viernes, 7 de septiembre de 2012

¿Es racismo todo lo que parece?

Hace poco me crucé con un grupo de chavales cerca de casa. Discutían en una de esas riñas de chicos (de unos doce años) que tantas veces se dan y dos chicas se terminaron alejando del resto del grupo. Una de ellas era de raza negra, y mientras se marchaba tuvo que escuchar la inevitable alusión a su color de piel, a lo que respondió en similares términos (“¡y tú blanco!”).

En seguida uno tiende a juzgar el hecho en clave racista, pero una valoración en ese sentido pienso que es precipitada si no se atienden las circunstancias particulares de cada caso. Hablamos de jóvenes que aún están creciendo, sin ideas claras sobre lo que supone el rechazo o la discriminación y carentes de la formación intelectual necesaria para comprender el alcance de mucho de lo que dicen.

Recordemos cuando éramos chavales. Siempre había un gordito o un flacucho, alguien con gafas o con muchos granos, con otra particularidad física o un apellido fuera de lo común que le convertía en blanco de las burlas. Todos lo hemos vivido, en nuestras carnes, como acosadores o simples espectadores. A esas edades lo que no se perdona es destacar, ser distinto, tener algo que los demás no tienen. Se señala al diferente por el hecho de serlo, y se resalta la cualidad que lo diferencia como un modo de castigar, dañar y hacer sentir mal. No veo intenciones más profundas y este tipo de conflictos (casi) siempre se resuelven sin mayores consecuencias.

Sin embargo, cualquier alusión al tono de piel ya se concibe como una agresión racista, sin más. No creo que esto sea bueno, principalmente porque, pienso, no es cierto. Un adolescente temprano no está aún facultado para entender las implicaciones de un insulto racista. Por lo general solo quiere quedar por encima, superar al otro y, si puede, humillarle. Son cosas de niños que tampoco debieran ir más allá, somos los adultos los que atribuimos intencionalidades que no tienen por qué existir, los que trasladamos nuestros prejuicios a nuestros hijos, los que contaminamos su lenguaje.

Que un chaval llame “negro de mierda” a otro no debería preocuparnos más que si le llama “gordo asqueroso” por estar obeso o “cuatro ojos” por llevar gafas. Es natural (poco edificante, pero natural) este comportamiento entre la chavalería, lo ha sido siempre y no por ello existe un sentir “gordista” que promueva la discriminación por razón de peso. Son cosas que la edad acaba diluyendo. No me cabe duda que quien tiene compañer@s de otras razas en el colegio será más sensible a la problemática de la discriminación racial que cualquiera de sus padres. Aunque no lo parezca, estamos avanzando en ese aspecto.

Así que, por favor, no le demos más importancia que la que tiene. Ejerzamos de padres, de educadores o de simples ciudadanos con conciencia cívica, eduquemos conforme a una reglas básicas de respeto mutuo y no inventemos problemas raciales donde solo hay chiquilladas. De los adultos depende que no se conviertan en otra cosa.

1 comentario:

  1. Me encanta, simplemente genial! :) Gracias por escribir....

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