lunes, 31 de enero de 2011

La prensa convertida en propaganda electoral

A continuación, un par de esbozos de los nuevos folletos de propaganda electoral del Partido Popular:







La prensa convertida en mero altavoz del poder político. A calzón quitado, sin complejos, completamente rendida, un apéndice más del aparato del partido. ¿Y todavía tienen la poca vergüenza de preguntarse por qué la prensa tradicional está en crisis?


Visto en Guerra Eterna.

jueves, 27 de enero de 2011

El clasismo defensor de privilegios de Durán i Lleida

El político nacionalista Josep Antoni Durán i Lleida se queja de que haya quien desee que los diputados hagan públicos su patrimonio. Este individuo opina que, de tal modo, solo los funcionarios y los pobres tendrían acceso a la política, ya que un rico pondría pegas a que se conociera su fortuna para ejercer un cargo público -pagado por todos-, cosa que al él le parece de lo más lógico. Habría que decirle a este señor, porque no parece haberse enterado, que las suspicacias hacia la clase política no son gratuitas sino que están más que fundadas y hay todo un rosario de corruptelas detrás para justificarlas, demostradas y en proceso de demostrarse, incluso dentro de su partido.

Los políticos nacionales representan cada vez más una amenaza para un número creciente de españoles. Lejos de ejercer la autocrítica, Durán i Lleida se cierra en banda y reclama a voz en grito la intocabilidad de sus privilegios, dibujando un horizonte (para él) oscuro en caso de que no se le haga caso. El delicado y exquisito Durán se ha terminado revelando como un macarra.

Es un debate viejo, si hay que poner a disposición de la clase política un suculento incentivo económico para que los más aptos dediquen su tiempo y esfuerzo a la función pública de alto nivel en lugar de marcharse a la empresa privada. Es un razonamiento perverso, ya que la política se debería entender como una vocación de servicio público, siendo la satisfacción por el trabajo bien hecho y el provecho para la comunidad las mayores recompensas. Pero, una vez más, la realidad nos sacude con un bate en las piernas. La naturaleza humana no es altruista de por sí y los estímulos materiales deben existir en política para que haya voluntarios dispuestos a invertir su tiempo en gestionar  nuestros recursos, que es de lo que a fin de cuentas se trata.



Los hay incluso que defienden que una élite plutocrática sea la que tome las riendas, por aquello de que un rico ya no tiene la tentación de enriquecerse una vez accede al poder porque ya es rico. Pero no es el dinero sino el poder mismo la verdadera tentación del opulento. Lo es el estímulo de ver como de sus decisiones condicionan la vida de miles o millones de personas, con el aliciente no menor de poder reconfigurar territorios enteros según sus propios esquemas ideológicos. Un gobierno de formado por millonarios tampoco estaría a salvo de los embates de la corrupción.


No obstante, debemos huir de la polarización en este debate, ya que siempre hay quien intenta dicotomizarlo: o control total o ningún control. No. Dadas las circunstancias actuales, exigir una declaración de bienes a quien va a vivir del erario público es una exigencia más que razonable. La honradez se presupone, pero la mala fe también. Como hablamos de mucho dinero, manejado por una clase política puesta en entredicho por sus propios actos y en un contexto de crisis desbocada que se ceba con el que menos tiene, plantear el asunto no es nada insensato. Y rechazarlo de plano como hace Durán i Lleida nos habla mucho (y mal) de su sensibilidad social y de la escasísima cercanía del político español medio hacia el ciudadano de a pie.

La transparencia en los sueldos públicos debería ser la norma y no la excepción. Son nuestros empleados, nosotros les pagamos. ¿Conoce alguien a algún empresario que ignore lo que paga a sus empleados? Es nuestro derecho como contribuyentes conocer como se gestiona nuestro dinero, y deber de las administraciones públicas poner esos datos a nuestro alcance. No disfrutar de ese derecho es otra anomalía más dentro de esta falsa democracia que nos ha tocado en suerte vivir. Son muchas las taras de este sistema, demasiadas para poder llamarlo estado de pleno derecho. Me niego a llamar democracia a esta oligarquía de privilegiados.

