miércoles, 18 de enero de 2012

El fútbol gratis en televisión es crucial para la felicidad de los españoles

Hoy he disfrutado de otra de esas conversaciones en las que uno termina con los pelos convertidos en escarpias. El tema era el fútbol como objeto de interés social. La conversación dividió a los contertulios en defensores de la emisión de fútbol en la televisión pública de forma gratuita y quienes desaprobamos esta práctica. Para ser más claros, y por explicar mi postura, la TV estatal no debería pujar por obtener los derechos de retransmisión del fútbol profesional, no a los niveles en que se está moviendo en la actualidad. Frente a mí tenia a un par de elementos, muy futboleros ellos, que se indignaban ante la sola posibilidad de que dejara de emitirse fútbol en abierto. Hay que decir que a quien defiende esto le es indiferente la cadena que lo televise, pero el debate se centró en la TV pública, en lo que debemos considerar "servicio público" y si el balompié merece encuadrarse dentro de esa categoría.


Voy a permitirme presumir que hay mucha gente deseosa de que nunca haya que pagar por ver fútbol en televisón. Si se trata de la pública, yo estoy en contra. Las cadenas privadas que quieran emitirlo, una vez adquiridos los derechos de emisión, están en su derecho de hacerlo llegar a su audiencia de la manera que más les convenga, y yo ni entro ni salgo en ese aspecto. Pero a mi juicio una TV pública no debe competir con sus rivales privadas por un producto tan desorbitadamente caro, mucho menos aún si la situación de la tele estatal es deficitaria como así es. No en algo que, en el fondo, no es más que entretenimiento (y apósito para calmar penurias en según que individuos, pero no es por ahí por donde quiero ir). La TV pública debe cumplir un servicio que le marca su propio nombre: público. Es cierto que el fútbol gusta a una gran masa de gente, pero también el porno es algo con una gran número de seguidores y no se plantea emitirlo en La 1 después del Telediario.


No, los criterios que han de imperar en los contenidos de una TV pública han de ser amplios y elásticos, buscando satisfacer la demanda del mayor número de espectadores posible, pero no deben entrar a competir en el mismo terreno que las privadas. Estas últimas solo tienen un objetivo que es su viabilidad económica, su rentabilidad. La Televisión del Estado debe quedar al margen de la lucha por las audiencias y del objetivo económico por encima de todo. Esto, por descontado, no es incompatible con la búsqueda de unas cuentas saneadas y una audiencia amplia, pero nunca debe ser el principal leit motiv de una estructura audiovisual sostenida con el dinero de todos. En el momento en que esto se produzca, no merece la pena seguir manteniéndola.


Volviendo al tema, me da que la eliminación del fútbol en abierto no iba a ser demasiado bien aceptada por el común de los españoles. Es curioso que para este españolito medio el fútbol es muy importante, tanto como para rebelarse ante la posibilidad de tener que pagar por verlo, pero no lo suficiente como para costearlo de su bolsillo. Y es más, no solo rechazan la posibilidad del fútbol de pago en TV sino que su pretensión es que eso que tanto le gusta y que, por lo que se ve, tanto necesitan, se lo paguemos entre todos. Oiga usted, a mí me gusta Internet y, como lo considero que juega un papel importante en mi vida, me lo pago. ¿Por qué debemos costear los demás un entretenimiento particular tan oneroso para las arcas públicas? ¿Debería el Estado, ergo todos ustedes, abonar mi conexión a la red y, por tanto, mi ocio y entretenimiento?


La sanidad o la enseñanza estatales son elementos de éste estado social que todavía habitamos (vaya ud. a saber durante cuanto tiempo) con un beneficio público objetivo. Se me caen los empastes cuando oigo a alguien hablar del fútbol en televisión en términos equiparables a las necesidades más esenciales. Y me lleva a explicarme por qué aceptamos cada vez mayores retrocesos en nuestro estado del bienestar sin que las costuras de esta democracia de bajísimo perfil que sufrimos comiencen a saltar.

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