Va siendo hora de afrontar con entereza algunas realidades que, a mi juicio, caracterizan a éste nuestro país. Una de ellas es que si España no tiene remedio, como he afirmado otras veces, es algo que tenemos que agradecer a la fauna que lo habita. Uno se da cuenta cuando caza al vuelo determinadas conversaciones de ciudadanos anónimos acerca de temas de actualidad política o social. El típico sentenciar junto a la barra del bar, con chato de vino delante y palillo entre los dientes.
Ayer escuché una conversación a cuento del recorte practicado en las políticas de educación por la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid, y que tan airada protesta ha suscitado entre la comunidad educativa madrileña. Los dos contertulios de marras se mostraban furibundos contra el gremio de la enseñanza, a cuyos miembros tildaban, más o menos explícitamente, de vagos, mimados y privilegiados.
Los argumentos eran tan potentes como retrotraerse 20 o 30 años atrás y recordar que, en aquella época, los profesores lidiaban con aulas de 40 alumnos (justificando así el aumento de ratio de alumnos por clase) y mantenían su autoridad, siendo que ahora les toman por el pito del sereno (que debe ser culpa de los enseñantes). Que antes se encargaban de impartir diferentes asignaturas (no diferenciando entre maestro y profesor, of course), con la acumulación de horas que conlleva, sin afectar a su profesionalidad (ejem...) mientras que ahora la especialización resta más que sumar y, al parecer, es intrínsecamente mala.
Venían a sugerir que los colegios actuales son focos de delincuencia en los que las agresiones a docentes son práctica común. Por supuesto, el conocimiento de un solo caso les llevaba a generalizar, cosa que, parece, no es posible en el supuesto contrario. Los profesores, según esta conversación, no tienen nada más que hacer cuando terminan una clase ya que al haber uno por asignatura se tiran el resto del tiempo holgazaneando. Vivir de puta madre con cargo al presupuesto público y con unas vacaciones dignas de reyes fueron lugares comunes que también tuve la ocasión de oir. No se hizo mención alguna al tiempo destinado a la actividad no lectiva.
Llegados a un punto, decidí intervenir. Hablé de la preparación de clases, la corrección de exámenes, las clases de apoyo, las tutorías o la formación. Dio igual. Es algo que, al parecer, no existe, y lo que no existe no es merecedor de tiempo y esfuerzo. Llegué a escuchar que se puede opositar tanto a la enseñanza pública o a la privada (¡!), o que en la segunda se trabaja más ganando menos que en la primera (y hasta de un caso en el que, se dijo, alguien abandono la pública, después de cinco años opositando... para irse a la privada, ¡con ese panorama!). Así, como dogma de fe y sin mayores planteamientos ni demostraciones. En ese momento concluí que poco había que hacer ahí.
Un debate de altura, ¿eh? No me digan que no están impresionados. Es un ejemplo de desinformación, ignorancia y también, claro que sí, de ese sempiterno pecado capital patrio que es la envidia, todas ellas cualidades que durante tantos años han forjado el carácter del español medio. ¿Se imaginan que este sea un sentir generalizado en la sociedad española? Porque a mí no me cuesta imaginarlo.
Repasemos el cuadro: resulta que un gobierno regional de Madrid efectúa un recorte presupuestario que reduce notablemente las prestaciones de la enseñanza pública, y en lugar de producir una indignación cuasi completa entre la ciudadanía, en vista de que la educación es la mayor inversión de futuro para una comunidad, hay un cierto número de personas, que yo no me atrevería a calificar de pequeño, a quienes el cuerpo les pide cargar contra los profesores. A muchos no parece entrarles en la mollera que las principales víctimas de precarizar un servicio público tan esencial es al alumnado, los escolares, los hijos de todos los que apuestan por la educación pública, que son la mayoría. La cortedad de miras de mis conciudadanos a veces me produce espasmos.