Durán es un sujeto que tiene entre sus inquietudes perpetuar este sistema porque le beneficia, se sirve de él, y su respuesta evidencia el desprecio que el fondo siente hacia aquellos que le votan. Es el típico clasista que piensa que nos está haciendo un favor dedicándose a la política, y a buen seguro nos tacha de desagradecidos fuera de los micrófonos por no reconocerle sus desvelos y sus esfuerzos por mejorar nuestra vida. no hace tanto pasaba por ser uno de los mejores políticos del país. Personalmente, a partir de aquello que dijo sobre la cura de la homosexualidad le tengo sentenciado. Democristiano tenía que ser. Por mí que se largue al Vaticano y nos prive de su indispensable labor política. Políticos como él son un cáncer para cualquier sociedad.


Cambio de tercio.


¿Alguien me puede explicar que pinta una foto de Chiquito de la Calzada ilustrando el anuncio de una conferencia de filosofía?




Una explicación requiero, vive dios.

sábado, 15 de enero de 2011

El nadador y Sukkwan island, el infierno interior

En la última semana he visto una película y he leído un libro que, con sus matices y diferencias, tratan el mismo tema: la soledad y el egoismo. A continuación voy a desvelar detalles esenciales de ambas obras, por lo que los interesados en su visionado o su lectura deberían abstenerse de continuar leyendo.

La película es El nadador, rodada en 1966 pero estrenada en 1968 y protagonizada por una estrella del Hollywood dorado, Burt Lancaster. Interpreta a Ned Merrill, habitante de una exclusiva zona residencial enclavada en un valle y que intenta regresar a su casa. El valle está salpicado de lujosas mansiones y todas ellas disponen de una piscina privada. La intención de Ned es volver nadando por todas ellas hasta llegar a su hogar. En su camino se encontrará con personas que le conocen y que reaccionarán en su presencia de muy diversa manera.

El libro es Sukkwan island, la primera novela del escritor norteamericano David Vann. En sus páginas nos encontramos a Jim, un padre que aparentemente desea recomponer la relación con su hijo adolescente Roy, para lo cual se lo lleva a vivir durante un año a una cabaña en la imaginaria isla Sukkwan, en la costa de Alaska. Una vez allí, la dificultad de la convivencia se hará patente, lo que unido a la influencia del aislamiento y el entorno hostil configurará una postal de pesadilla.



Repito, si no quieren ver destripados libro y película, no sigan leyendo.


En ambos casos, tenemos en el papel protagonista a un hombre, un padre, cuyos impulsos vitales le han llevado a vivir una vida al margen de todo convencionalismo. Pero que al mismo tiempo ha intentado gozar de los atributos que adornan a lo que solemos llamar vida convencional. Los dos intentan cabalgar a lomos de dos mundos contrapuestos desde la inmadurez, deseando el uno cuando están inmersos en el otro.


En El nadador Ned es un hedonista, un viva la vida hipócrita que intenta mantener una imagen respetable ante sus amigotes de clase alta, los cuales saben la verdad. No les importa, porque probablemente son iguales que él, es solo que Ned ha caído en desgracia. Ned no ha sido justo, ni honorable ni virtuoso, e incluso en ese mundo de apariencias en el que ha vivido hay quien ha sabido valorar como merece la ausencia de tales cualidades en su carácter. Ned navega de la desenfadada complicidad de sus primeros encuentros al progresivo desagrado que va levantando su sola presencia, lo que va aparejado a su declive físico. Finalmente se da de bruces con la realidad, de la forma más brutal que podría sufrir alguien como él.

Comprendemos que alguien que en principio nos despertaba simpatía, incluso empatía, con ese propósito de volver a casa nadando, dotado de cierta poesía e idealismo, remontando el particular río de su vida, no merece nuestra compasión. Ha estado viviendo una farsa, que ahora se torna trivial, centrada en el goce y la diversión y que se ha llevado su juventud, descuidando las cosas importantes: su familia, los amigos verdaderos, el sufrimiento de los seres queridos. Y cuando el espectador se percada no sabemos si lo hace también Ned; únicamente le vemos solo, completamente abandonado, a merced de los elementos, sin nadie que le ofrezca el más leve amparo. Pero sabemos que él se lo ha buscado, que es el resultado de su vida alegre, de su cortoplacismo, de su desmesurada vanidad (patético el modo en que interroga a la niñera sobre sus sentimientos hacia él). Ya no encuentra su sitio en ninguna parte, ni siquiera su casa en un lugar agradable al que retornar. El mundo le es extraño, ya que el mundo ha ido avanzando mientras él permanecía estático, imaginando que las bondades de la juventud eran eternas (palpable en la escena en la que se lesiona el pie). Y al final no tiene nada. Después de recorrer su vida descubre que no tiene nada ni a nadie, y que está preso de la soledad más absoluta, justo aquello de lo que, probablemente, intentó huir durante toda su vida.





