viernes, 8 de abril de 2011

Lo que ven nuestros ojos no siempre es lo que percibe nuestro cerebro


Esta imagen que les ofrezco es una recreación casera de algo que la otra tarde vi en el suelo mientras caminaba por la calle. Representa lo que millones de adolescentes con picores han recreado en innumerables pupitres, puertas de retrete y toda superficie susceptible de ser pintada con bolígrafo o lápiz: unos genitales masculinos. Pero, ¿por qué lo que vemos ahí plasmada es la síntesis de unos genitales masculinos?

En aquel momento me surgieron reflexiones acerca de por qué vemos lo que vemos, qué nos lleva a hacer la interpretación del mundo a que estamos acostumbrados y la capacidad del cerebro humano de ver determinadas estampas bajo condiciones concretas. Y también que cuando uno tiene un blog que desea ver activo puede escribir en él partiendo de casi cualquier idea :-P

Pese a lo pueril que aparenta ser el asunto, es cierto que nos lleva a implicaciones más profundas de las que en un principio podría pensarse. El cerebro humano está entrenado para identificar lo que ve de forma que pueda relacionarlo con el mundo que le rodea. De tal modo, si durante los años de adolescencia cualquiera de ustedes ha visto o dibujado con frecuencia una representación sintética de los genitales masculinos como la que encabeza esta entrada, no es en absoluto extraño que la volvamos a ver en la caprichosa disposición en que una cinta elástica ha quedado sobre la acera.

Vayamos más lejos. Hay personas que piensan que todo lo que nos rodea está determinado por un propósito más elevado. Este sistema de creencias nos llevaría a pensar que la goma que vi en el suelo quedó en la forma en que podemos verla porque “alguien” o “algo” decidió que esa era la forma en que tenía que ser vista. Lo digo porque los partidarios del propósito intencionado niegan, por lo general, que exista el azar. Rechazan que el azar, o la ausencia de voluntad creadora, pueda estar detrás de la existencia de la vida y del cosmos, ya que lo ven tan complejo y “ordenado” que, por fuerza, algo o alguien ha debido ser el detonante, la causa primera.

Lo que yo pienso es que todo lo que vemos, la visión del mundo que tenemos, está determinado por cómo lo vemos. Si en la foto que acompaña al post vemos unos genitales masculinos es porque nuestra mente ha recibido un “entrenamiento” que nos lleva a verlos. Pensar que una mente maestra y todopoderosa haya dedicado tiempo y esfuerzo, por minúsculo que haya sido, en “colocar” la goma de forma que los transeúntes puedan identificar como la simplificación visual del paquete de un hombre suena absolutamente ridículo. Con toda probabilidad alguien arrojó al suelo o la dejó caer, y quizá luego fue pisada y arrastrada inconscientemente por otros peatones hasta alcanzar la forma en que finalmente la encontré. No hay nada que pudiera hacer sospechar que hubo un propósito.

Pues bien, eso que parece (que es) tan estúpido en relación a la goma peniforme se sustenta en el mismo principio lógico en el que se apoyan los postulantes de una creencia tan extendida como el creacionismo: se emiten explicaciones a posteriori basadas en la apariencia después de, por lo común, toda una vida bajo el influjo de un sistema de creencias concreto. El resultado no puede ser otro que veredictos encastillados en los prejuicios generados por ese sistema de creencias. Si desde pequeño tus figuras de autoridad (padres, maestros, tutores...) te dicen que creer en dios es bueno, tienes grandes posibilidades de convertirte en un adulto creyente, aunque jamás te hayan mostrado una sola prueba. Por esa misma razón vemos un pene y dos testículos en la imagen de arriba, porque hemos interiorizado la relación entre imagen simple y concepto complejo, y el aglutinante han sido nuestra joven y, en la mayoría de los casos, desenfadada, divertida y memorable etapa adolescente. O quizá también diversas manifestaciones de la cultura popular más barriobajera.

Extrapólese el caso que nos ocupa a la forma de las nubes, el relieve de una cordillera montañosa o la proporción geométrica existente en numerosas especies vegetales (dejando a un lado la adaptación al medio). El entrenamiento que haya tenido la mente del observador, así como su sistema de creencias, siendo que ambos han crecido uno al amparo del otro, será crucial en su modo de interpretar lo que ve.

Como digo, las personas tendemos a relacionar imágenes simples con conceptos complejos. Eso es algo que saben bien en el mundo de la publicidad y el márketing: es el fundamento de la creación de logotipos, imagen corporativa o señalética y se le llama iconicidad. Las agencias de publicidad tienen medios (encuestas, estudios de mercado...) de conocer las necesidades, los anhelos y las preferencias del público objetivo al que se quiere dirigir, de forma que sus creativos son capaces de idear mensajes a medida de cada target empleando para ello el grado de iconicidad de un objeto o de una combinación de ellos. La misma razón empuja a determinadas personas a ver caras donde solo hay manchas de humedad, encontrar imágenes divinas en los lugares más disparatados o vislumbrar conspiraciones debajo de cada piedraEste fenómeno tiene nombre y se conoce como pareidolia (aunque en el caso de las conspiraciones estaríamos hablando de apofenia) y está más extendido de lo que parece.

En buena lógica, la impresión que cada uno extraiga de una imagen abstracta se verá condicionada en gran medida por las influencias sufridas en las etapas mas sensibles del crecimiento y, por tanto, más proclives a asimilar toda clase de información. Hasta el punto de llegar a configurar certezas en las edades adultas.

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