sábado, 15 de enero de 2011

El nadador y Sukkwan island, el infierno interior

En la última semana he visto una película y he leído un libro que, con sus matices y diferencias, tratan el mismo tema: la soledad y el egoismo. A continuación voy a desvelar detalles esenciales de ambas obras, por lo que los interesados en su visionado o su lectura deberían abstenerse de continuar leyendo.

La película es El nadador, rodada en 1966 pero estrenada en 1968 y protagonizada por una estrella del Hollywood dorado, Burt Lancaster. Interpreta a Ned Merrill, habitante de una exclusiva zona residencial enclavada en un valle y que intenta regresar a su casa. El valle está salpicado de lujosas mansiones y todas ellas disponen de una piscina privada. La intención de Ned es volver nadando por todas ellas hasta llegar a su hogar. En su camino se encontrará con personas que le conocen y que reaccionarán en su presencia de muy diversa manera.

El libro es Sukkwan island, la primera novela del escritor norteamericano David Vann. En sus páginas nos encontramos a Jim, un padre que aparentemente desea recomponer la relación con su hijo adolescente Roy, para lo cual se lo lleva a vivir durante un año a una cabaña en la imaginaria isla Sukkwan, en la costa de Alaska. Una vez allí, la dificultad de la convivencia se hará patente, lo que unido a la influencia del aislamiento y el entorno hostil configurará una postal de pesadilla.



Repito, si no quieren ver destripados libro y película, no sigan leyendo.


En ambos casos, tenemos en el papel protagonista a un hombre, un padre, cuyos impulsos vitales le han llevado a vivir una vida al margen de todo convencionalismo. Pero que al mismo tiempo ha intentado gozar de los atributos que adornan a lo que solemos llamar vida convencional. Los dos intentan cabalgar a lomos de dos mundos contrapuestos desde la inmadurez, deseando el uno cuando están inmersos en el otro.


En El nadador Ned es un hedonista, un viva la vida hipócrita que intenta mantener una imagen respetable ante sus amigotes de clase alta, los cuales saben la verdad. No les importa, porque probablemente son iguales que él, es solo que Ned ha caído en desgracia. Ned no ha sido justo, ni honorable ni virtuoso, e incluso en ese mundo de apariencias en el que ha vivido hay quien ha sabido valorar como merece la ausencia de tales cualidades en su carácter. Ned navega de la desenfadada complicidad de sus primeros encuentros al progresivo desagrado que va levantando su sola presencia, lo que va aparejado a su declive físico. Finalmente se da de bruces con la realidad, de la forma más brutal que podría sufrir alguien como él.

Comprendemos que alguien que en principio nos despertaba simpatía, incluso empatía, con ese propósito de volver a casa nadando, dotado de cierta poesía e idealismo, remontando el particular río de su vida, no merece nuestra compasión. Ha estado viviendo una farsa, que ahora se torna trivial, centrada en el goce y la diversión y que se ha llevado su juventud, descuidando las cosas importantes: su familia, los amigos verdaderos, el sufrimiento de los seres queridos. Y cuando el espectador se percada no sabemos si lo hace también Ned; únicamente le vemos solo, completamente abandonado, a merced de los elementos, sin nadie que le ofrezca el más leve amparo. Pero sabemos que él se lo ha buscado, que es el resultado de su vida alegre, de su cortoplacismo, de su desmesurada vanidad (patético el modo en que interroga a la niñera sobre sus sentimientos hacia él). Ya no encuentra su sitio en ninguna parte, ni siquiera su casa en un lugar agradable al que retornar. El mundo le es extraño, ya que el mundo ha ido avanzando mientras él permanecía estático, imaginando que las bondades de la juventud eran eternas (palpable en la escena en la que se lesiona el pie). Y al final no tiene nada. Después de recorrer su vida descubre que no tiene nada ni a nadie, y que está preso de la soledad más absoluta, justo aquello de lo que, probablemente, intentó huir durante toda su vida.





Jim, el protagonista de Sukkwan island, es alguien profundamente egoísta cuya mayor inquietud en la vida es la búsqueda de su propio placer. Y disfrutar de su egoismo en compañía, ya que la soledad le aterra. Para ello se casa, tiene hijos, se separa y se vuelve a casar, pero sus bajos instintos son más fuertes que cualquier concepto que pudiera tener de lo que es correcto. Sus traiciones y faltas no cesan, de forma que ante la perspectiva de quedarse en la más absoluta soledad secuestra emocionalmente a su hijo para que pase un año encerrado con él en una isla, aislados, sin ningún otro contacto humano y presas de un entorno inclemente. Roy ama a su padre, a pesar de apenas conocerle, y le dedica su sacrificio accediendo a acompañarle, renunciando a huir de la isla cuando puede hacerlo y, finalmente, en el momento más dramático e impactante del relato, suicidándose.

Jim es consciente de qué tipo de ser humano es, del fracaso que su persona encarna, y la sola presencia de su hijo no hace más que recordárselo. Roy es íntegro, generoso, alguien que intenta ser de ayuda y hacer lo correcto. Jim sufre ante el patético ejemplo que representa para Roy, y este, consciente del padecimiento de su padre, decide quitarse de enmedio para liberarle de esa carga. Al principio Jim no lo entiende, pero libre de la presión que Roy suponía para él, consigue sobrevivir a solas, supera la prueba de la soledad y se las compone para no perecer en el duro invierno de Alaska. En el tramo final, por fin entiende la cadena de errores que ha supuesto su vida, cómo de tanto estar centrado en sí mismo ha descuidado, aquí también, lo importante. Hasta que ya es tarde y ya ni tiempo le queda para lamentarse.

Son éstas dos obras que llevan a la reflexión, al debate, incluso a la instrospección. En el caso de El nadador es cierto que algunos detalles de la película no lucen bien con el paso del tiempo, como determinados fragmentos de la banda sonora, ciertos detalles de montaje y algunas interpretaciones. Pero ello no desmerece el conjunto de la obra, ni mitiga la amargura que desprende.



De Sukkwan island tengo que decir que es un error esperar un climax que te estremezca. Devoré la novela hasta terminarla esperándolo y me quedé sin él, no lo había. La tensión y la tragedia se mascan en todo momento. Quizá haga falta una relectura para apreciarlo en toda su magnitud.

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