viernes, 9 de abril de 2010

Sobre la transición, la izquierda acrítica, el franquismo, la memoria y la derecha batasunizada

Pienso que la izquierda española se está portando con escaso sentido autocrítico en el asunto de la posible suspensión al juez Baltasar Garzón. En seguida se acusa a los estamentos judiciales de persecución y de estar dominados por jueces que juraron lealtad a los valores del movimiento. Todo eso está muy bien, pero echo en falta más razonamientos jurídicos y menos ad hominems, siendo quizá la ausencia de los primeros el motivo de los segundos. Garzón arrastra fama de no demasiado buen instructor, algo que apoyaría la reciente anulación de gran parte de las escuchas del caso Gürtel.

La causa iniciada contra el franquismo me parece moralmente defendible, pero no saltarse las leyes ni tomar atajos legales para iniciarla. Si quiere hacerse, primero cámbiense las leyes, deróguese la ley de amnistía de 1977 (algo ya hecho en algún país y perseguido en otros) y actúese en consecuencia, pero no antes. Un juez debe ser el último en sobrepasar cualquier límite legal. El Tribunal Supremo decidirá sobre su suspensión, el mismo tribunal que ratificó la sentencia del 11-M y absolvió a los policías del caso Bono, dicho esto para quienes atribuyen un escoramiento hacia la derecha del alto tribunal, sesgo este que no encajaría muy bien con lo sentenciado en los dos ejemplos citados.

Lo anterior me sirve como introducción al tema sobre el que quiero hablar, y es el problema que se generó durante la transición. En ese periodo, en aras de una resolución que terminara con los enfrentamientos y evitara un nuevo golpe de mano militar, se cedió mucho, y se ha seguido cediendo durante mucho tiempo. El franquismo fue un régimen criminal que practicó el terrorismo de estado institucionalizado. Es frecuente que amplios sectores de la derecha, que no actuarían así de no sentirse herederos morales del antiguo régimen, practiquen una analogía entre el franquismo y los gobiernos izquierdistas de la II República, sintiendo que con ello los equiparan en lo peor, tratando así de quitar razón a toda iniciativa que impulse una condena explícita de la dictadura.

Semejante analogía es falsa y una forma recurrente entre el revisionismo regre derechil de aparejar adjetivos, cuando en modo alguno son aparejables. La violencia, represión y terrorismo establecidos que practicó el franquismo no tuvo antecedente en las instituciones republicanas. Mal que les pese a los fachas (que son parte de la derecha pero, por suerte, no son toda ella), la violencia política durante la II República escapó al control del Gobierno y no fue promovida por este (de hecho, lo socavó duramente), mientras que el franquismo la institucionalizó y la convirtió en medio y artefacto indispensable para su supervivencia.

No es raro que se cite a Santigo Carrillo y Paracuellos como exponente del carácter violento de la izquierda en aquella época, pero es evidente que es distinto un crimen en situación de guerra (donde, por desgracia, siempre se cometen atrocidades) que, habiendo terminado ésta, servirse del aparato del Estado para imponer mediante el terror y la represión un determinado estado de cosas. Cabría preguntar a quienes gustan de recordar Paracuellos si opinan de igual manera sobre Hiroshima y Nagasaki o sobre el bombardeo de Dresde, paradigmas de ataque gratuito sobre inocentes perpetrado en tiempo de guerra por países a quienes se considera aliados y cuyas buenas intenciones no se ponen en duda.

Volviendo al tema, efectivamente se cedió, lo cual no debería significar un carpetazo ni un pasar página y a otra cosa. España es probablemente el único país del mundo avanzado con un pasado tiránico que no ha solventado la papeleta de ajustar cuentas con la dictadura. Y no lo ha hecho por la presión ejercida por los sectores más reaccionarios del país, lamentablemente encabezados por el Partido Popular. La derecha española actual, como digo, se siente heredera natural del franquismo, y su partido mayoritario, lejos de rechazarlo abiertamente acoje gustoso a quienes dulcifican la dictadura y la señalan como algo no tan malo, hasta el punto de enviar como su máximo representante en el parlamento europeo a alguien que califica el franquismo como una época de "extraordinaria placidez".

Qué paradoja que quienes más afinidad sienten hacia los valores que cimentaron la dictadura sean quienes más braman contra ETA y los intentos de una salida negociada al conflicto vasco. Son unos hipócritas. Imaginemos por un momento que en lugar de Jaime Mayor Oreja fuera Arnaldo Otegui quien hablara en esos mismos términos de los años de plomo etarra durante la década de los 80. Seguramente saltarían como fieras acusándole de apología del terrorismo e instando a las autoridades a actuar contra él. Imaginen que en este vídeo de Intereconomía en lugar de salir Blas Piñar y colegas añorando la etapa franquista es la ETB la que muestra a cualquier miembro de la izquierda abertzale hablando de las excelencias del comando Nafarroa. ETA y el franquismo en esencia representan lo mismo, aunque ocupen orillas contrapuestas.

Por último, y al hilo del vídeo de Intereconomía, presidido por la más cruda y aberrante ausencia de complejos, quiero dedicar unas palabras a quien acusa a la izquierda en general y al gobierno socialista en particular de provocar con sus pretensiones la efervescencia ultraderechil. Si la izquierda debe renunciar a sus principios (laicidad, descentralización, avances en materia social, denuncia del franquismo…), todos ellos perseguidos según el normal proceder democrático, solo para no despertar al fantasma fascista y que este permanezca aletargado, entonces hay que afirmar con rotundidad que nos encontramos ante una democracia, la española, cercenada, amordazada y secuestrada por el miedo a lo que un sector del país pueda hacer si el otro, repito, seguiendo las pautas que dicta el sistema democrático con el que, en apariencia, todos estamos de acuerdo, aprovecha su paso por el gobierno para caminar en una dirección que no gusta a quien no debe. Empezamos justificando estos en principio inocuos arranques de nostalgia neofascista, continuamos como Pío Moa, diciendo que la dictadura no reprimió, solo escarmentó a la oposición y aduciendo motivos por las que un golpe de estado no sería tan malo y, partir de ahí, tiemblo sólo de pensar en cual sería el siguiente paso lógico.

Insisto, en cierta región del norte español, si determinados entes otorgan a sus colegas más descarriados el mismo tratamiento que la derecha española y presuntamente democrática dispensa al franquismo, se les acusaría de terrorismo o de afinidad con este, les ilegalizarín y se les perseguiría judicial, policial, política y socialmente. Da miedo y vergüenza ver como un sector de la derecha española cada vez es más indistinguible en sus modos y argumentos de Batasuna.

5 comentarios:

  1. Tío, porque no publicaste mi reacción, te estás cayendo de mi pedestal.

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  2. Es que por el perfil que tiene en blogger da miedo seguirle. Un estructuralista. ¡Qué barbaridad! Yo pensaba que estaban todos extinguidos.

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  3. Holaque tal.
    Yo pensaba así mas o menos hasta que me enteré del golpe del PSOE del 34 y del proceso revolucionario que se aceleró desde el gobierno del frente popular del 36 y que de no haber sido por el levantamiento militar habría llevado a una dictadura totalitaria de tipo soviético .

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  4. Eso es algo que no sabes, pero que el revisionismo cavernario lleva postulando desde hace varios años con el fin de justificar el alzamiento. Una hipótesis interesada frente al hecho objetivo de la dictadura franquista. No caigas en esa trampa.

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