Jim, el protagonista de Sukkwan island, es alguien profundamente egoísta cuya mayor inquietud en la vida es la búsqueda de su propio placer. Y disfrutar de su egoismo en compañía, ya que la soledad le aterra. Para ello se casa, tiene hijos, se separa y se vuelve a casar, pero sus bajos instintos son más fuertes que cualquier concepto que pudiera tener de lo que es correcto. Sus traiciones y faltas no cesan, de forma que ante la perspectiva de quedarse en la más absoluta soledad secuestra emocionalmente a su hijo para que pase un año encerrado con él en una isla, aislados, sin ningún otro contacto humano y presas de un entorno inclemente. Roy ama a su padre, a pesar de apenas conocerle, y le dedica su sacrificio accediendo a acompañarle, renunciando a huir de la isla cuando puede hacerlo y, finalmente, en el momento más dramático e impactante del relato, suicidándose.

Jim es consciente de qué tipo de ser humano es, del fracaso que su persona encarna, y la sola presencia de su hijo no hace más que recordárselo. Roy es íntegro, generoso, alguien que intenta ser de ayuda y hacer lo correcto. Jim sufre ante el patético ejemplo que representa para Roy, y este, consciente del padecimiento de su padre, decide quitarse de enmedio para liberarle de esa carga. Al principio Jim no lo entiende, pero libre de la presión que Roy suponía para él, consigue sobrevivir a solas, supera la prueba de la soledad y se las compone para no perecer en el duro invierno de Alaska. En el tramo final, por fin entiende la cadena de errores que ha supuesto su vida, cómo de tanto estar centrado en sí mismo ha descuidado, aquí también, lo importante. Hasta que ya es tarde y ya ni tiempo le queda para lamentarse.

Son éstas dos obras que llevan a la reflexión, al debate, incluso a la instrospección. En el caso de El nadador es cierto que algunos detalles de la película no lucen bien con el paso del tiempo, como determinados fragmentos de la banda sonora, ciertos detalles de montaje y algunas interpretaciones. Pero ello no desmerece el conjunto de la obra, ni mitiga la amargura que desprende.



De Sukkwan island tengo que decir que es un error esperar un climax que te estremezca. Devoré la novela hasta terminarla esperándolo y me quedé sin él, no lo había. La tensión y la tragedia se mascan en todo momento. Quizá haga falta una relectura para apreciarlo en toda su magnitud.

martes, 11 de enero de 2011

En defensa del fútbol como deporte, no como negocio ni como adicción

Las élites oligárquicas del fútbol mundial acaban de decretar que Lionel Messi es el mejor fubolista del año 2010Ni entro ni salgo en el posible acierto o desacierto de tal decisión, pero me sirve como excusa para hablar de este deporte, convertido en negocio en muchos aspectos y en verdadera adicción para una cantidad desorbitada de gente.

A mí me gusta el fútbol, por eso veo poco, sólo cuando los equipos en liza garantizan, a priori, algo de espectáculo, o cuando se hallan inmersos en una competición de enjundia. No veo cualquier encuentro de fútbol ya que ello me llevaría a la saturación y detestar este deporte. Hay mucho truño disfrazado de disputa futbolera, y son preciamente este tipo de partidos los que convierten al balompié en un repelente para quien no sea un incondicional.

Hay personas que, situadas a sí mismas en un plano intelectual más elevado, menosprecian el fútbol como algo pueril. No es raro escuchar argumentos del tipo no es más que un puñado de millonarios en pantalón corto pegando patadas a un balón. Tal dispendio intelectual denota un enorme prejuicio, concretamente hacia los millonarios, pero no dice nada del valor intrínseco del fútbol en sí como deporte de competición. De ahí que se deduce que si eliminamos su desmesurado componente económico, que tampoco se da en todos los casos, también le despojamos del factor que parece generarle mayor antipatía social.

Aunque lo cierto es que la frase del párrafo anterior también trata de desacreditar el fútbol trivializándolo en relación a su indumentaria y haciendo un reduccionismo simplista acerca del desarrollo del juego como deporte de cierta complejidad. Imagino que 22 jugadores vestidos con traje tampoco despertarían las simpatías entre los detractores del fútbol, así que no vale la pena argumentar nada sobre en el uso de ropa cómoda para la práctica de cualquier deporte. En cambio, la crítica soterrada a la arquitectura del juego propiamente dicha merece más atención. Decir que el fútbol consiste únicamente en arrearle patadas a una pelota equivaldría a considerar el ajedrez como una mortalmente aburrida sucesión de movimientos espasmódicos entre dos individuos. La crítica superficial es lo más fácil mientras que entrar en el meollo de la cuestión, y más cuando se parte de posturas previas tan marcadas por el prejuicio, es mucho más difícil.