¿Cómo va a ser bueno volver a prácticas de hace tres décadas? ¿Desde cuando retroceder es positivo en educación? Volvamos pues a los castigos corporales... No, los profesores se quejan sin motivo, y como son unos consentidos y unos privilegiados que no merecen su suerte (traducción: rabio de envidia por no disfrutar de esa atención y esos privilegios) entonces que se jodan y se aguanten. Total, no va a haber más perjudicado que ellos... Eso parece pasarles por la cabeza a esta clase de sujetos. Y el responsable de la poda, de rositas.
En España reina la mediocridad, y especial mención merecen aquellos que nos tratan de igualar a todos por abajo. Según su razonamiento, si alguien ha conseguido cierto status profesional, es él quien debe rebajar sus expectativas, no sea que provoque malestar entre la mezquindad reinante. En lugar de buscar que su ejemplo sirva como estímulo para los demás, se le señala y se le rebaja. En el momento en que alguien destaca se hace más evidente la vulgaridad que le rodea, y el mediocre cobra aún más conciencia de su propia necedad. La reacción suele ser disparar contra quien le recuerda su triste condición.
El mediocre siempre querrá ver descendido a su nivel al mejor situado y preparado en lugar de intentar alcanzarle, no digamos superarle. No se perdona al que triunfa (entendiendo como triunfo, en este contexto, la consecución de unas buenas condiciones de trabajo, ya ven...). Nada contenta más al mediocre, porque así su inanidad pasa más desapercibida, que verse rodeado de la misma mediocridad. Nada... salvo hundir al que destaca.
Ocurrió con los controladores aéreos y ahora se repite el episodio de envidia social con los profesores. El mediocre lo tiene muy fácil: cúrrese usted una oposición, estudie sin parar durante varios años sin otra espectativa vital en el horizonte, y logre una plaza. Luego ejerza su labor a ver si logra comprender por qué el gremio de profesores es uno de los más bajas por depresión solicita. Pero sin quejarse, eh. ¿A qué espera?
Este tipo de ciudadano no es que no tolere el privilego ajeno: lo que no soporta es no ser partícipe de ello. Pero si carece de la actitud, constancia, entrega y aplomo necesarios para conseguir lo que tanto critica cuando es patrimonio de otros, no es culpa de los profesores. Su mediocridad es únicamente responsabilidad suya, pero no es algo que, por descontado, esté dispuesto a admitir. Ya sabemos, es más fácil cargar contra el que ha demostrado superiores aptitudes que mejorar las propias.
Ayer escuché una conversación a cuento del recorte practicado en las políticas de educación por la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid, y que tan airada protesta ha suscitado entre la comunidad educativa madrileña. Los dos contertulios de marras se mostraban furibundos contra el gremio de la enseñanza, a cuyos miembros tildaban, más o menos explícitamente, de vagos, mimados y privilegiados.
Los argumentos eran tan potentes como retrotraerse 20 o 30 años atrás y recordar que, en aquella época, los profesores lidiaban con aulas de 40 alumnos (justificando así el aumento de ratio de alumnos por clase) y mantenían su autoridad, siendo que ahora les toman por el pito del sereno (que debe ser culpa de los enseñantes). Que antes se encargaban de impartir diferentes asignaturas (no diferenciando entre maestro y profesor, of course), con la acumulación de horas que conlleva, sin afectar a su profesionalidad (ejem...) mientras que ahora la especialización resta más que sumar y, al parecer, es intrínsecamente mala.
Venían a sugerir que los colegios actuales son focos de delincuencia en los que las agresiones a docentes son práctica común. Por supuesto, el conocimiento de un solo caso les llevaba a generalizar, cosa que, parece, no es posible en el supuesto contrario. Los profesores, según esta conversación, no tienen nada más que hacer cuando terminan una clase ya que al haber uno por asignatura se tiran el resto del tiempo holgazaneando. Vivir de puta madre con cargo al presupuesto público y con unas vacaciones dignas de reyes fueron lugares comunes que también tuve la ocasión de oir. No se hizo mención alguna al tiempo destinado a la actividad no lectiva.
