miércoles, 4 de febrero de 2009

Inconsciencia detrás de la hipoteca

Hoy en la edición digital de El Mundo me he encontrado con el relato de un parado en el que nos cuenta la angustia en la que vive. Está casado, tiene dos hijos -uno de ellos con discapacidad- y su mujer se encuentra en situación de precariedad laboral. No puede hacer frente a la hipoteca de su piso y la sombra del embargo le acecha. Su situación, tal y como la describe, es desespereda. Es un drama que, a juzgar por las últimas cifras del paro, se cobra cada día más víctimas y amenaza el devenir de miles y miles de familias.


Ahora bien, detengámonos en algunos aspectos del artículo que pueden pasar desapercibidos pero que tienen bastante contenido:
Daniel lleva siete meses sin poder pagar la letra de 1.150 euros a su entidad financiera y, ahora, amenazan con embargarle su humilde vivienda. Durante todo ese tiempo, este empleado de la construcción ha vivido con el agua al cuello, ya que tampoco podía cobrar el paro.
A ver si he leído bien: ¿1.150 euros de letra mensual? ¿Qué precio tenía el piso que adquirió? Porque yo conozco personas que tenían una letra de importe similar de resultas de comprar un piso cercano a los 480.000 euros (unos 80 millones de pesetas).


No quiero parecer insensible ante la angustia de éste ciudadano, pero tampoco creo que un análisis ponderado de la situación tenga que ceder ante los sentimentalismos. Al parecer, éste señor compró un piso que costaba MUCHO dinero sin que la simple posibilidad de una mala racha profesional acudiera a su cabeza. Se hipotecó hasta las cejas, posiblemente en virtud de una buena situación económica personal en aquel momento dando por sentado que el futuro sería fotocopia del presente.

Por cierto, y para apuntar en el debe del articulista, un piso que roza los 80 millones de pesetas no es una "humilde vivienda". Por ese precio tienes fácil 80 metros útiles con tres dormitorios y dos baños, piscina, garaje y trastero en bastantes zonas de Madrid. No es lo que yo denominaría como humilde, pero hablamos de El Mundo y de una tragedia personal partidistamente utilizable.


Más adelante, Daniel se queja de otras cosas:
"Si la empresa no me paga a mí, ¿cómo voy a pagar al banco? Les he reclamado una
prórroga de la hipoteca, pero me la deniegan. Le pido al presidente Zapatero que mire por las familias necesitadas, no por los bancos ni por los empresarios. Por su culpa nos hemos quedado en la calle y sin cobrar un euro", se queja desesperado.
No seré yo quien deje de criticar la inacción de Zapatero durante su primera legislatura. Lejos de apostar por un modelo distinto de desarrollo se apuntó al carro de la economía inmobiliaria esperando que, también, la época de prosperidad (ficticia, como se está demostrando) fuera indefinida y le permitiera ganar muchas elecciones. Pero también hay que reconocerle sensibilidad social en época de crisis, no recortando derechos adquiridos e incluso implantando otros nuevos nuevos con vistas a favorecer a la clase trabajadora. A diferencia de otros. Además, en nuestro estado autonómico las competencias de empleo están repartidas, por lo que achacar al gobierno central la exclusividad del aumento (o descenso) del paro (por no decir que éste buen hombre no parece haberse enterado de la crisis económica que azota al mundo entero) no es demasiado riguroso.


A continuación, Daniel hace autocrítica:
Si de algo se arrepiente en su vida este ecuatoriano es de haber firmado la dichosa hipoteca hace tres años: "Estamos esclavizados y presos para siempre. Cometí el error más grave de mi vida. Nosotros no entendemos y nos metimos a ciegas. ¡Imagínate!".
Vuelve a sonar insensible, pero éste hombre se estaba jugando los dineros y el sustento de su familia, por lo que tenía la obligación de saber dónde se metía y lo que implicaba comprar una casa con un dinero que no tenía. Posiblemente fue un inconsciente, embriagado por la bonanza económica de un momento puntual que imaginó eterno, y ahora paga el precio de su excesivo arrojo. Ya se que suena fatal, a juicio de valor hecho desde fuera, pero es algo que algunos veíamos previendo desde hace años, cosa de la que dejé constancia en ésta entrada del pasado mes de julio.


Yo hace años que me compré mi piso. Usado, pequeño y barato para como estaba el mercado. Preferí no arriesgar pensando en una más que posible inestabilidad laboral futura pese de que entonces no me iba mal. Yo tampoco entiendo de hipotecas, pero hay un par de cosas que sí tengo claras: 1) puedo prescindir perfectamente de piscina, pista de pádel, urbanización cerrada con portero físico y todas esas cosas que aparentan pertenencia a una clase social superior; 2) no puedo emplear el dinero que me da de comer en adquirir bienes por encima de mis posibilidades cuando ni siquiera lo tengo en el bolsillo. O al menos no todo.

1 comentario:

  1. Coincido contigo. Yo lo primero que hice hace ya 7 años cuando me compré el piso, fue aprenderme lo mejor que pude cómo funcionan las hipotecas para saber en qué me metía. No digo que sea un experto, pero desde luego no me metí a ciegas. Y no se puede decir que no haya información por ahí para enterarse: si este tipo no sabía dónde se metía, desde luego era culpa suya por no enterarse.
    Además, creo que lo primero que debe hacer una persona al contratar una hipoteca es tener un poquito de sentido común, y no comprometerse a una cuota superior a un 30% o 40% de sus ingresos. De este modo, te garantizas 1) que te queda dinero para vivir e incluso darte algún capricho y 2) que tienes un colchón por si vienen tiempos difíciles.
    Porque digo yo, ¿cómo puede alguien arriesgarse a pagar 1.500€ al mes con unos ingresos de 2.000€, como hay muchos casos por ahí? ¿Cómo puede alguien ponerse una hipoteca a 40 años y creer que nada va a ir mal en tantísimo tiempo? ¿Por qué la gente tiene tan poco claro hasta dónde puede llegar con su dinero?
    Al final se trata de lo mismo por lo que hay tanta gente que se compra un Audi, un BMW o un todoterreno de 50.000€, y luego lo deja aparcado 10 días al mes porque no le llega el dinero para gasolina. Nos hemos acostumbrado a tratar de aparentar que somos lo que no somos, e intentar parecer mejores que nuestros vecinos. Todo puta envidia azuzada por el consumismo.
    Si esta crisis sirve para darle un curita de humildad a más de uno, pues bienvenida sea.

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