El fútbol como deporte de equipo tiene características que al observador no avezado le pasarán desapercibidas, pero que convendría valorar. El juego se despliega en virtud de estrategias prediseñadas, las cuales sitúan a los futbolistas en el campo con unas funciones muy concretas, cual piezas de ajedrez, y complementarias entre sí. La disposición de los jugadores varía con arreglo al esquema de juego que se tenga enfrente, siendo las tácticas esenciales y también modificables en virtud del rival. Los movimientos tácticos tales como desmarques, contragolpes o fueras de juego son perfectamente apreciables en la toma cenital de un estadio de fútbol, donde podemos apreciar con detalle como un delantero hace un movimiento para "llevarse consigo" a los defensas y así dejar en situación franca de gol a un compañero que viene por detrás; o el momento en que toda una línea defensiva efectúa un movimiento coordinado en la misma dirección para dejar al atacante contrario en posición antireglamentaria; o cuando se produce un robo de balón en defensa y los extremos saltan como liebres en paralelo a la banda esperando a que les llegue un balón largo, tal y como han ensayado en los entrenamientos, que les facilite crear una ocasión de peligro. Todo esto requiere muchas horas de preparación, tanto física como mental.
Y pese a lo que algunos digan, jugar al fútbol con una cierta solvencia, no digamos al fútbol de élite, no puede hacerlo cualquiera. No se trata ni mucho menos de simplemente hacer rodar un balón con los pies. Es necesario mucho tiempo de entrenamiento para conseguir que, al menos, la mitad de los desplazamientos largos de balón que se hagan, pongamos 40 metros, terminen en la bota del compañero al que van destinados; la mayoría tiene más opciones de acabar en pies del contrario cuando no fuera del terreno de juego. Muchas horas de entrenamiento, tanto físico como táctico, para encuadrarse en un equipo y responder a las necesidades de este en cualquier situación que se plantee durante un partido. Es fundamental la fortaleza mental, la concentración durante los 90 minutos de juego, espíritu de sacrificiocapacidad para reponerse ante la adversidad (expulsiones, lesiones...). Hacen falta agilidad mental y templanza para saber que hacer con el balón en una situación de acoso rival sin regalarle una ocasión de peligro; es necesario ser colaborativo, aprender a trabajar para el colectivo, ser disciplinado y saber ser generoso cuando la ocasión lo requiere. ¿Acaso no son cualidades que nos gustaría ver adornando a nuestros semejantes?

No, no se trata simplemente de pegarle patadas a una pelota. ¿El negocio? No me interesa, ni era el objeto de este post. Mi recomendación para disfrutar del fútbol: ver poco y seleccionado. Si es que lo que de verdad gusta es el fútbol como deporte y no como una extensión de las propias filias, fobias o prejuicios. No ostante, es cierto que lo que nos venden desde los medios no tiene que ver con valores como los descritos, todos ellos encomiables, sino con el forofismo más procaz, un gregarismo lejano de todo juicio ponderado, la anulación del espíritu crítico y el aborregamiento generalizado. Y lo triste es la enorme cantidad de gente sensible a ese tipo de mensaje

domingo, 9 de enero de 2011

El país que estamos construyendo

Ayer sábado por la tarde fui testigo de un hecho que, bajo mi punto de vista, dice mucho del carácter de los ciudadanos que pueblan este país llamado España. Estaba yo de visita por un centro comercial cuando me topé con un teatro de guiñol para niños. Me detuve por motivos que no vienen al caso y me convertí en espectador durante un buen rato. Había dispuestas una filas de asientos que ya estaban ocupadas por críos, por lo general menores de diez años, que esperaban pacientemente el comienzo de la representación.


Finalmente, ésta empieza, y como suele suceder en teatrillos de este tipo los monigotes piden la implicación del público durante el transcurso de la función, de tal modo que los niños se van emocionando poco a poco.