Llegados a un punto, decidí intervenir. Hablé de la preparación de clases, la corrección de exámenes, las clases de apoyo, las tutorías o la formación. Dio igual. Es algo que, al parecer, no existe, y lo que no existe no es merecedor de tiempo y esfuerzo. Llegué a escuchar que se puede opositar tanto a la enseñanza pública o a la privada (¡!), o que en la segunda se trabaja más ganando menos que en la primera (y hasta de un caso en el que, se dijo, alguien abandono la pública, después de cinco años opositando... para irse a la privada, ¡con ese panorama!). Así, como dogma de fe y sin mayores planteamientos ni demostraciones. En ese momento concluí que poco había que hacer ahí.
Un debate de altura, ¿eh? No me digan que no están impresionados. Es un ejemplo de desinformación, ignorancia y también, claro que sí, de ese sempiterno pecado capital patrio que es la envidia, todas ellas cualidades que durante tantos años han forjado el carácter del español medio. ¿Se imaginan que este sea un sentir generalizado en la sociedad española? Porque a mí no me cuesta imaginarlo.
Repasemos el cuadro: resulta que un gobierno regional de Madrid efectúa un recorte presupuestario que reduce notablemente las prestaciones de la enseñanza pública, y en lugar de producir una indignación cuasi completa entre la ciudadanía, en vista de que la educación es la mayor inversión de futuro para una comunidad, hay un cierto número de personas, que yo no me atrevería a calificar de pequeño, a quienes el cuerpo les pide cargar contra los profesores. A muchos no parece entrarles en la mollera que las principales víctimas de precarizar un servicio público tan esencial es al alumnado, los escolares, los hijos de todos los que apuestan por la educación pública, que son la mayoría. La cortedad de miras de mis conciudadanos a veces me produce espasmos.
¿Cómo va a ser bueno volver a prácticas de hace tres décadas? ¿Desde cuando retroceder es positivo en educación? Volvamos pues a los castigos corporales... No, los profesores se quejan sin motivo, y como son unos consentidos y unos privilegiados que no merecen su suerte (traducción: rabio de envidia por no disfrutar de esa atención y esos privilegios) entonces que se jodan y se aguanten. Total, no va a haber más perjudicado que ellos... Eso parece pasarles por la cabeza a esta clase de sujetos. Y el responsable de la poda, de rositas.
En España reina la mediocridad, y especial mención merecen aquellos que nos tratan de igualar a todos por abajo. Según su razonamiento, si alguien ha conseguido cierto status profesional, es él quien debe rebajar sus expectativas, no sea que provoque malestar entre la mezquindad reinante. En lugar de buscar que su ejemplo sirva como estímulo para los demás, se le señala y se le rebaja. En el momento en que alguien destaca se hace más evidente la vulgaridad que le rodea, y el mediocre cobra aún más conciencia de su propia necedad. La reacción suele ser disparar contra quien le recuerda su triste condición.
El mediocre siempre querrá ver descendido a su nivel al mejor situado y preparado en lugar de intentar alcanzarle, no digamos superarle. No se perdona al que triunfa (entendiendo como triunfo, en este contexto, la consecución de unas buenas condiciones de trabajo, ya ven...). Nada contenta más al mediocre, porque así su inanidad pasa más desapercibida, que verse rodeado de la misma mediocridad. Nada... salvo hundir al que destaca.
Ocurrió con los controladores aéreos y ahora se repite el episodio de envidia social con los profesores. El mediocre lo tiene muy fácil: cúrrese usted una oposición, estudie sin parar durante varios años sin otra espectativa vital en el horizonte, y logre una plaza. Luego ejerza su labor a ver si logra comprender por qué el gremio de profesores es uno de los más bajas por depresión solicita. Pero sin quejarse, eh. ¿A qué espera?
Este tipo de ciudadano no es que no tolere el privilego ajeno: lo que no soporta es no ser partícipe de ello. Pero si carece de la actitud, constancia, entrega y aplomo necesarios para conseguir lo que tanto critica cuando es patrimonio de otros, no es culpa de los profesores. Su mediocridad es únicamente responsabilidad suya, pero no es algo que, por descontado, esté dispuesto a admitir. Ya sabemos, es más fácil cargar contra el que ha demostrado superiores aptitudes que mejorar las propias.

0 reacciones:
Publicar un comentario en la entrada