clase de servicios, desde la sanidad hasta la educación pasando por la justicia o la seguridad. Para los anarcocapitalistas (en adelante, AC) eliminar cortapisas legales que inhiban la iniciativa privada es la mejor vacuna para garantizar servicios de calidad y altas prestaciones, ya que se estimula la competencia y ello redunda en bajadas de precios y oferta más variada y numerosa.

Como ya he dicho, todo esto solo es teoría. No es algo que la experiencia pueda demostrar, así que las reservas son más que razonables a la hora de juzgar la presunta bondad del AC.

La primera objeción que se me ocurre está referida a cómo afectaría la aplicación del AC a la concepción de país que todos manejamos. Triturar de ese modo el Estado pienso que llevaría a descohesionar la nación (cualquiera que sea), ya que si ante todo prima el individualismo hasta ese extremo no se que elemento aglutinador iba a quedar para garantizar la no disgregación. No entro a juzgar si esto sería bueno o malo, pero sospecho que no es lo que AC y ultraliberales persiguen.

Por descohesión entiendo lo siguiente: cuando en una comunidad amplia de personas existe tal grado de desvinculación mutua como el que, entiendo, se daría en una sociedad AC como la propuesta (supresión de facto del Estado y vía libre a la iniciativa privada como única alternativa de obtención de servicios básicos), el desapego derivado de la ausencia de instituciones cohesionantes desembocaría con el tiempo en la ruptura de los lazos que hoy unen a las personas, los rasgos comunes que las identifican como partes de un todo. Sin una sanidad, una justicia, una educación común, una “cosa pública” en definitiva, de la que todos nos sintamos parte y de la que al menos percibamos un mínimo desvelo por nuestros intereses, ¿qué elemento queda para mantener la cohesión ciudadana de un país? Ni siquiera en los USA, paradigma del liberalismo para algunos, se han atrevido a llegar a tanto.

Bueno, en realidad queda algo: los rasgos culturales, pero ¿acaso puede un anarcocapitalista apelar a los valores culturales nacidos en gran medida de esa imposición que juzga tan dañina? Es un asidero muy endeble a mi entender. La cultura no significa nada al lado de los intereses personales. En la práctica, en el mundo real, los intereses personales quedan muy por encima de cualquier atributo cultural, y no hay problema en desechar éste para potenciar aquellos. Pienso que sólo una cultura cerrada, fuertemente identitaria y/o etnicista podría permanecer inmune al golpe del AC, pero creo que ni así podría evitar el surgimiento de individuos tentados de traicionar su identidad cultural en pro de un mayor beneficio personal. Y una vez creado el precedente, ¿cuánto tardaría esa sociedad tan aparentemente monolítica en disgregarse?

Sobre privatizar servicios básicos, hablemos de la seguridad. Sólo diré una palabra: Blackwater. O lo que es lo mismo, crimen, abuso de poder y corrupción. Sin el control del Estado, aún con el cual se producen atrocidades, ¿de qué sería capaz un servicio de seguridad privado? Se podría replicar que en cuerpos policiales y militares estatales también se da el fenómeno de la corrupción y los daños colaterales. En efecto, se da, pero también se persigue y, por lo general, no es la norma sino la excepción. Sometidos al escrutinio de los poderes públicos éstos cuerpos tienen ante quien responder en caso de cometer excesos. Y no solo hablo del Gobierno de turno, sino de todo un parlamento poblado también por grupos de oposición política, mucho menos tendentes éstos a defender aquello de lo que, al fin y al cabo, no son responsable últimos.

Sobre el argumento del abaratamiento de precios y mayor calidad de servicio, raída por una libre competencia ajena a intromisiones, hay un factor que los AC no contemplan, y es que la demanda es y será siempre muy superior a la oferta, y de esto ya tenemos muestras hoy día. Cuando esto ocurre, en efecto, puede haber un abaratamiento de precios, pero tambiés de costes de producción y, por ende, una progresiva precariedad de servicios. Lo tenemos en el caso de determinado empresariado. Puede permitirse ofrecer sueldos de hambre en condiciones infrahumanas sabedora de que siempre habrá ingentes cantidades de personas necesitadas de trabajar en lo que sea para poder vivir. De la necesidad ajena hacen su virtud, pero siempre desde el punto de vista del beneficio económico, no de la calidad de servicio. Sin control estatal, ¿quién nos garantiza que no iba a convertirse en práctica generalizada?