Un niño sobreestimulado sin el control de sus padres es una bomba de relojería,  así que imaginemos a una veintena. El caso es que, atraídos por el bullicio y oliendo la diversión, llegaron más niños que, al no haber sitios libres, se colocaron delante de la primera fila, apoyados sobre una valla que hacía de separación entre la chavalería y la caseta de marionetas, obstaculizando la visión de los que habían estado esperando. En pocos minutos, lo que empezó siendo una tranquila parroquia infantil se tornó en anarquía pura y dura. Palomitas y otros objetos, por fortuna poco contundentes, volaban hasta los guiñoles; los niños más cercanos a la caseta de representación intentaban atrapar las marionetas; los llegados en último lugar no dejaban ver a los que disciplinadamente habían esperado sentados en su silla. Ante el caos desatado, los propios actores tuvieron que pedir contención a los infantes y ayuda a sus acompañantes adultos, amenazando incluso con detener la función.


Entiendo que los niños son niños, y están en la edad de comportarse de ese modo pero, ¿y los padres?


A pesar de haber un buen número de padres presenciando el espectáculo, ninguno hizo lo más mínimo para controlar a sus hijos (si acaso, algún débil y patético intento que era sistemáticamente ignorado). Imaginemos la escena: niños que llegan los últimos para menoscabar el derecho de quien ha llegado primero y hace gala de buen comportamiento; que impiden a los actores el normal desarrollo de su tarea profesional; que convierten una actividad lúdica en un monumento al desorden donde la educación y el respeto brillan por su ausencia. ¿Y ningún padre es capaz de mover un solo dedo para corregir a sus retoños? ¿No pudieron demostrar algo de civismo? ¿A ninguno se le abrieron las carnes al observar como su hijo participa en la ley de la jungla preso de la euforia, sabedor de que no hay límites?


Dicen que los hijos son fiel reflejo de sus padres. Si esto es así, ya podemos irnos preparando con la generación que nos espera, porque la educación que reciban será impartida en gran medida por estos padres indolentes, carentes de sentido del civismo y a quienes el bien común parece importarles un bledo. En su casa podrán ser un modelo de autoridad, pero demuestran no haber educado a sus hijos en valores que les permitan participar de una actividad colectiva tales como la solidaridad, la colaboración, la empatía o la ayuda mutua. Tan simple como el "no le hagas a otro lo que no te gustaría que te hicieran a tí". Y esto, a estas edades, ya puede hacerse. Por lo visto, es más cómodo abdicar de la responsabilidad de enseñar a vivir en comunidad y ceder a la individualidad y a los beneficios inmediatos que proporciona.


¿Que ciudadanía se construye así, extrapolando a nuestra sociedad lo visto en el centro comercial? Pues que por un lado están los que, educados para avasallar por acción u omisión, avasallan al amparo del civismo ajeno y la permisividad de los poderes públicos; y por otro, los educados con arreglo a normas de convivencia, pero que ven como sus enseñanzas no sirven ante los avasalladores y que encima estos no reciben castigo ni reprimenda por serlo. Su conclusión podría ser, ¿para qué ser bueno y respetar las normas si hay quien las incumple gratis y además consigue antes lo que quiere?


Pues ese es, me da la impresión, el país que estamos construyendo.

miércoles, 5 de enero de 2011

El islam como mal global

Se acaba de publicar un libro sobre el islam titulado "La quinta invasión. 711-2011" que, al parecer, convierte a esta confesión en el nuevo cáncer global. Está escrito por José Donís Catalá, comentarista de Desiertos Lejanos y propietario de la bitácora Políticamente Acorrecto. Este post surge del foro de la página citada, en el que la presentación de su libro ha suscitado reacciones que quizá el autor no preveía. En sus páginas viene a decir que el islam es malo de por sí, perverso y dañido de forma intrínseca y que el deber de toda persona decente es combatirlo en la medida que pueda. Desecha el concepto de "islam moderado" el cual, dice, no existe y afirma algo tan radical como que toda actitud que no sea acatar los dictados de libro en toda su magnitud convierte a quien caiga en tan deplorable comportamiento en cómplice de cualquier crimen perpetrado en nombre del islam.

Aclaro que esta entrada parte del foro y se documenta únicamente en él, ya que como digo no he leído el libro.

Empiezo afirmando que el gran problema de Donís es la manera de plantear las cosas, la cual tiene mucho que ver con la forma en que percibe el mundo. Si tu percepción del mundo es rígida y cuadriculada entonces tus planteamientos sobre este o aquel tema normalmente también lo serán. Donís tiene unas convicciones, arraigadas, firmes, y todo debate planteado por él se aferra a dichas convicciones. Dibuja una realidad acorde con su forma de ver las cosas, la sitúa como marco fundamental sobre el que iniciar el debate y, a partir de ahí pontifica sobre ello. Lo suyo no son ideas expuestas sobre las que trazar un intercambio de ideas plural, son sentencias que has de aceptar sin rechistar.Obedece o serás marcado como cómplide de asesinos. Todo esto lo ilustra un término que utiliza y que presume haber creado, dihmmi, para definir al occidental víctima de una especie de síndrome de Estocolmo islamista. Es ilustrativo porque un lector ocasional que entre a medio debate y vea la palabreja se sentirá confuso al ignorar su significado, pero a Donís le da igual, porque él se entiende, sabe de qué va su particular terminología y su percepción es la única que le vale, la de los demás no cuenta. Autismo ideológico lo podríamos llamar.

Mención aparte merece esa acusación, abierta, descarada, violenta y totalitaria, plenamente fascista, que Donís realiza de quien ose no arrodillarse ante sus postulados: todos son cómplices de los torturadores que perpetran atrocidades en las teocracias musulmanas. No tengo ninguna necesidad de justificarme ante quien vomita semejante disparate, propia de un fanático mesiánico que considera sus opiniones como la verdad revelada que nos ha de iluminar a nosotros, pobres tontos ignorantes. Tengo muy clara mi postura hacia esos países, hacia el islam en general y hacias las personas que profesan la religión musulmana. Ningún paranoico me hará sentir que debo justificarme por no compartir sus excesos, ni me hará entrar en su dinámica enfermiza. Vuelvo a eso de los dhimmis, una forma más de señalar con el dedo al discrepante, de convertirlo en enemigo, quien sabe si algún día también en objetivo. Si a Donís le encanta soñar con futuros horripilantes, ¿por qué no puedo hacerlo yo?

Sobre el propio libro no puedo decir mucho ya que ni lo he leído ni lo leeré. No solo considero mi tiempo valioso sino que mi dinero, que tanto me cuesta ganar cada mes, merece un destino mejor. Solo diré, con arreglo a lo leído en el foro, que eso de que el islam persigue convertirnos a todos en jihadistas y que las mujeres vistan burka se cae por su propio peso. Me dan igual todas las fatwas que cite, todas las denuncias que traiga, todos los entrecomillados que nos muestre. La realidad de millones de turistas occidentales visitando el mundo musulmán y volviendo a sus casas sin mayor problema, incluso contentos por la experiencia, me dice justo lo contrario; o la de millones de inmigrantes musulmanes viviendo y trabajando honradamente en Occidente; o la de intercambios comerciales estables y normales entre países musulmanes y occidentales. Me dice que que tal circunstancia no sería posible en un mundo como el que Donís nos muestra, con todo el islam volcado en contra de Occidente, así que debe ser que lo que nos ofrece Donís en falso, mercancía averiada, los delirios de un... que cada uno elija el calificativoEsto es lo que digo y al decirlo no estoy diciendo ninguna otra cosa, ni asumiento nada que otros me quieran encasquetar. Y quien lo haga, que lo demuestre o estará sencillamente mintiendo.

Es humano que las críticas adversas sienten mal, pero ello no justifica luego un feroz ataque de victimismo. No es de recibo pretender que uno es objeto de persecución después de declarar que se considera continuador de un modelo ciudadano que tiene en la persecución su fin último, cuando se escribe un libro con el único objeto de criminalizar a toda una comunidad de millones de seres. Es impropio de personas decentes tildar de cómplices de asesinos a quienes simplemente observan alternativas de pensamiento diferentes a las que usa Donís. Quizá lo que deja traslucir todo esto no es más que el miedo a perder la hegemonía, a dejar de ser preponderante, a que una fe rival coma terreno a la fe propia.