En el mismo orden de cosas, si hablamos de sanidad miedo me da imaginar la llegada del AC cuando de la salud de las personas se trata. ¿Competencia en servicios sanitarios privados? Si hoy hablamos de trabajos basura, albergo pocas dudas de que llegaríamos a ver el nacimiento de la sanidad basura, y por extensión de la justicia basura, la seguridad basura o la educación basura. Lo tenemos a otro nivel en la TV, donde el concepto de televisión basura nace con la llegada de las privadas. ¿Queremos ver esto extendido a otros ámbitos mucho más vitales de nuestra vida? Tenemos el ejemplo yanki, donde las aseguradoras médicas tratan por todos los medios de no cubrir a sus clientes cuando el tratamiento resulta demasiado costoso. Cuando no puedes pagar, o no puedes afrontar meses de pleitos, sencillamente mueres.

Por último, cuestiono que ese individualismo extremo que proclama el AC sea inherente a la propia condición humana. El ser humano es un ser social, necesita relacionarse e interactuar con otros miembros de su especie. Aislarse en su individualismo del resto del mundo no me parece lo natural. A lo largo de la historia siempre ha necesitado construir y compartir espacios con sus semejantes. Nacemos y vivimos en comunidad nos guste o no, y pienso que en su inmensa mayoría a los seres humanos les gusta vivir de tal manera. El mundo que hoy conocemos así lo demuestra, pero para hacerlo hacen falta reglas y límites, y un Estado, con todos sus defectos (nadie dice que no se pueda depurar y mejorar), es el mejor garante inventado hasta la fecha para establecerlas y hacerlas respetar. ¿Que supone renuncias? De acuerdo, pero pienso que los beneficios superan a los costes.

La libertad individual es el paradigma que desde el ultraliberalismo y el AC (ignoro si es lo mismo) desearían ver imperante, pero en ningún lugar está escrito que todo deba sublimarse y supeditarse a él, por lo que calificar al Estado de “ilegítimo” es una salida de pata de banco que sólo sirve para justificar un prejuicio ideológico. Tanto como tomar la postura contraria de entrada y sin razonamiento que lo avale.

4 comentarios:

  1. Estos libertarianos a mí me parecen una banda irresponsable, como poco.
    Su visión del mundo es todo lo contrario de cuanto creo y que lleva 2000 años haciendo mejor la sociedad.

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  2. El ultraliberalismo plantea una contradicción imposible de resolver, y es que no puede prescindir del estado. Punto central de toda la argumentación de Flash de Cámara es el tremendo poder de los intereses particulares, y haciendo repaso de la historia se echa de ver que este postulado no admite discusión. Pero los intereses particulares necesitan un policía que los proteja o que al menos mantenga el orden.

    En un sistema de economía capitalista el estado no queda reducido a su mínima expresión. Todo lo contrario, se hace más fuerte por su estrecha colaboración con la gran empresa. Cualquier entidad estatal de nuestros días, por muy ultraliberal que sea, tiene más poder que las monarquías absolutas del Antiguo Régimen e incluso que los estados comunistas.

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  3. Flash, todavía no sé como se pueden juntar en una sola palabra anarquismo y capitalismo, es que no lo veo por ningún lado... No sé de quien es el invento, y la verdad, tampoco me importa.

    Yo siempre me he considerado, y me considero (aunque procuro ser realista) anarquista, aún así, no sabría de que modo conjurarlo con el capitalismo puesto que el primero me parece la negación del segundo, y viceversa.

    Para mi, el concepto ese es una nueva palabreja neocon para intentar vestirse de cordero...

    Saludos

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  4. El problema es la libertad, el estado el mayor enemigo, hablar del bien comun, es una manera de acer el mal entre todos contra uno, parasitos y depredadores nesecitan el estado, para vivir robando a quienes crean riqueza, y le llaman solidaridad social

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