A mí no me gusta el islam como no me gusta el cristianismo ni el judaísmo, tres ramas del mismo árbol. Ningún sistema de valores que está basado en la creencia ciega tendrá jamás mi respeto intelectual. Luego están las personas, que son las que han conseguido moderar el cristianismo hasta abandonar su barbarie. Una barbarie que no está tan lejana como se nos quiere hacer pensar, sino tan cercana en el tiempo como el asesinato en los USA de un médico abortista en 2009, como la guerra entre comunidades de fuerte componente religioso en la antigua Yugoslavia, las matanzas en Ruanda hace menos de 15 años alentadas desde las instutituciones católicas ruandesas, los discursos de Hitler arengando a las masas con proclamas filocristianas con la eficacia de todos conocida, los campos de exterminio como el croata de Jasenovac, dirigido por los ultracatólicos ustashilas matanzas de refugiados palestinos en Sabra y Chatila a manos de milicianos cristianos libaneses bajo la protección de Israel, o ese fraude llamado Teresa de Calcuta arrodillándose ante la tumba del dictador albanés Enver Hoxa, alabando al dictador asesino haitiano Jean Claude Duvalier o permitiendo la muerte por inasistencia médica (¿eutanasia pasiva?) de sus asilados en India mientras su orden de monjas recibe millones de dólares en donaciones. Hablamos del siglo XX, incluso de sus postrimerías.

Sobre todo eso y más calla Donís, los malos son los otros, todos ellos. La vieja táctica goebbelsiana de agrupar al enemigo bajo una única denominación. Así a las mentes simples, vulnerables a los mensajes que buscan una reacción rápida y visceral, les cuesta menos identificarlo, no sea que la diversidad de opciones les obligue a emitir juicios diferentes y se hagan preguntas que hagan peligrar la implantación del mensaje único en sus cerebros. Te niegan la diversidad para que no puedas emitir una opinión diversa.

Por supuesto no voy a a negar que hoy día el islam es una fuente de muerte, violencia y extremismo mucho peor de lo que pueda resultar cualquiera de las sectas cristianas. Para poner freno a eso en las ¿democracias? occidentales se tienen las leyes, los códigos penales y la voluntad de hacerlos cumplir, cosa que no siempre se da. Siempre dije que el laicismo institucional nos hubiera vacunado desde hace tiempo contra las veleidades oscurantistas, pero el poder la la iglesia católica ha sido demasiado fuerte, y solo ahora empezamos a sacudirnos una pizca de su influencia. Y todavía hay quien intenta que en el texto de la constitución europea figure una mención a las raíces cristianas de Europa... ¡Si el mayor aval para la penetración del islam en España es la iglesia católica y su empeño en contar con privilegios por parte del estado! ¿Cómo vamos a ir de demócratas si negamos a musulmanes lo que regalamos a católicos?

Recuperándo el hilo, ocurre que el islam siembra la muerte también entre los propios musulmanes. Los ataques a cristianos son algo relativamente nuevo, demasiado para marcar tendencia y, de momento, poco relevante en términos de fenómeno global aunque no por ello menos abominable. Por lo general la violencia islamista se ceba contra sus propios súbditos, en atentados indiscriminados en Irak, Indonesia, Afganistán, Sudán, Argelia, Somalia... Son lugares plagados de ciudadanos musulmanes que mueren por el simple hecho de caminar por la calle en en lugar y momento inapropiados, lo cual no cuadra ese estereotipo que vende una guerra entre el islam y Occidente.

Igual que se interpreta el cristianismo, y sus mejores interpretaciones lo han alejado en gran medida del medievalismo más retrógrado, también se puede interpretar el islam en otra clave que no sea la fundamentalista. No hay un islam moderado en la medida en que no hay un cristianismo o un judaísmo moderado. Los que pueden moderarse son las personas, y con ellas sus actos, estén o no guiados por un libro que consideren más o menos sagrado. Otra cosa es que las élites que copan el poder en el mundo musulmán sean tan fanáticos que no contemplen otra forma de leer el corán, o que piensen que una interpretación radical sirva más a sus intereses que una moderada. No hace tanto en España profesar la ideología "errónea" te condenaba al ostracismo, cuando no hacía peligrar tu vida. Quizá el mundo musulmán aún no está maduro para dar paso al libre pensamiento, y no dudo que un sector del islam representa un peligro de muerte para sus críticos, pero libros como el de Donís no hacen más que avivar la llama del enfrentamiento, contemplando por omisión la confrontación como única alternativa para los que intentan truncar los extremos más afilados del islam. No por no simpatizar con el islam, que está en su derecho, sino por tergiversar, manipular y vender una realidad a medida de sus prejuicios y no como resultado de un análisis riguroso y sosegado.

El mal no es el islam, lo es la religión, y la religión es obra del hombre, ergo el hombre es la causa del mal. No creo en absoluto que un Occidente dominado por el pensamiento de José Donís fuera a ser un occidente más seguro, justo y libre. ¿Gobernados por personas con la absoluta seguridad de poseer la razón y demonizando a quien ose cuestionarles? Ya hemos visto esa película y sabemos como acaba.

lunes, 3 de enero de 2011

Reflexiones acerca de la entrada en vigor de la nueva ley anti tabaco

Hace un tiempo escribí una entrada en la que mostraba cierta cautela y recelo ante la, entonces, inminente entrada en vigor de la primera ley anti tabaco que prohibía fumar parcialmente en locales de acceso público y centros de trabajo. Consideraba que permitir fumar o no debía quedar a criterio del propietario del negocio siempre que se ajustara a la ley, dado que ni antes ni ahora el tabaco deja de ser legal. Pensaba que el derecho a la propiedad y a decidir sobre ella estaba por encima de intromisiones estatales.

A día de hoy ya no pienso así. De hecho, poco tiempo después de escribir aquel post dejé de pensar así. Todo comercio se encuentra sujeto a notables condicionamientos legales, y el que entró en vigor hace cinco y años quedó completado desde ayer es solo uno más. Del mismo modo que un establecimiento comercial, dependiendo del tipo que sea, ha de cumplir unas normas que le vienen impuestas en materia de seguridad y salud, protección contra incendios, extracción de humos, etc., ahora le toca hacer lo propio para velar por la calidad del aire que sus clientes y empleados respiran. Y a mí me parece razonable.

La clientela es libre de no entrar en locales donde se permita fumar, pero quienes trabajan en ellos no pueden elegir, no en un contexto laboral de marcado desequilibrio entre demanda y oferta. Y ahí es donde juega su papel el Estado, como agente reequilibrante en situaciones donde se produce una situación de injusticia y/o indefensión. ¿Es libre el empleado de un bar, obligado a tragar el humo de sus clientes, de abandonar su trabajo si considera que su salud está amenazada? Lo es, pero ofrezcasele antes un marco laboral donde las oportunidades de trabajar sean acordes a la demanda de trabajo y daré validez al argumento, pero no antes. Dicho de otro modo, mientras haya escasez de empleos hasta el punto de que para poder comer uno tenga que aferrarse al mal menor, el argumento de la libertad no puede contemplarse. No si lo que queremos es una sociedad física y mentalmente sana y en progreso.

Algunas alegaciones que presentan los fumadores resultan bastante peregrinas, y parecen más producto de la frustración que de la reflexión. Se quejan de que se siga vendiendo tabaco en los bares aunque tengas consumirlo fuera, algo que pasa con otros productos en los lugares donde se adquieren sin que levante la menor suspicacia. En los bares y restaurantes por lo general no se permite el consumo de comida propia, y hay lugares y establecimientos donde está prohibido comer o beber y no por ello se crea conflicto alguno ¿Quien consume en las tiendas? Nadie. Se compra y, por regla general, se consume en casa o por la calle. Es el mismo caso.

Lo de ahora es un pataleo. Los fumadores se sienten perseguidos, pero el Estado no tiene por qué amparar la adicción de nadie, y menos cuando representa un perjuicio para terceros. Sí, ya se que los coches contaminan mucho más, pero ello no invalida lo del tabaco. Todo ha de llegar, pero cada cosa tiene su velocidad, su ritmo y su momento de viabilidad. Atacar el tabaquismo en lugares públicos es mucho más viable hoy día que abordar en similar medida la contaminación que genera la industria automovilística, lo cual no significa que no vaya a ocurrir nunca. Es solo una pequeña victoria, pero la idea es progresar en esta dirección.

En Twitter he llegado incluso a leer como personas de izquierdas asumían posturas que ya son clásicas de la derecha española. Aquello del "con la que está cayendo" para denostar que el gobierno se tome tantas molestias en algo que consideran de escasa importancia (la derecha lo hace con la memoria histórica o con el debate sobre el modelo de gobierno). Es su adicción la que les hace hablar así, olvidando conceptos como la tolerancia, la igualdad o el respeto al prójimo que deberían desprenderse de cada una de sus reflexiones.



Para una cosa que desde el gobierno se hace bien digo yo que habrá que alegrarse, sin que por ello dejemos de prestar atención a otras cosas igual o más importantes. Lo uno no acaba con lo otro. Pero que la ley anti tabaco es todo un logro no me cabe duda. Las rebeldías seran pasajeras, en pocos meses ya no habrá polémica y será algo tan interiorizado como no fumar en el trabajo. Porque tengamos muy presente que esta ley es un triunfo para la salvaguarda de los derechos de quienes los estaban viendo conculcados.